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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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Intercambio de carta

La mañana transcurría tranquila en casa de Don Pancracio. Él andaba en el patio cuidando a su gallina más querida, Doña Cleotilde, una gallina y su nueva mascota su burrito pelusa muy lista y que siempre caminaba a su lado como si fuera un perrito. Don Pancracio la acariciaba la cabeza y le decía:

—Tú sí eres leal, Cleotilde. Tú no te vas con el primero que pasa montado en un caballo. Tú te quedas aquí conmigo. ¡A diferencia de ciertas personas que dicen ser amigas y se van de viaje sin decir ni adiós!

Doña Candelaria, que barría la entrada, lo escuchó y suspiró. Sabía perfectamente de quién hablaba su amiga de doña candelaria : Doña Loli, que llevaba tres días fuera de casa, paseando y disfrutando del campo acompañada de Don Basilio, el enemigo declarado de Don Pancracio.

—Deja ya de quejarte, Pancracio —le dijo ella sin dejar de barrer—. Loli es libre de hacer lo que quiera. Y si está enamorada, pues que disfrute. No seas tan amargado.

—¡Amargado yo! —replicó él, poniéndose de pie de un salto—. ¡Lo que pasa es que no soporto ver cómo esa mujer se junta con Don Basilio! ¡Ese hombre que queria la tierra de san jacinto y se burlo cuando competi en la pelea de gallo por haber puesto a doña Cleotilde a pelear "! ¡Que se ríe de mis planes! ¡Y ahora resulta que va a ser algo así como la familia de nuestra mejor amiga! ¡No, no y no! ¡No estoy de acuerdo en absoluto!

Doña Candelaria estaba por responderle, cuando vieron llegar a lo lejos a un muchacho mensajero que venía caminando apresurado por el camino. Llevaba en la mano un sobre cerrado y preguntaba por ellos.

—¡Vengo buscando a Don Pancracio y a Doña Candelaria! —dijo el muchacho al llegar a la puerta—. Traigo una carta enviada por Doña Loli. Me pidió que la entregara cuanto antes.

—¡Por fin! —exclamó Doña Candelaria, tomando la carta con alegría—. ¡Gracias, muchacho! Que Dios te pague.

El mensajero se marchó, y Doña Candelaria rompió el sello y comenzó a leer en voz alta, mientras Don Pancracio, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos, escuchaba de pie junto a la puerta. Doña Filemona, que había salido a ver qué pasaba, se acercó también para escuchar.

Al principio todo parecía normal: Loli saludaba, decía que estaba muy bien, que el campo era hermoso y que Don Basilio la trataba con mucho cariño. Pero a medida que Doña Candelaria seguía leyendo, su voz se fue apagando, sus ojos se abrieron cada vez más grandes, y la carta casi se le cae de las manos.

—¿Qué dice? —preguntó Don Pancracio impaciente—. ¡Dilo de una vez! ¿Se van a quedar allá para siempre?

Doña Candelaria levantó la vista, miró a su esposo, luego a Doña Filemona, y dijo con voz temblorosa:

—Dice... dice que han decidido unir sus vidas. Que no se sienten jóvenes ya, pero que el amor llegó de golpe y no quieren separarse nunca más. Y dice algo más... —tragó saliva antes de continuar—. Dicen que han decidido vivir juntos. Que Don Basilio se mudará a casa de Loli. ¡Que vendrán pronto, y que ya viven juntos!

Se hizo un silencio tan grande que hasta Doña Cleotilde dejó de picotear el suelo y se quedó quieta, mirando a todos como si también hubiera entendido las palabras.

Doña Filemona fue la primera en hablar, llevándose las manos a la boca:

—¡Dios mío! ¡Viven juntos! ¡Don Basilio se viene a vivir aquí, al lado de nosotros! ¡Justo en la casa de Doña Loli!

