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PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

PUDRETE, APOLO… RENUNCIÓ A TI, AHORA AMARÉ A HADES

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo mágico / Completas
Popularitas:6.2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.

Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.

Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.

Hades.

El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.

Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.

Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.

Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.

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La verdad que lo rompió todo

Había salido del Olimpo convencido de que, si le ofrecía perdón, si se arrodillaba y le prometía cambiar, Perséfone lo escucharía. Había bajado al Inframundo con el pecho lleno de esperanza, creyendo que su amor había sido tan grande que bastaría con pedir disculpas. Pero cuando ella abrió la puerta, no había rencor, ni llanto, ni dudas. Había indiferencia. Una indiferencia fría, absoluta, que dolió más que cualquier golpe.

—Vete —le dijo, sin dejarlo entrar, sin siquiera mirarlo de verdad—. Aquí no tienes nada. Yo ya no soy tuya. Nunca lo fui de verdad. Solo fuiste tú quien cegó mis ojos y me obligó a esperar. Ya no espero nada de ti. Ni siquiera un perdón. Solo vete.

Y cerró la puerta en su cara. Como si fuera un perro callejero. Como si no hubiera existido entre ellos nada. Apolo se quedó solo en la oscuridad, y en ese silencio, todo encajó de golpe. Las piezas que llevaban años rotas se unieron con un sonido seco y cruel.

¿Cómo sanaba siempre? ¿Cómo sabía qué darle, qué preparar, qué hierbas calmaran su fiebre?

No era Afrodita. Nunca lo fue. Ella solo tomaba el crédito. Ella solo se acercaba después de que el dolor había pasado, sonriendo, diciendo lo logré, te curé, y él, ciego de amor y estupidez, le creyó. La diosa del amor no conocía las hierbas. No sabía de raíces ni de infusiones ni de cicatrices. Era Perséfone. Siempre había sido Perséfone. La diosa de la primavera, de la tierra, de todo lo que crece y sana. Ella era quien lo cuidaba. Ella quien lo salvaba una y otra vez. Y él… él la había maldecido por ello. La había golpeado. La había despreciado. Todo por las mentiras de ella.

Regresó a su palacio con el alma hecha pedazos, con una furia creciendo en su pecho tan grande que amenazaba con consumirlo todo. Al entrar, Afrodita lo esperaba en el salón, caminando hacia él con esa sonrisa coqueta, esa mirada de siempre, segura de que con unas caricias y unas palabras dulces lo tendría de nuevo a sus pies, como siempre.

—Amor mío —susurró, acercándose para abrazarlo, su voz suave y engañosa—. Te estaba esperando. Sabía que volverías. No te preocupes, todo estará bien. Yo estoy aquí para ti.

No hubo respuesta cariñosa. No hubo abrazo. Apolo se detuvo frente a ella, frío como el hielo, y su mano se cerró sobre el látigo de cuero que colgaba de la pared, el mismo que usaba para domar caballos, pero que ahora sentía pesado, justo, necesario.

—¿Estás aquí? —repitió él, con voz baja y peligrosa—. ¿Y dónde estabas cuando yo ardía de fiebre? ¿Dónde estabas cuando el dolor no me dejaba respirar? ¿Dónde estaba tu sabiduría, tus hierbas, tu curación?

Afrodita se detuvo, confundida, viendo el látigo en su mano.

—Apolo… ¿de qué hablas? Yo siempre te cuidé… tú lo sabes…

—¡Mentira! —gritó él, y el primer latigazo cayó sobre su espalda con fuerza, rasgando la tela y la piel al mismo tiempo.

Afrodita soltó un grito agudo de dolor, llevándose las manos a la espalda, horrorizada.

—¡Apolo, para! ¡Me haces daño!

—¿Daño? —repitió él, y el segundo azote cayó, y luego el tercero, y no se detuvo—. ¡Tú me hiciste daño a mí toda la vida! ¡Tú me hiciste creer que la luz era la oscuridad! ¡Tú me hiciste odiar a la única persona que jamás me amó de verdad!

Una y otra vez. Veinte latigazos. Más. Cada golpe cargado de años de engaño, de ceguera, de la humillación de haber sido un títere en sus manos. Afrodita caía al suelo, intentando cubrirse, llorando, suplicando, pero él no paraba. No sentía piedad. No sentía nada más que la necesidad de que sintiera, aunque fuera una fracción, el dolor que ella había causado.

