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Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Sellos De Seúl Él Sucesor Del Jade

Status: Terminada
Genre:Escuela / Héroes / Fantasía LGBT / Completas
Popularitas:237
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.

Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.

Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun

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CAPÍTULO 19: Cuando cayeron las máscaras

El martes por la mañana, el ambiente en el instituto estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. Min‑jun entró con la cabeza baja, la mochila colgada de un hombro, y sintió de inmediato todas las miradas clavadas en su espalda. Tae‑ho se cruzó de brazos cuando lo pasó. Ji‑eun bajó la vista sin saludarlo. Todo el mundo seguía creyendo que era el novio mentiroso que había roto con Seo‑jun por gusto, el que no había ido al partido, el que solo hacía daño sin razón.

Pero él ya no veía a nadie más. Solo tenía ojos para la persona que estaba apoyada en la pared del fondo, con la camisa de deporte y la manga izquierda subida hasta el codo, dejando ver la cicatriz de media luna que lo delataba sin palabras.

Seo‑jun lo miró entrar. No dijo nada. No se acercó. Pero sus ojos lo siguieron todo el camino hasta el pupitre, y en esa mirada había de todo: duda, miedo, esperanza, y la certeza silenciosa de que lo que llevaban semanas callando no aguantaría ni un día más.

Nadie habló con Min‑jun en todo el recreo. Se sentó solo en una mesa del rincón del comedor, dándole vueltas a la comida sin probar bocado, cuando de repente el brazalete de jade bajo la manga empezó a vibrar con una fuerza que le dolió el hueso. No era una alerta más. Era **la señal definitiva**.

El Tejedor de Han había aparecido en el mercado de Namdaemun. El mismo lugar donde todo había empezado casi un año atrás.

Salió del instituto corriendo sin decir nada a nadie. Se metió en el callejón de siempre, se transformó en Jade Blanco en un abrir y cerrar de ojos y saltó por los tejados tan rápido como pudo. Llegó en tres minutos. Y lo que vio le heló la sangre entera.

El mercado estaba en silencio. Toda la gente estaba arrodillada en el suelo, rodeada por un círculo de sombras oscuras que no los dejaban moverse. Entre los rehenes estaban Ji‑eun, Tae‑ho y otros tres compañeros del instituto, que habían ido a comprar algo después de clase. En medio de todo, de pie sobre un puesto de madera roto, estaba el Tejedor de Han, con la capa ondeando a su alrededor y esa risa rota y triste que tanto odiaban.

—Por fin habéis llegado —dijo al verlos aparecer a los dos, Jade por un tejado y Ámbar por el otro—. He esperado este momento mucho tiempo. Hoy termina el juego de las máscaras. Hoy todo el mundo sabrá quiénes sois realmente.

—¡Suéltalos! —gritó Ámbar dando un paso al frente, los puños cargados de energía dorada—. Esto es entre nosotros tres. No tienen nada que ver.

—Claro que tienen algo que ver —respondió el villano sonriendo—. Ellos son los que más han juzgado a tu pequeño amigo aquí. Los que creen que es un mentiroso y un mal novio. Me encantaría ver sus caras cuando descubran la verdad.

Señaló a los rehenes con un dedo huesudo:

—Os propongo algo muy sencillo. O os quitáis el antifaz y el guante cada uno delante de todos, aquí y ahora… o empiezo a hacer daño a la gente. Uno por uno. Empezando por la amiguita de pelo largo.

Ji‑eun soltó un sollozo. Tae‑ho intentó moverse, pero las sombras lo apretaban más fuerte. Min‑jun miró a Ámbar. Ámbar miró a Min‑jun. No hizo falta hablar. Ambos lo sabían. No había elección. No podían dejar morir a nadie por su culpa. Ni por su secreto.

Se acercaron el uno al otro lentamente, hasta estar frente a frente, a un metro de distancia, con todo el mundo mirando. El Tejedor sonreía, triunfante, desde lo alto.

—Vamos —les susurró—. Quedad al descubierto. Y entonces veréis si vuestro amor resiste la verdad.

Jade llevó la mano derecha a la cinta del antifaz. Ámbar hizo lo mismo. Se miraron fijamente a los ojos, sin desviar la mirada ni un segundo. Y en el mismo instante exacto, tiraron.

Las dos máscaras cayeron al suelo de madera al mismo tiempo, con un ruido casi imperceptible.

El silencio que cayó después fue ensordecedor.

Min‑jun se quedó allí de pie, con el rostro descubierto, el pelo revuelto, los ojos brillantes de miedo y de alivio a la vez. Frente a él, Seo‑jun estaba igual, sin casco, sin guantes, con la cicatriz de media luna brillando clara en su muñeca izquierda, mirándolo como si estuviera viendo un sueño que temía despertar.

—Min‑jun —susurró Seo‑jun, solo para él, con la voz rota.

—Seo‑jun —respondió él en el mismo tono.

