Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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7
### Lucía Pereyra
Mientras terminaba de guardar frenéticamente cada una de mis prendas en la maleta, el sonido estridente de mi teléfono celular rompió la tensión de la habitación, sacándome de golpe de mis pensamientos.
Contesté la llamada con el pulso acelerado, y de inmediato el regaño de mi padre retumbó al otro lado de la línea, estruendoso e implacable:
—¡Se puede saber qué demonios crees que estás haciendo, Lucía! —su grito furioso me dejó completamente en shock, paralizada en medio de la estancia—. ¡Te prohibí rotundamente volver a pisar ese país y no me has hecho maldito caso! —lo escuché respirar con dificultad, ahogado por la impotencia y la rabia.
—Papá, por favor, cálmate... —le supliqué, intentando forzar una serenidad fingida que estaba muy lejos de poseer.
—¡¿Que me calme?! De verdad, ya no vale la pena que malgaste ni una sola gota de energía en una mujer tan terca y testaruda como tú.
—Ten un poco de fe en mí — Se lo supliqué con la voz quebrada—. Yo misma me encargaré de recuperar todo lo que nos pertenece y limpiar nuestro nombre.
—¡Sí, claro que lo harás! Lo harás después de humillarte hasta arrastrarte por el fango.
—Si toca hacerlo para salvar lo poco que queda, lo haré sin dudarlo —respondí con una firmeza que me quemaba las entrañas.
—¡Mi hija no tiene por qué rebajarse a eso! Te lo prohíbo terminantemente.
—Bueno, papá, ya basta... —murmuré con resignación, sintiendo las lágrimas picar en mis párpados—. Si la única maldita manera de que Carlos te deje en paz de una vez por todas es que él se descargue conmigo, entonces que así sea.
—¡¿Sin importar tus malditas emociones?! ¿De verdad me pides eso? ¡No puedo ser tan egoísta ni tan cruel como para dejar que mi hija cargue con el peso de mis culpas y mi desprecio!
—Papá...
—Voy a regresar al país —lo escuché anunciar con una determinación tétrica y helada.
Mi cuerpo entero se paralizó al instante, sintiendo que la sangre se me helaba en las venas.
—¡No puedes hacer eso! ¡Te lo exijo, no se te ocurra volver!
—No voy a sentarme a esperar mientras tú cargas sola con todos los problemas que yo provoqué. Soy yo el único responsable de este desastre y debo dar la cara.
—¡Papá, entiende de una vez! Él solo desea esto: verte regresar aquí. Sabe perfectamente que si firmaba el contrato ibas a venir corriendo a intentar protegerme. ¡No caigas en su trampa!
—Escúchame bien tú a mí —me interrumpió con un tono que no admitía réplica—. Llevo diez malditos años arrepintiéndome de todo, diez años sintiendo que cada paso que di fue una equivocación. Así que si él desea cobrar su venganza, que lo haga conmigo. Aquí estoy yo. Tú no tienes absolutamente nada que ver en esto.
Si tan solo supiera que ya me usó, que ya me destruyó por completo... Se le rompería el corazón en mil pedazos.
—Papá...
—Lucía, te lo dije antes y te lo vuelvo a repetir...
—Debemos aceptar las amargas consecuencias que traen nuestros propios actos —culminé repitiendo, con un nudo en la garganta, la misma frase que él me había inculcado durante la última década—. Pero papá... él no te va a dar tregua. Estoy completamente segura de que hará lo imposible por destruirte.
—Lo aceptaré con los ojos cerrados si con eso logro calmar aunque sea un poco su ira hacia ti... —sus últimas palabras resonaron en el auricular, hundiéndome en una miseria insoportable y haciéndome sentir profundamente enferma de culpa.
Ya no quedaba absolutamente nada de lo que fuimos Carlos y yo en el pasado. Ya no había amistad, ya no quedaba un ápice de cariño; solo subsistía un rencor voraz que crecía de manera enfermiza cada vez que nuestras miradas volvían a cruzarse.
—Bien... si esa es tu absoluta decisión, la acepto —murmuré con un hilo de voz.
—Bien. Nos vemos pronto.
Y sin darme oportunidad de decir una sola palabra más, colgó la llamada.
Me quedé mirando fijamente la pantalla iluminada del celular en mi mano temblorosa. Ya no tenía sentido seguir empacando; no iba a huir de allí. No si mi propio padre estaba a punto de entregarse directamente en las fauces del lobo y terminar en la cárcel.