—¡Arruinaste mi vida! —gritó entre azote y azote—. ¡Mi felicidad! ¡Perséfone! ¡Ella era a quien yo debía amar y proteger! ¡Y por tu culpa, tus calumnias, tus mentiras, una y otra vez le hice daño! ¡Eres una maldita!

—¡Detente! —gritó una voz potente, resonando en toda la sala.

Zeus y Deméter aparecieron de golpe, entre las columnas, alarmados por los gritos y el olor a sangre. Deméter corrió hacia Afrodita, que yacía en el suelo, hecha un desastre, con la espalda destrozada, llorando y temblando.

—¡Apolo, basta! —ordenó Zeus, levantando la mano—. ¡Vas a matarla! ¡Es la diosa del amor! ¡Es tu esposa!

—¡Que se muera! —escupió él, sin soltar el látigo, con los ojos llenos de rabia y lágrimas de frustración—. ¡Es lo que se merece esta maldita mentirosa! ¡Arruinaste todo! ¡Y ustedes… ustedes lo sabían! —se giró hacia Deméter, señalándola con el látigo—. ¡Tú lo sabías, madre! ¡Conoces las habilidades de tus hijas! ¡Sabías que era Perséfone quien sanaba! ¡Y siempre la cubriste a ella! ¡Siempre la protegiste!

Deméter palideció, bajando la mirada.

—Yo… no sé de qué hablas… nosotros…

—¡Cállate! —la cortó él con desprecio—. ¡No mientas más! ¡Ya estoy harto de mentiras! ¡Qué estúpido fui! ¿En qué cabeza pude creer que la diosa del amor tenía conocimientos de curación, de plantas, de hierbas? ¡Si era obvio! ¡Tenía que ser Perséfone! ¡La diosa de la primavera, de la tierra, de todo lo que vive! ¡Qué idiota fui! ¡Y ahora entiendo por qué me desprecia! ¡Por qué me cerró la puerta en la cara! ¡Porque yo merezco eso y peor!

—Apolo… —empezó a decir Deméter, intentando suavizarlo—, pensaste bien… ella era celosa…

—¡Cállate te dije! —bramó él, dando un paso hacia ella con el látigo aún en la mano—. ¡Si piensas defenderla una palabra más, te juro que la mato aquí mismo! ¡No me importa quiénes sean ustedes! ¡No me importa nada!

Zeus y Deméter se miraron, y ambos comprendieron que no era momento de razonar con él. Se agacharon y levantaron a Afrodita entre los dos, que apenas podía sostenerse, sangrando, temblando, con la mirada perdida y llena de confusión y dolor.

—¿Por qué? —susurró ella, con la voz rota, mirándolo—. ¿Apolo… si yo te amo… por qué me tratas así…?

Apolo escupió al suelo, con asco profundo, y la miró con un desprecio que la hirió más que los latigazos.

—¿Amar? —repitió con amargura—. Tú no sabes lo que es el amor. Deberías llamarte la diosa de la mentira. De la manipulación. Del engaño. Eso te queda mucho mejor, Afrodita. Mucho mejor.

Se dio la vuelta, sin mirarlos más, y empezó a caminar hacia la salida, dejándolos atrás, con la sangre de ella manchando el mármol blanco.

—Esto no se queda así —murmuró, para sí mismo, pero con una promesa fría y definitiva—. Maldita… esto me las pagarás. Las pagarás todas.

Y salió del palacio, dejando atrás todo lo que había creído su vida, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Había perdido a la única persona que de verdad lo amaba. Y lo peor de todo… era que se lo había buscado él mismo, ciego y estúpido, guiado por una mentira que quiso creer.

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EspirituCreativo
Gracias lectora
Beatris Avalos
los amó 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Muy linda historia!!! Me encanto…👏👏👏👏
EspirituCreativo: Gracias por tu apoyo 🥰
total 1 replies
Cliente anónimo
Autora repitió el capítulo, aunque la novela está preciosa!!!!!
EspirituCreativo: Horror gracias lo borro
total 1 replies
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