Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 23
Adrián sostuvo la mirada de su hermana, y en la fracción de segundo que tardó en contestar pasó por su cabeza la verdad entera, quince años de verdad, y también lo que esa verdad le costaría a Renata si él la soltaba esa noche, en ese salón, con Ximena dolida y medio mundo alrededor.
—No. —Mintió, y le costó cada letra—. No hay nada, Ximena.
Ella lo miró, buscándole la grieta.
—Adrián, te conozco.
—La defendí porque su papá le iba a pegar delante de todos. —Adrián no bajó los ojos, aunque por dentro se odiaba—. Habría hecho lo mismo por cualquiera. Es tu mejor amiga, es como de la familia, la vi en peligro y reaccioné. Eso es todo. —Le puso una mano en el hombro—. Lo que estás imaginando no existe. Estás cansada, ha sido una noche horrible. Vámonos.
Ximena lo miró un rato más, y poco a poco algo en su cara se aflojó, mitad alivio, mitad duda que no terminaba de irse.
—Perdón. —Suspiró—. Es que por un momento pensé… no sé qué pensé. —Se rió sin ganas—. Sería una locura, ¿no? Tú y Renata. Con la diferencia de edad, y siendo mi amiga. Una locura.
—Una locura —repitió Adrián, y sintió la palabra como una piedra en el estómago.
—
Renata llegó a su apartamento pasada la medianoche, y no pudo dormir.
Le hervía todo por dentro. La amenaza de Roxana en la terraza, sonriente, con la copa en la mano. Daniela ensuciando el nombre de su madre delante de todos. El brazo de su padre alzándose para golpearla como cuando era niña. Y Adrián, parándose delante de ella sin pensarlo, escudándola con su propio cuerpo. Todo revuelto, imposible de ordenar.
Se sirvió un trago para calmarse. Después otro. Y con el segundo, en vez de calmarse, se le soltó lo que llevaba conteniendo toda la noche, y agarró el teléfono y marcó antes de pensarlo bien.
—Renata. —La voz de Adrián sonó despierta al primer timbre—. ¿Estás bien? ¿Pasó algo?
—Ven. —Fue lo único que dijo, y colgó.
—
Adrián llegó en veinte minutos, todavía con la camisa de la fiesta, la corbata en el bolsillo, la preocupación en la cara. Renata le abrió con el vaso en la mano y los ojos brillantes.
—¿Qué pasó? —Adrián entró, mirándola—. ¿Estás tomando sola?
—Le mentiste a Ximena. —Renata cerró la puerta—. Lo sé. Sé que te preguntó. Se te nota en la cara.
Adrián se quedó quieto.
—Renata—
—Toda la noche te la pasas protegiéndome. —Dejó el vaso sobre la mesa, y dio un paso hacia él—. De mi papá, de Rodrigo, de Ximena, hasta de mí misma. ¿Y quién te protege a ti, Adrián? ¿Quién?
—No necesito que me protejan.
—Yo tampoco, según todo el mundo. —Dio otro paso, y ya estaban cerca, demasiado cerca, como en el estacionamiento, como en el carro, como en todos los momentos en que ella había dado dos pasos atrás—. Y estoy tan cansada, Adrián. Cansada de dar pasos atrás. Cansada de decirme que no puedo, que no debo, que soy vieja, que soy poca cosa, que le pertenezco a un montón de reglas que a nadie más le importan.
—Renata, estás bebida. —La voz de él salió tensa, luchando consigo mismo—. Mañana te vas a arrepentir, y yo no quiero que—
—Por una vez. —Ella levantó la mano y le puso los dedos sobre los labios, callándolo—. Por una sola vez en mi vida, no quiero pensar en lo que va a pasar mañana.
Y se puso de puntillas y lo besó.
Adrián se quedó rígido un instante, uno solo, con las manos a los lados como quien se aferra a la última cuerda de su cordura. Y después esa cuerda se rompió. La rodeó con los brazos, la apretó contra él, y le devolvió el beso con quince años de todo lo que se había tragado, y Renata sintió el suelo desaparecer bajo sus pies, las manos de él subiéndole por la espalda, la boca de él bajándole por el cuello, y por primera vez en años dejó de pensar, dejó de calcular, dejó de defenderse de nada.
—Renata —murmuró él contra su piel, con la voz rota—. Si no quieres esto, dímelo ahora.
—Cállate —susurró ella, y lo jaló hacia la habitación.
—
Después, cuando el mundo volvió despacio, se quedaron los dos en silencio en la oscuridad, con las respiraciones bajando y el techo encima.
Adrián tenía un brazo bajo la nuca de ella y miraba el techo con el corazón todavía golpeándole, y por dentro no cabía de una felicidad que casi le daba miedo. Quince años. Quince años esperando algo que ni siquiera se había atrevido a soñar del todo, y ahora la tenía ahí, tibia contra su costado, y le parecía imposible que fuera real. No lo arruines, se dijo. Mañana se va a asustar. Déjala llegar a su ritmo. Pero es real. Por fin es real.
Renata, a su lado, miraba el mismo techo y sentía algo completamente distinto.
El deseo se había ido, y en su lugar subía, fría, la marea de siempre. ¿Qué hiciste? Lo tenía al lado, joven, entero, tan bello que dolía, y en vez de plenitud lo que le llenaba el pecho era la certeza aplastante de que no había manera de que esto durara. De que ella era una mujer de cuarenta y tres años que acababa de acostarse con el hermano de su mejor amiga, quince años menor, en un arranque de borrachera y autocompasión. De que mañana, a la luz del día, él la iba a mirar y se iba a dar cuenta del error. Todos se dan cuenta, tarde o temprano. Todos se van.
Cerró los ojos y fingió dormir, para que él no le viera en la cara lo que ya estaba decidiendo.
—
Renata despertó antes del amanecer, con el brazo de Adrián todavía sobre ella y la luz gris entrando por la ventana.
Por un segundo, medio dormida, se permitió sentir el peso tibio de ese brazo, el ritmo lento de su respiración contra la espalda, y algo en el pecho se le apretó de una ternura que no se podía permitir.
Después abrió los ojos del todo, y el miedo le ganó.
Se deslizó fuera de la cama con cuidado de no despertarlo. Recogió su ropa del suelo en la penumbra, se vistió temblando, y se quedó un momento parada en la puerta de la habitación, mirándolo dormir, tan en paz, tan ajeno a la tormenta que ella ya tenía armada en la cabeza.
—Perdón —susurró, tan bajo que ni ella se oyó.
Y salió del cuarto, de su propio apartamento, huyendo de él como huía de todo, jurándose con cada escalón que bajaba que lo de anoche había sido un error. Un error de borrachera, de noche horrible, de debilidad. Un error que no se iba a repetir jamás, costara lo que costara.
Aunque le costara él.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