Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 19 — La trampa se cierra
El camino de regreso fue silencioso. Las palabras del señor Gutiérrez resonaban en mi mente una y otra vez: Todos están conectados. Valeria sabía. Cedric persiguió a tu madre hasta el final. Cristóbal conducía con rostro impasible, pero apretaba el volante con tanta fuerza que los nudos se le blanqueaban. A cada kilómetro que nos acercábamos a la mansión, una inquietud fría me crecía en el pecho, como si el aire mismo se volviera más denso, más pesado.
—Algo no está bien —dije de pronto, cuando las verjas de la casa aparecieron a lo lejos—. Las luces… están todas encendidas. Cuando salimos, solo había encendida la del porche.
Cristóbal frenó en seco a unos metros de la entrada, fuera de la vista de quien pudiera mirar desde dentro.
—Quédate aquí —me dijo, con voz grave—. No bajes por nada. Y si ves algo raro, arranca y vete. No esperes.
—No —respondí, abriendo la puerta—. Vengo contigo. No nos separemos.
Caminamos juntos hacia la casa, con pasos lentos y cautelosos. Al acercarnos a la ventana de la sala, escuchamos voces. Muchas voces. Y el tono… era de triunfo.
—Es mejor que se rindan —reconocí la voz de Valeria, clara y fría—. No tienen adónde ir.
—Cuando vean lo que encontré… ya no tendrán nada que decir —respondió Cedric, con una arrogancia que me heló la sangre.
Cristóbal empujó la puerta de golpe. Entramos. Y nos detuvimos en seco.
La sala estaba llena. Cedric y Valeria, de pie junto a la mesa donde guardábamos los documentos. Julieta, sentada en el brazo de un sillón, con una sonrisa que no llegó a sus ojos. Y junto a ellos, dos hombres de traje oscuro, imponentes, que nos miraron sin disimulo. En la mesa, esparcidos, estaban todos los papeles que habíamos copiado, las copias del testamento, las notas que habíamos tomado… todo.
—Llegaron justo a tiempo —dijo Cedric, con una sonrisa fría y triunfal—. Estábamos revisando sus pruebas. Bastante conmovedor todo. Lástima que no sirva para nada.
—¿Qué han hecho? —bramó Cristóbal, dando un paso hacia ellos, con el rostro desencajado—. ¿Quién les dio permiso para entrar a mi despacho?
—Tu despacho es parte de la empresa, padre —respondió Cedric con desdén—. Y yo soy el director interino. Tengo derecho a revisar todo. Y encontré esto. —Alzó una carpeta, la misma que contenía los registros digitales—. Documentos falsificados, firmas alteradas, pruebas fabricadas para destruirme y quedarse con la herencia. Qué trágico.
—¡Son ciertos! —grité, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta—. Los números no mienten, Cedric. Tú estás robando a la empresa. Estás repitiendo los crímenes de tu abuelo. Y peor.
—¿Robando? —se burló él, acercándose a mí—. Qué palabras tan fuertes. Lástima que nadie te crea. Tú, la chica que perdió todo, que se quedó sin prometido y sin familia. ¿Quién crees que va a darte la razón frente a mí? Frente a nosotros?
Miré a Julieta, esperando al menos un rastro de duda, de compasión. Pero ella bajó la mirada, como si no quisiera reconocerme.
—Hermana —dijo con voz suave pero cortante—. Deja de hacerte daño. Entrega lo que llevas de la herencia, y quizás lleguemos a un acuerdo. Si sigues con esto… no tendré más remedio que denunciarte por intento de extorsión. Y te aseguro que no saldrás bien parada.
—¿Extorsión? —repetí, incrédula—. ¿Tú, mi propia hermana, te pones del lado de ellos?
—Me pongo del lado de la razón —respondió ella, levantando la vista—. Y tú deberías hacer lo mismo. Mira a tu alrededor, Jessica. Estás sola.
Valeria dio un paso hacia nosotros, con calma, como si todo estuviera bajo control.
—Es una lástima, Cristóbal. Podríamos haber sido un gran equipo. Pero elegiste el bando equivocado. Y ahora, lamentablemente, tendré que pedirte que te apartes. Cedric y yo nos encargaremos de la empresa. Tú… tú te quedarás fuera. Por el bien de todos.
—¿Esto es lo que querías desde el principio? —preguntó Cristóbal, mirándola con profundo asco—. Regresar para quitarme lo que es mío y dárselo a él?
—Regresé para recuperar lo que es mío —corrigió ella, con frialdad—. Y la verdad, no me costó mucho conseguirlo. Bastó con esperar a que ustedes dos se enamoraran y rompieran la cláusula del testamento.
Me quedé sin aire. Las palabras de Valeria cayeron sobre mí como un balde de agua helada.
—¿Qué… qué dices? —susurré.