Con las lágrimas desbordándose por fin de mis ojos, comencé a sacar la ropa de la maleta con gestos torpes y desesperados. Sentía que el mundo entero se me caía a pedazos sobre los hombros, y el dolor físico en mi pecho se intensificaba dolorosamente con cada maldito recuerdo de Carlos y de lo que fuimos.
—Deja de doler, por favor... te lo suplico... —le pedí al aire vacío, sintiendo que las lágrimas silenciosas eran lo único genuino que me quedaba en el cuerpo.
Sabía perfectamente que apenas mi padre pusiera un pie en este país, la ley caería sobre él como una aplanadora. Lo sabía con absoluta certeza.
Entonces, todos estos malditos años intentando mantener a flote la empresa, todos mis desvelos y mis esfuerzos sobrehumanos, habrían sido completamente en vano.
—Lucía... tu padre me acaba de avisar que se regresa de inmediato...
Natalia se quedó de piedra, congelada en la entrada de la habitación al verme destrozada, llorando desconsoladamente mientras vaciaba mi ropa sobre la cama.
Sin vacilar ni un segundo, corrió hacia mí y me envolvió en un abrazo apretado, fuerte, intentando transmitirme un consuelo que ninguna de las dos sabía dónde encontrar.
—Tú sabías muy bien que esto iba a pasar tarde o temprano —me recordó en un susurro comprensivo.
—Lo sé en el fondo de mi mente... pero aun así duele como si me arrancaran la piel.
—Tiene todo el derecho a doler, Lucía... es tu padre.
—No tienes la más remota idea de cuánto deseo no haberme cruzado jamás con Carlos en este maldito camino —dije con la voz completamente rota, ahogada en sollozos—. De verdad daría lo que fuera por regresar el tiempo atrás y no haberlo conocido nunca.
Ella me apretó aún más contra su pecho, y me dejé sostener, permitiéndome ser débil por primera vez en años.
Tras haberme desahogado durante horas y haberme tragado las lágrimas, terminé de organizar los papeles y llamé de urgencia a un abogado penalista para encargarle el caso de mi padre.
Pasé la noche entera en vela, devanándome los sesos buscando desesperadamente una solución legal a este laberinto sin salida. Pero no la había. No existía ninguna escapatoria limpia por la vía jurídica.
Me dejé caer pesadamente sobre la cama, consumida por un cansancio físico y mental que me pesaba como plomo. Cerré los ojos con fuerza, y lo único que se proyectó en la oscuridad de mis párpados fue la mirada de Carlos: helada, cortante, completamente vacía de emociones.
Recordé cómo solía mirarme con devoción en los días de secundaria, y sentí una punzada de certeza absoluta: aquel jovencito de ojos cálidos jamás volvería, por más que mi alma suplicara su regreso.
Nunca iba a volver, al igual que tampoco volvería la antigua Lucía; ella había muerto para siempre, y ya no quedaba nada de su bondad, no después de todo lo que se nos venía encimando.
Tal como mi padre me lo había enseñado con dureza: ser débil jamás te abrirá caminos en este mundo. Debes mantenerte firme, demostrar que posees un carácter de acero y que puedes con cualquier tempestad. Tienes que arrancar de cuajo la amabilidad, extirpar la bondad, porque esas debilidades simplemente no existen en la jungla de los negocios.
Cerré los ojos definitivamente, dejándome vencer por el agotamiento y el sueño pesado, no sin antes susurrar un silencioso agradecimiento por el día que me había tocado vivir; porque a pesar de haber aprendido a odiar al mundo entero, todavía tenía a mi padre con vida.
A la mañana siguiente, me dirigí temprano a la imponente sede de la empresa de Carlos. Al cruzar las puertas del vestíbulo, noté de inmediato cómo los empleados me examinaban de arriba a abajo con curiosidad morbosa. Al llegar a la planta ejecutiva, descubrí a un par de empleados cuchicheando y murmurando a mis espaldas sobre mi presencia allí.
Sin embargo, aquello no logró alterarme en lo más mínimo. Llevaba arrastrando mil rumores maliciosos circulando en torno a mi nombre desde hacía una década, y la gran mayoría habían sido sembrados intencionalmente por el propio Carlos en su fallida y obsesiva campaña por destruirme.
