Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
La tarde comenzaba a caer sobre la residencia, tiñendo el cielo con matices dorados y violetas. Tras días intensos de revisiones médicas y estrategias en la clínica, Kael decidió que era momento de detener el tiempo. Sin previo aviso, envió a la suite de Camila una caja de madera barnizada que contenía un vestido de seda en tono verde esmeralda y una breve nota escrita con su propia caligrafía firme: «Esta noche no hay médicos, ni auditorías, ni enemigos. Solo tú y yo. Te espero abajo a las ocho»
Cuando Camila descendió por la escalinata principal, el Alfa la aguardaba al pie de los peldaños. Kael vestía un traje oscuro impecable, sin corbata, con los primeros botones de la camisa entreabiertos. Al verla bajar, su mirada verde brilló con una intensidad magnética. Se acercó a ella a paso lento, extendió su mano y, en lugar de un saludo formal, rozó con la yema de sus dedos la piel tibia del muñeca de Camila, tomándose un par de segundos para sentir el pulso pausado y constante de la cirujana.
—Estás hermosa, Camila —murmuró con esa voz grave que siempre le provocaba un sutil escalofrío en la espalda.
—¿A dónde me llevas, Kael? —preguntó ella, sonriendo con leve timidez mientras sentía la firmeza de la mano del Alfa sosteniendo la suya.
—A un lugar donde la ciudad no pueda tocarnos —respondió él, guiándola hacia un vehículo clásico que él mismo condujo.
El viaje fue tranquilo, bordeando las colinas que rodeaban el territorio de la manada hasta llegar a un invernadero victoriano privado, ubicado en el punto más alto de la propiedad. Estructurado totalmente en cristal y hierro forjado, el lugar estaba iluminado por cientos de pequeñas luces cálidas suspendidas entre enredaderas de jazmines y flores nocturnas que perfumaban el aire fresco de la montaña.
En el centro del recinto, sobre un suelo de piedra pulida, se encontraba una mesa redonda vestida con mantelería de lino blanco, candelabros de plata y copas de cristal cortado. No había meseros ni personal de servicio al alcance de la vista; la privacidad era absoluta.
Kael caminó detrás de ella y, con impecable caballerosidad, apartó la silla para que se sentara. Al hacerlo, sus manos se posaron sutilmente sobre los hombros descubiertos de Camila. El contacto directo de su piel tibia hizo que ella soltara un suspiro contenido. El calor del Alfa atravesaba la seda del vestido, transmitiéndole una serenidad profunda que disipaba cualquier rastro de fatiga. Kael inclinó levemente la cabeza, dejando que su aliento rosara el cuello de Camila por un breve instante antes de tomar su lugar frente a ella.
—Reservé este espacio solo para nosotros —dijo Kael, sirviendo agua mineral en la copa de ella y un vino tinto de cosecha reservada para él—. La comida fue preparada especialmente por el chef de la manada, adaptada a lo que tu cuerpo necesita para recuperar fuerzas.
La cena comenzó con un consomé claro de ave a las finas hierbas, suave y reconstituyente, seguido de una entrada de medallones de langosta glaseados en mantequilla de cítricos sobre una cama de espárragos frescos. Mientras comían, Camila no pudo evitar observar los gestos refinados de Kael: la soltura con la que movía sus manos, la firmeza de su postura y la forma en que sus ojos verdes no se desviaban de ella ni un solo segundo.
El plato fuerte consistió en un filete de ternera en reducción de vino Oporto y romero, acompañado de un puré de papas trufado de textura sedosa. Durante la cena, la conversación fluyó sin esfuerzo. Kael le contó sobre la arquitectura del lugar, construido por su abuelo décadas atrás, y Camila compartió anécdotas de sus primeros años en la facultad de medicina, riendo con soltura por primera vez en semanas.
Al llegar el postre —una mousse de chocolate amargo con frutos rojos frescos y láminas de oro comestible—, Kael se reclinó en su asiento. Estiró el brazo sobre la mesa y posó la palma de su mano hacia arriba, esperando. Camila, guiada por un impulso natural, colocó su mano sobre la de él. Kael cerró los dedos con delicadeza alrededor de los suyos, acariciándole el dorso con el pulgar en un movimiento pausado y rítmico.
—Quería darte esto, Camila —dijo Kael, mirando sus manos unidas—. Una noche donde no seas la Dra. Valenzuela cargando con el peso del mundo, ni la paciente de un trasplante pendiente. Solo tú.
—Gracias, Kael... de verdad —susurró Camila, sintiendo cómo el calor del Alfa recorría su brazo y se asentaba en su pecho—. Hace mucho tiempo que nadie se preocupaba por cuidarme de esta manera.
—Es mi deber, y mi deseo —contestó él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo íntimo—. Y esto es solo el comienzo.