—Lo que oíste —respondió ella con una sonrisa astuta—. No fue casualidad que estuvieran tanto tiempo juntos. No fue casualidad que se acercaran. Los estuvimos vigilando desde el primer día. Y cada vez que se miraban, cada vez que se tocaban… era una prueba más de que habían roto la condición.
Cedric levantó un teléfono en su mano, mostrándonos la pantalla. Eran fotos. Fotos de nosotros en la biblioteca, de Cristóbal tomándome la mano, de él acercándose a mí en el despacho. Todo. Capturado, guardado, listo para ser usado.
—Rompieron la regla —dijo Cedric, con voz de triunfo absoluto—. Se enamoraron. Y según el testamento… eso significa que pierdes todo, Jessica. Todo. La herencia, las acciones, los derechos. Nada.
—No… —negó Cristóbal, dando un paso hacia él—. No pueden usarse esas fotos. Son privadas. No significan lo que dicen.
—Significan lo que el juez diga que significan —intervino Valeria—. Y con los documentos falsos que plantamos en su despacho, Cristóbal, tú también estás implicado. Corrupción, manipulación de registros, conspiración para apropiarse de bienes ajenos. Si seguimos adelante, ambos saldrán perdiendo. Tú irás a la cárcel. Y ella… ella perderá todo lo que su madre le dejó.
El mundo se me vino encima. No solo nos habían tendido una trampa. La trampa la habíamos construido nosotros mismos, sin saberlo, con cada mirada, con cada gesto, con cada momento en que nos habíamos acercado sin poder evitarlo. Nos habían estado observando, esperando, recopilando pruebas para destruirnos con nuestras propias manos.
—¿Y si no nos rendimos? —dije, con voz temblorosa pero firme—. ¿Qué harán entonces?
Cedric se encogió de hombros, con una crueldad que me heló la sangre.
—Entonces lo hacemos público. La historia de la hija ilegítima, los documentos falsos, la relación prohibida… la prensa devorará todo. Y el nombre de tu madre quedará manchado para siempre. ¿Es eso lo que quieres, Jessica? ¿Que la recuerden como una mentirosa y una ladrona?
Me quedé sin palabras. Me estaban atacando por el punto más débil: mi amor por mi madre, su memoria, su honor. Si luchábamos, la destruiríamos. Si nos rendíamos… nos destruían a nosotros.
Cristóbal me miró, y en sus ojos vi el dolor más profundo que jamás había visto. Sabía lo que tenía que hacer. Pero le costaba la vida.
—Retírense —dijo finalmente, con voz pesada, rota—. Nos iremos. No diremos nada. No presentaremos ninguna denuncia. No revelaremos nada. Pero a cambio… dejennos en paz. Y no toquen el nombre de María Elena. Ni el de Leonardo.
—Trato hecho —dijo Cedric de inmediato—. Por ahora. Pero recuerden: estamos vigilando. Un solo paso fuera de lugar, y todo se acabó.
Valeria asintió, satisfecha.
—Tienen veinticuatro horas para retirarse de la mansión y entregar cualquier documento que tengan. Después de eso… no nos conocemos.
Salieron uno tras otro. Julieta se detuvo un instante junto a mí, con la mirada baja, como si quisiera decirme algo… pero finalmente se giró y se fue sin pronunciar palabra.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, nos quedamos solos en la sala, rodeados de papeles esparcidos, de nuestra derrota escrita en cada foto, en cada palabra que nos habían dicho. Me dejé caer en un sillón, sintiendo que me habían quitado el suelo, el aire, todo.
—Lo perdimos todo —susurré, con lágrimas que no lograba contener—. La herencia, las pruebas, la verdad… todo.
Cristóbal se arrodilló frente a mí, tomó mis manos entre las suyas, y sus ojos verdes, aunque llenos de dolor, aún mantenían una chispa que no se había apagado.
—No perdimos todo —dijo, con voz suave pero firme—. No perdimos la verdad. Y no nos perdimos el uno al otro. Eso no pueden quitárnoslo. No importa cuánto mientan, cuánto nos calumnien… lo que sentimos es real. Y eso, nadie puede destruirlo.
—Pero no podemos estar juntos —recordé, con el corazón roto—. La cláusula… si estamos juntos, pierdo todo. Y ahora… ellos lo saben. Lo usaron contra nosotros.
—Entonces esperaremos —prometió él, acercando su frente a la mía—. Esperaremos hasta que podamos demostrar la verdad. Hasta que podamos limpiar los nombres de nuestros padres. Y cuando lo hagamos… entonces nos amaremos sin miedo. Sin condiciones. Sin que nadie pueda decirnos nada.
Cerré los ojos, sintiendo su calor, su promesa… y el peso de la derrota que, extrañamente, no era total. Nos habían quitado la casa, el dinero, el poder… pero no habían podido quitar lo que llevábamos dentro. Y en ese instante, comprendí que la guerra no había terminado. Solo había cambiado de terreno.