—Buenos días. Necesito saber si el jefe se encuentra disponible —le pregunté a la secretaria con tono neutro, observando cómo ella me repasaba con la mirada una y otra vez, cargada de un desdén evidente.
—No, ha salido a una junta imprevista fuera de las instalaciones, pero puede pasar a esperarlo si lo desea —respondió seca, señalando con desgana la lujosa sala de espera lateral.
Asentí en silencio y me fui a sentar en uno de los sillones de cuero para aguardar pacientemente. Mientras esperaba su regreso, revisé distraída los mensajes que mi padre me había enviado esa misma mañana antes de salir del hotel; no eran más que breves líneas frías que se resumían en un seco y tenso *nos vemos pronto*.
Con una paciencia de piedra y los nervios tensos como cuerdas de violín, esperé a Carlos durante dos largas horas. Cuando por fin las puertas del ascensor se abrieron y lo vi reaparecer, venía acompañado de su tío: el mismísimo hijo de puta que había envenenado la mente de Carlos y lo había convertido en el monstruo frío que era ahora.
—Pero mira nada más... ¿Qué mierdas haces metida aquí otra vez? —me espetó El tío de golpe, clavándome los ojos en cuanto me vio sentada.
En su mirada brillaba un odio puro y palpable, pero lo cierto es que el sentimiento era rigurosamente mutuo.
—He venido a hablar de negocios con mi socio —le contesté poniéndome de pie con aplomo, mirándolo directamente a la cara sin acobardarme.
—¿De verdad fuiste tan estúpida como para pensar que te habías aliado con nosotros? —preguntó su tío con una sonrisa cínica, cargada de burla.
Una respuesta que, irónicamente, me venía como anillo al dedo. Pues sabía perfectamente que no existía tal convenio real; tenía muy claro que en sus planes oscuros solo figuraba la intención de saquear y arrebatarle hasta el último centavo y propiedad a mi padre.
Y yo estaba dispuesta a entregárselo todo en bandeja de plata. Por eso necesitaba desesperadamente que él firmara aquel contrato, por eso busqué acelerar el final de esta pesadilla: todo a cambio de asegurar la libertad y la salvación de mi padre.
—Necesito hablar a solas contigo, Carlos —le dije ignorando por completo al viejo maldito de su tío, fijando toda mi atención en él.
—¿Sobre qué demonios? —preguntó socarrón, escrutándome de arriba a abajo con una mueca de burla evidente—. Si mal no recuerdo, firmaste un documento donde renuncias a involucrarte o visualizar cualquier aspecto operativo del proyecto.
—¡Me importa una absoluta mierda tu proyecto! He venido exclusivamente a hablar contigo —dije esta vez elevando ligeramente la voz, sonando mucho más seria y cortante.
—Bien, como quieras. Adelante entonces.
Pasó rozándome con desprecio y yo lo seguí de inmediato por el pasillo hasta adentrarnos en su despacho privado. Una vez dentro, él caminó directo a su imponente sillón de cuero y se dejó caer con arrogancia, mientras yo me quedaba plantada de pie frente a su escritorio.
—Bien, suelta de una vez lo que tengas que decir —exigió, mirándome con fijeza.
—Las acciones de mi familia, todo lo poco que nos quedaba en manos de mi padre... ahora te pertenecen por completo en los papeles. Por lo tanto, nuestra deuda legal e impuesta está oficialmente saldada —le solté apenas me dio la oportunidad, con la voz firme pero temblorosa por dentro—. Así que he venido hasta aquí a exigirte una sola cosa: te pido por favor que dejes a mi familia en paz de una vez por todas.
Él me miró en completo silencio durante unos segundos interminables, y de pronto estalló en una carcajada seca, hueca y cargada de una burla cruel. Se puso de pie con lentitud y comenzó a rodear el escritorio, acortando la distancia hasta quedar peligrosamente cerca de mí.
—¿En paz? —escupió las palabras con veneno, inclinándose hacia mi rostro—. ¿Exactamente igual a como tu maldito padre dejó en paz a la mía, verdad? Porque eso es lo único que me importa conseguir en esta vida: quiero verte completamente sola, destruida, viviendo una miseria igual o peor que la mía... —remató al fin, quedando a escasos centímetros de mi boca, con los ojos anegados en un rencor tan profundo que parecía estar carcomiéndole el alma por dentro todos los días.