Don Pancracio se quedó petrificado. Abrió la boca para decir algo, pero no le salió ni una sola palabra. Se puso rojo como un tomate, luego se puso morado, y finalmente soltó un grito que hizo volar a las gallinas del patio:

—¡NO PUEDE SER! ¡ESE HOMBRE EN CASA DE LOLI! ¡MI ENEMIGO VIVIENDO A DOS PASOS DE AQUÍ! ¡Casi pegado a mi pared! ¡Eso sí que no lo voy a soportar!

—Cálmate, Pancracio —le pidió Doña Candelaria, aunque ella también estaba muy sorprendida—. Loli es mayor de edad y sabe lo que hace. Si lo ama, ¿qué podemos hacer nosotros?

—¡Que lo podemos hacer! —bramó él, caminando de un lado a otro como león enjaulado—. ¡Pues yo no lo quiero ver! ¡No lo quiero saludar! ¡No quiero que me mire cuando pase por la calle! ¡Y menos quiero que ese tal Basilio se sienta dueño de este pueblo! ¡Esto es lo que me faltaba por ver! ¡Mi amiga de toda la vida juntándose con mi peor enemigo! ¡Vaya traición!

—No es traición, Pancracio —dijo Doña Filemona con calma—. Es el amor. Cuando uno se enamora, no mira quién es amigo o quién es enemigo. Loli lo quiere, y punto.

—¡Pues a mí me parece una locura! —insistió él, señalando el camino con el dedo—. ¡Ya verán ustedes! ¡Ese hombre se aprovechará de ella! ¡La mandará a trabajar como si fuera una sirvienta! ¡Se creerá dueño de todo! ¡Y nosotros aquí, calladitos, viéndolos pasar todos los días! ¡No, no y mil veces no! ¡Yo no estoy de acuerdo con nada de esto!

Doña Candelaria volvió a tomar la carta entre sus manos y la leyó una vez más, despacio, para asegurarse de no haberse equivocado. Y efectivamente, todo estaba escrito claro: regresarán en pocos días, Don Basilio se instalará allí, y formarán su hogar juntos. No había vuelta atrás.

—Pancracio —le dijo ella suavemente—, ya está decidido. Loli es feliz. No podemos hacer nada para cambiarlo. Solo nos queda aceptarlo.

Don Pancracio miró a su esposa, miró a Doña Filemona, miró a Doña Cleotilde que seguía mirándolo sin entender nada, y luego miró hacia la casa de enfrente, que pronto tendría como vecino a la persona que más detestaba en el mundo. Suspiró hondo, se ajustó el sombrero y dijo con voz cargada de resignación y enojo:

—Pues que venga. Pero le advierto una cosa, Candelaria: que no espere que yo lo reciba con abrazos ni sonrisas. Que no espere que yo lo salude. Que no cuente conmigo para nada. ¡Porque mientras yo viva en esta casa, Don Basilio será siempre mi enemigo! ¡Y que se lo diga a Loli!

Y diciendo esto, dio media vuelta, se sentó en un banco del patio y se puso a acariciar a Doña Cleotilde con más fuerza que nunca, murmurando:

—Tú sí me entiendes, ¿verdad Cleotilde? Tú nunca me harías algo así. Tú no te irías con mi enemigo. ¡Eres la única que me comprende!

Mientras tanto, Doña Candelaria y Doña Filemona se quedaron mirándose, sin saber si reír o llorar. Sabían que ahora comenzaban los verdaderos problemas. Porque si Don Basilio llegaba a vivir allí, la vida de Don Pancracio se convertiría en una eterna guerra... y el pueblo entero terminaría metido en medio de aquel lío de corazones y rencores.

Y así, aquella carta que llegó un día cualquiera, cambió todo lo que conocían. Dejó a todos con la boca abierta, a Don Pancracio hecho una furia, y a Doña Candelaria rezando para que las cosas no terminaran peor de lo que se imaginaban.

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