Detrás de ellos, los compañeros del instituto se quedaron boquiabiertos. Tae‑ho tenía la boca abierta sin poder cerrarla. Ji‑eun se llevó las manos a la cara, sin poder creer lo que veía. El chico débil y despistado de la clase, y el mejor jugador de baloncesto del instituto… eran los dos héroes que salvaban Seúl cada noche. Eran Jade Blanco y Ámbar Negro.

—¡Por fin! —gritó el Tejedor de Han, riendo a carcajadas, con los ojos llenos de locura y de tristeza antigua—. ¡Ahora ya lo sabéis todo! Ahora ya no tenéis secretos el uno para el otro. Ahora veréis si todo lo que habéis hecho, todas las mentiras, todas las promesas rotas… lo perdonáis. ¡Ahora sufriremos los tres juntos!

Lanzó un golpe de energía oscura enorme contra ellos, más fuerte que todos los anteriores juntos. Pero esta vez, Min‑jun y Seo‑jun no se movieron para esquivar. Se miraron una última vez, se tendieron la mano al mismo tiempo y la juntaron, sin guantes, sin antifaces, sin nada entre los dos.

La corriente que salió de sus manos fue cien veces más fuerte que cualquier golpe combinado que hubieran lanzado antes. Los Sellos de Jade y Ámbar resonaron juntos como nunca, iluminando todo el mercado con una luz verde y dorada tan brillante que nadie pudo mirar directamente. La energía oscura del Tejedor se deshizo en cuanto tocó esa luz, como hielo bajo el sol.

El villano gritó de dolor, retrocediendo paso a paso, quemado por la fuerza de su vínculo ya sin mentiras.

—¡Esto no ha terminado! —les gritó mientras su cuerpo se empezaba a desvanecer entre sombras—. ¡Ahora que todos saben quiénes sois, vuestra vida será un infierno! ¡Veréis! ¡Terminaréis igual que yo! ¡Solo y rotos!

Y desapareció.

Las sombras que ataban a la gente se desvanecieron con él. El mercado volvió a la normalidad poco a poco, como si nadie recordara muy bien qué había pasado, salvo los compañeros del instituto, que seguían allí de pie, mirándolos a los dos sin poder hablar.

Seo‑jun fue el primero en acercarse a ellos.

—No le digáis nada a nadie —les dijo con la voz seria, la misma que usaba para dar órdenes en el equipo de baloncesto—. Por vuestra seguridad y por la de todos. Nadie más puede saberlo. ¿Entendido?

Tae‑ho asintió con la cabeza, todavía aturdido. Ji‑eun lo hizo también, con los ojos como platos. No hicieron preguntas. No hicieron reproches. Solo se fueron caminando de regreso a casa sin decir una palabra, necesitando tiempo para asimilarlo todo.

Cuando se quedaron completamente solos en el mercado vacío, Min‑jun y Seo‑jun volvieron a quedarse frente a frente, sin máscaras, sin secretos, sin nada que los separara ya. El silencio duró varios minutos. Ninguno sabía por dónde empezar.

Seo‑jun fue el primero en moverse. Levantó la mano izquierda, mostrándole la cicatriz de media luna.

—Esta me la hice el día del partido —dijo bajo—. Cuando me caí sobre el cristal después de fallar el tiro.

Min‑jun asintió, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar.

—Lo sé. Yo estaba allí. Escondido detrás de la valla del gimnasio. Te curé un poco con luz de Jade para que no te doliera tanto al día siguiente. No me atreví a entrar.

Seo‑jun se acercó un paso más.

—¿Y por qué rompiste conmigo? ¿De verdad te habías cansado de mí?

—¡No! —Min‑jun negó con la cabeza desesperado, y las lágrimas por fin cayeron—. ¡Nunca! Yeo‑wol me dijo que el Tejedor se alimentaba de nuestro dolor. Que cuanto más sufriéramos los dos, más fuerte se hacía. Pensé que si me alejaba, si te hacía odiarme… dejaría de usar tu dolor contra nosotros. Quería protegerte. ¡Y sin saberlo te estaba haciendo daño a ti mismo, a mi propio compañero! ¡Soy un idiota!

Seo‑jun le agarró de los hombros con fuerza, para que lo mirara a los ojos.

—Yo también fingí. Después de lo del partido, cuando todo el mundo te decía cosas… yo también fingía que te odiaba. Creía que si fingía lo suficiente, nadie sospecharía de nada. Que así te protegía yo a ti. Qué estúpidos hemos sido los dos, ¿verdad?

Min‑jun soltó una risa rota entre lágrimas. Metió la mano dentro de la camisa, por el cuello, y sacó una cadena fina de plata. Colgando de ella estaba la pulsera de jade que Seo‑jun le había regalado por su primer aniversario, la misma que le había devuelto delante de todo el instituto para fingir la ruptura.

—Nunca me la quité —dijo con la voz temblorosa—. Solo la escondía. Siempre.

Seo‑jun se quedó mirando esa pulsera, y luego le pasó una mano por la mejilla para secarle las lágrimas, con una suavidad que Min‑jun no sentía desde hacía meses.

—Yo también guardé tu carta. La que me dejaste el día de San Valentín. La leo todas las noches antes de dormir.

