Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 13: El puente de los suspiros
El camino hacia el Puente de los Suspiros es cada vez más estrecho y sinuoso. Los árboles se cierran a ambos lados, formando un túnel verde que parece tragar la luz del día. Leo conduce con cuidado, esquivando ramas caídas y baches que podrían haber destrozado los neumáticos de un coche menos robusto.
Elena mira el mapa con atención, marcando cada giro en su mente.
—Debería estar cerca —dice, señalando una curva cerrada más adelante—. El río corre paralelo a esta carretera. El puente está donde el camino se cruza con el agua.
Leo reduce la velocidad. A través de los árboles, empieza a ver el brillo del agua. El río es angosto pero caudaloso, con un color verdoso que parece antiguo. Y allí, en medio de la corriente, un puente de piedra vieja, con un arco que se eleva sobre el agua como una ceja arqueada.
—Eso es —dice Leo, deteniendo el coche al borde del camino.
Bajan. El aire huele a musgo y a tierra mojada. El puente está cubierto de hiedra, y las piedras están desgastadas por el tiempo y el agua. Leo camina hacia él con pasos lentos, sintiendo que cada paso lo acerca a algo que ha estado esperando mucho tiempo.
—Aquí fue —murmura, sin saber bien por qué lo dice.
Elena lo sigue en silencio, respetando su espacio.
Leo llega al centro del puente. Se apoya en la barandilla de piedra y mira el agua que corre debajo. El sonido del río es constante, como un susurro que no se detiene.
—¿Dónde está el fragmento? —pregunta Elena.
—No lo sé —responde Leo—. Pero él dijo que el lugar de nuestro primer beso era la contraseña. Tal vez el fragmento está aquí, escondido.
Comienza a buscar. Revisa las piedras, los huecos entre las juntas, los espacios bajo la barandilla. Elena hace lo mismo al otro lado del puente.
—¡Aquí! —dice Leo, encontrando una piedra suelta—. Esta piedra está movida.
La levanta. Debajo, un pequeño compartimento de metal, oxidado pero sellado. Dentro, otra llave USB y un papel.
Abre el papel. Su letra, la misma de siempre.
"Has llegado al tercer fragmento. Esto significa que estás cerca del final. La USB contiene los planos de la organización. Su estructura, sus escondites, sus rutas de escape. Pero hay una cosa más. La última pieza del rompecabezas está en el lugar donde todo se desmoronó. Donde perdiste a Paloma. La antigua fábrica de conservas. Allí encontrarás el archivo completo. La contraseña para abrirlo es: 'la promesa que hiciste antes de que ella se fuera'. Tú sabes cuál es. Solo tú."
Leo guarda el papel y la USB en la mochila. La antigua fábrica de conservas. El refugio donde estuvieron escondidos. El lugar donde Elena lo llevó.
—La fábrica de conservas —dice Leo, mirando a Elena—. El refugio.
Elena palidece.
—No puede ser —dice—. Ese lugar es seguro. Tú mismo lo elegiste.
—Pero él dice que ahí fue donde perdí a Sofía —responde Leo—. ¿Qué ocurrió allí, Elena? ¿Qué pasó en esa fábrica?
Elena baja la mirada. Sus manos tiemblan ligeramente.
—Fue una misión —dice, con voz apenas audible—. Una misión que salió mal. Tú y Sofía estabais dentro. La organización la descubrió. Hubo un enfrentamiento. Sofía... Sofía murió protegiéndote.
Leo siente que el mundo se tambalea. Sofía murió en el mismo lugar donde él se ha estado escondiendo. El lugar que creía seguro, el que él mismo preparó para emergencias, fue el escenario de su mayor pérdida.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —pregunta, con voz tensa.
—Porque no era mi lugar decirlo —responde Elena—. Era tu recuerdo. Tu dolor. Y sabía que algún día lo recordarías por ti mismo.
Leo se apoya en la barandilla del puente, sintiendo el peso de esa verdad. No solo ha olvidado a Sofía. Ha olvidado cómo murió. Y ha estado durmiendo en el mismo lugar donde ella perdió la vida.
—Tenemos que volver a la fábrica —dice, con determinación—. La última pieza está allí.
—No podemos ir ahora —dice Elena—. Si la organización sabe que la fábrica es importante, puede estar vigilada.
—Entonces tendremos que ser más rápidos que ellos.
Elena asiente, aunque sus ojos reflejan preocupación.
Regresan al coche. Leo arranca y da la vuelta, tomando el camino de vuelta hacia la fábrica de conservas. Pero en su interior, algo ha cambiado. Ya no es solo el agente que busca información. Es el hombre que está a punto de enfrentar su pasado.
Mientras conduce, su mente divaga. Las imágenes empiezan a formarse. Sofía. Su risa. El momento en que se conocieron, aquí mismo, en este puente. Ella estaba sentada en la barandilla, con los pies colgando sobre el agua. Él se acercó y le dijo algo. Ella se rio. Y luego, él la besó.
—Te llamaba Paloma —susurra.
—¿Qué? —pregunta Elena.
—Nada —dice Leo—. Solo... estoy recordando.
La carretera se extiende frente a ellos, y la fábrica de conservas los espera, con sus secretos y su dolor.
Pero también, tal vez, con la redención.