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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

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Capitulo 13

Lidia apenas había salido del edificio cuando escuchó pasos rápidos detrás de ella. Antes de que pudiera llegar al taxi que esperaba, Adrián se le plantó delante, con el rostro desencajado y la voz ronca de rabia. Ya no había súplica en él, solo exigencia y frustración.

—¿Crees que vas a huir así nada más? —le dijo, bloqueándole el paso—. ¿Crees que porque ese tipo te defiende ya estás a salvo? ¡No terminamos, Lidia! ¡No puedes desecharme de tu vida como si nunca hubiera existido!

—Me estás asustando, Adrián —dijo ella, retrocediendo un paso con la espalda pegada a la pared—. Aléjate. Te lo dije claramente: se acabó.

—¡Se acabó cuando yo lo diga! —gritó él, y alargó la mano para agarrarla del brazo con fuerza.

Pero sus dedos apenas la rozaron cuando una mano mucho más grande y firme lo apartó de un golpe seco. Damián se interpuso entre ambos, con la respiración contenida y los ojos oscuros de furia contenida, mirando a Adrián con una intensidad que lo hizo retroceder instintivamente.

—Te dije que no te acercaras —dijo Damián con voz baja, tajante y peligrosa—. Y acabas de cruzar la línea. Aléjate ahora mismo, o llamo a seguridad y pongo una denuncia por acoso. Elige.

Adrián lo miró con odio, pero vio en la postura de Damián que no dudaría en cumplir su palabra. Dudó un instante, miró a Lidia que permanecía detrás de él, y soltó una risa amarga y desafiante.

—Te estás metiendo en algo que no entiendes —le dijo a Damián—. Ella no es tan perfecta como parece. Volverá a mí. Ya verás.

—No esperes que me quede a esperarlo —respondió Damián con frialdad—. Y si vuelves a aparecer, no seré tan amable la próxima vez. Vete.

Adrián dudó un segundo más, y finalmente se giró y se marchó caminando rápido, desapareciendo entre la gente de la calle. Lidia se dejó caer levemente contra la pared, temblando entera, con el corazón golpeándole como un martillo en el pecho. Damián se giró hacia ella de inmediato, y la dureza de su rostro se transformó en pura ternura y preocupación. Le tomó ambas manos entre las suyas, con cuidado infinito.

—Ya se fue —le dijo suavemente—. No te hará daño. No mientras yo esté cerca. Pero no podemos quedarnos aquí. No sé si volverá a intentarlo. Ven conmigo. Te llevaré a un lugar donde estarás a salvo.

Lidia lo miró con los ojos llenos de lágrimas y confusión, pero no dudó. En ese momento, él era su única certeza.

—¿A dónde? —preguntó con voz temblorosa.

—A mi casa —respondió él con naturalidad—. Allí nadie te molestará. Nadie sabe dónde vivo. Estarás tranquila. Y si quieres, te quedas allí esta noche. No tienes que volver sola a ningún sitio. ¿Confías en mí lo suficiente para ir?

Ella apretó sus manos y asintió lentamente.

—Sí —susurró—. Confío en ti. Más que en nadie ahora mismo.

Subieron al coche y el viaje fue silencioso, pero no incómodo. Damián conducía con calma, y de vez en cuando le daba una mirada rápida, asegurándose de que estaba bien. Cuando llegaron, el coche entró por unos portones altos que se abrieron automáticamente, y recorrieron un camino bordeado de árboles hasta llegar a una mansión de piedra clara, elegante y serena, iluminada suavemente por luces empotradas en el jardín. Lidia bajó del vehículo y se quedó mirando la casa, asombrada.

—Es… preciosa —dijo en voz baja—. Nunca había visto un lugar así. Es tan distinto a todo lo que conozco.

—Es solo una casa —respondió él, acercándose a su lado—. Las paredes no importan. Lo que importa es que aquí estás a salvo. Entra.

La condujo al interior, y el silencio la recibió de inmediato, un silencio cálido, lleno de muebles de madera noble, cuadros antiguos y una luz tenue que lo hacía todo parecer un refugio. Cerró la puerta tras de sí con un sonido firme y definitivo, y por primera vez en horas, Lidia sintió que podía respirar sin miedo. Damián le tomó el abrigo con delicadeza y lo dejó en una silla cercana.

—Siéntate —le dijo, señalando un sofá amplio y suave junto a la chimenea apagada—. ¿Quieres algo de beber? Té, agua, algo más fuerte… lo que necesites.