Se quedaron así un buen rato, de pie en medio del mercado vacío, sin necesidad de decir nada más. Todo lo que habían callado durante meses estaba ya dicho. Todas las mentiras se habían desvanecido. Todo el dolor empezaba a tener sentido.

Min‑jun fue el primero en tenderle la mano de nuevo, sin guantes, sin miedos. Seo‑jun la agarró fuerte, entrelazando sus dedos. En el momento en que sus pieles se tocaron del todo, una luz suave, verde y dorada, envolvió sus dos cuerpos por unos segundos, como si los propios Sellos celebraran que por fin estaban juntos de verdad.

Caminaron de regreso a casa despacio, de la mano, sin soltarse ni un solo paso todo el camino. No hablaron mucho. No hacía falta. Solo se alegraban de que, por fin, ya no tuvieran que mirarse a escondidas. Ya no eran dos extraños de día y dos héroes de noche. Ahora eran simplemente Min‑jun y Seo‑jun. Juntos. En todas partes.

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CUADERNO DE CHOI MIN‑JUN

Martes por la noche, por fin en paz

Hoy ha pasado lo que llevaba meses temiendo, y a la vez deseando con todas mis fuerzas. Hoy han caído las máscaras. Hoy ya no hay más secretos.

El Tejedor nos ha tendido una trampa terrible en el mercado, el mismo sitio donde empezó todo. Ha cogido a gente de rehén, entre ellos Ji‑eun y Tae‑ho, y nos ha dicho que solo los soltaba si nos quitábamos los antifaces delante de todos. No tuvimos elección. No podíamos dejar que nadie saliera herido por nuestra culpa.

Nos pusimos frente a frente. Nos quitamos las máscaras al mismo tiempo. Y cuando lo vi… cuando vi que era él, Seo‑jun, de verdad, sin nada que lo cubriera… me faltó el aliento. Yo ya lo sabía, claro. Lo había adivinado días atrás. Pero verlo así, cara a cara, sabiendo que él también lo sabía todo… ha sido el momento más raro y más bonito de mi vida.

Hemos luchado juntos después. Sin máscaras, sin mentiras, sin nada entre los dos. Y nuestra fuerza ha sido mayor que nunca. Jamás habíamos lanzado un golpe tan fuerte. Hemos echado al Tejedor otra vez. Pero nos ha dicho que esto no ha terminado. Que ahora que todo el mundo lo sabe, lo pasaremos peor. Tiene razón en algo: ahora es más peligroso. Pero por primera vez en mucho tiempo… no tengo miedo. Porque ya no estoy solo.

Luego hemos hablado los dos solos. Le he explicado por qué rompí con él. Por qué le dije todas esas cosas terribles. Por qué pensé que alejarme era la única forma de protegerlo. Y me ha dicho que él también fingió. Que fingió odiarme para que nadie sospechara, para protegerme a mí. Qué tontos hemos sido los dos. Qué mucho daño nos hemos hecho sin querer, por intentar cuidarnos el uno al otro.

Le he enseñado la pulsera que me regaló, la que nunca me quité, solo la escondía. Me ha dicho que él guarda todas mis cartas. Nos hemos agarrado de la mano de verdad, sin guantes, sin trajes, sin nada. Y hemos sentido esa corriente otra vez, pero mucho más fuerte, como si los propios Sellos estuvieran felices por fin.

Ahora nuestros amigos también lo saben. Han visto todo. No han hecho preguntas. Se han ido sin decir nada. Temo por ellos. Temo que el Tejedor vaya a por ellos la próxima vez para hacernos daño. Pero Seo‑jun ha dicho que los protegeremos a todos. Que juntos podemos con todo. Y le creo. Le creo más que a nadie en el mundo.

Por fin puedo ser yo mismo con él. Por fin no tengo que mentirle más. Por fin no soy dos personas distintas que no se conocen. Ahora soy solo Min‑jun. Su novio. Y su compañero. Las dos cosas a la vez, sin separarlas más.

Sé que lo peor todavía está por llegar. Sé que el Tejedor va a volver con algo mucho peor. Sé que tenemos que despertar los otros cinco Sellos que aún duermen en el cofre. Sé que hay batallas durísimas delante.

Pero esta vez… esta vez las lucharemos juntos. Cara a cara. Sin máscaras. Sin mentiras. Sin nada que nos separe.

Por primera vez en mucho, mucho tiempo… me siento realmente en paz.

Buenas noches.

Min‑jun.

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Cerró el cuaderno con una sonrisa suave en los labios, lo escondió bajo el colchón como siempre y se asomó a la ventana. En la acera de enfrente, bajo la luz de una farola, Seo‑jun estaba de pie esperándolo. Le hizo un gesto con la mano y sonrió. Esa sonrisa que tanto había echado de menos.

Min‑jun agarró el brazalete de jade que brillaba fuerte en su muñeca, respiró hondo y salió de casa corriendo para reunirse con él.

Por fin, todo lo que habían roto podía empezar a arreglarse.

Y el destino, que tanto les había jugado malas pasadas, les dejaba por fin caminar de la mano, sin miedos, hacia lo que viniera.

FIN DEL CAPÍTULO 19

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