—Agua, por favor —respondió ella, dejándose caer en el asiento—. Gracias, Damián. Por todo. Si no hubieras aparecido cuando lo hiciste… no sé qué habría pasado.

Él volvió al instante con un vaso de agua fría y se sentó a su lado, respetando su espacio pero cerca, lo suficiente para que supiera que no estaba sola.

—No tienes que agradecérmelo —dijo él con seriedad—. Debí haberlo impedido antes. No debí dejar que te siguiera hasta la calle. Pero te prometo que no volverá a ocurrir. Aquí estás protegida. Nadie entra sin permiso, y nadie se acerca sin que yo lo sepa.

Lidia miró a su alrededor, maravillada por la elegancia que la rodeaba, y luego lo miró a él, entendiendo que ese mundo de lujos y silencios era completamente ajeno al suyo, y sin embargo… no se sentía fuera de lugar. No se sentía pequeña ni menos que él. Se sentía segura. Más segura de lo que jamás se había sentido en cualquier otro sitio.

—Todo esto es tan distinto a mi vida —dijo ella, con sinceridad—. Yo vivía en un apartamento pequeño, con muebles sencillos, soñando con una boda que nunca llegó. Y ahora estoy aquí, en tu casa… y lo extraño es que no me siento fuera de lugar. Me siento… en casa. Contigo.

Damián le sonrió, una sonrisa suave y profundamente conmovida, y le acarició la mano con suavidad sobre el reposabrazos.

—Esta casa es grande y bonita, sí —dijo él—. Pero nunca fue un hogar hasta ahora. Tenerte aquí, a salvo, sentada a mi lado… eso es lo que lo hace especial. No el mármol ni los cuadros. Tú. Y si este mundo te parece diferente, no importa. No tienes que pertenecer a él para estar a mi lado. Tú eres quien eres, y eso es todo lo que necesito.

Lidia sintió que las lágrimas volvían a asomar, pero esta vez no eran de miedo ni de tristeza. Eran de gratitud, de esa sensación de haber llegado por fin al lugar al que siempre debió haber llegado. Apoyó la cabeza levemente hacia él, sin tocarlo aún, pero sintiendo su fuerza cercana.

—Me haces sentir protegida de una forma que nadie más lo hizo nunca —confesó ella—. Como si nada malo pudiera tocarme mientras estés cerca.

—Nada lo hará —prometió él con voz firme y tierna a la vez—. Mientras vivas, mientras respire, te protegeré. No importa dónde estés ni qué pase. Eres mi persona, Lidia Ashcroft. Y cuido lo mío. Con todo lo que soy.

En la penumbra cálida de aquella casa inmensa, lejos del ruido y del miedo, Lidia comprendió que el lujo no estaba en lo material, sino en la tranquilidad de saber que alguien la cuidaba sin condiciones. Y que al lado de Damián, en ese mundo tan diferente al suyo, había encontrado algo que no tenía precio: la seguridad de ser amada, respetada y protegida.

La casa quedó en silencio, solo roto por el suave zumbido de la ciudad a lo lejos. Lidia pasó la mirada por las paredes altas y los muebles elegantes, y luego se volvió hacia él, con una pequeña sonrisa entre la sorpresa y la ternura.

—Todo esto es tan inmenso —dijo en voz baja—. Y sin embargo, aquí me siento más pequeña… pero más a salvo que en cualquier otro lugar.

Damián se sentó cerca, sin invadir su espacio, y la miró con esa calma que siempre lo envolvía.

—El tamaño de la casa no importa —respondió él suavemente—. Lo que importa es quién está dentro. Y mientras estés tú, este lugar será tuyo tanto como mío.

—¿De verdad? —preguntó ella, clavando los ojos en los suyos—. ¿Aunque yo venga de un mundo tan distinto al tuyo?

—Los mundos no importan cuando se encuentra lo que de verdad vale la pena —dijo él con firmeza—. Tú eres lo real, Lidia. Lo demás es solo decoración. Y me da igual dónde hayas vivido antes. Lo único que me importa es que ahora estás aquí, conmigo, y nada te va a hacer daño.

Ella asintió, sintiendo que esas palabras valían más que todo el lujo que la rodeaba. Alargó la mano y rozó la suya, despacio, como si estuviera aprendiendo a confiar de nuevo.

—Gracias —susurró—. Por todo. Por recibirme sin preguntas, sin juicios.

—Siempre —respondió él, apretando su mano con suavidad—. Aquí tienes un lugar para siempre. Lo sabes.

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