A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.
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CAPÍTULO 21: EL SARMIENTO
La primera vez que Mila volvió a cruzarse con el hombre del tatuaje en el cuello —el mismo que la había mirado con esa frialdad extraña durante el entierro de Yeison, aunque en ese momento ella todavía no supiera su nombre— fue apenas una semana después de que don Efraín la tomara oficialmente bajo su protección.
Fue en la casa del Patrón, en una de esas reuniones semanales donde los hombres de mayor confianza de don Efraín se juntaban a repasar cuentas, movimientos, problemas pendientes de la loma. Mila, todavía nueva en ese círculo, se sentaba casi siempre en un rincón, más para observar y aprender que para participar activamente, tal como don Efraín le había indicado durante las primeras semanas de su nuevo rol.
—Con que esta es la muchachita de la que tanto hablan —dijo el hombre, entrando a la sala con esa manera de moverse que ocupaba espacio de más, como si el aire mismo le debiera respeto—. La hermana del Sarmiento.
—Duque, siéntate —dijo don Efraín, con un tono que, aunque cordial, dejaba entrever una autoridad que no admitía réplica—. Mila, él es Duque, mi mano derecha desde hace más de diez años. Ha estado conmigo desde antes de que tú nacieras casi.
Mila sintió, en el instante mismo en que sus ojos se cruzaron con los de Duque, la misma sensación helada que había sentido en el entierro de Yeison, aunque en ese momento no supiera todavía ponerle nombre exacto a lo que era: no exactamente miedo, sino algo más parecido a un instinto de alarma, una alerta silenciosa que su cuerpo registraba mucho antes de que su mente lograra procesarla del todo.
—Mucho gusto —dijo, extendiendo la mano con una cortesía calculada.
Duque le dio la mano con un apretón que se sostuvo un segundo más de lo necesario, evaluándola con una mirada que recorrió su cara, su postura, la manera en que se sentaba, con la clase de escrutinio que Mila ya había aprendido a reconocer entre los hombres del negocio, pero que en él tenía un filo distinto, más personal, casi como si estuviera midiendo una amenaza en lugar de simplemente conociendo a alguien nuevo.
—Así que Nail te está entrenando —dijo, sentándose frente a ella, sin apartar del todo esa mirada evaluadora—. He oído que tienes buena mano con el revólver. Que aprendes rápido.
—Trato de hacer las cosas bien.
—Eso mismo me dijeron. —Hizo una pausa, con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos—. Es curioso, ¿sabes? En todos mis años en este negocio, no había visto a don Efraín tomar bajo su protección a alguien tan rápido como te tomó a ti. Normalmente hay que ganarse ese lugar durante años. Tú lo conseguiste en meses.
El comentario, dicho con un tono aparentemente casual, llevaba dentro una acusación velada que Mila captó de inmediato, aunque decidió no darle el gusto de reaccionar visiblemente ante ella.
—Supongo que tuve suerte.
—O algo más que suerte —dijo Duque, sosteniéndole la mirada un momento más, antes de finalmente girarse hacia don Efraín para retomar la reunión, dejando a Mila con una sensación incómoda instalada en el pecho que no lograba disipar del todo.
Esa noche, contándole a Nail sobre el encuentro durante el entrenamiento, notó en él una reacción que confirmó sus propias sospechas.
—Tenga cuidado con Duque —le dijo, con una seriedad que no era habitual incluso en sus advertencias más serias—. Es el hombre más antiguo que tiene don Efraín, y también el más celoso de su posición. Cualquiera que se acerque demasiado rápido al Patrón, cualquiera que empiece a recibir la clase de atención que usted está recibiendo, se convierte automáticamente en una amenaza a sus ojos.
—¿Usted cree que me haría algo?
Nail se quedó pensativo, sopesando la respuesta con un cuidado que a Mila le pareció, en sí mismo, una respuesta parcial.
—No directamente, no todavía. Duque es inteligente. No se arriesgaría a hacerle daño a alguien que don Efraín ya tomó bajo su protección sin tener una razón que lo justifique completamente, o sin que quede absolutamente claro que él no tuvo nada que ver. Pero es de los que juegan a largo plazo. Va a estar observándola, esperando el momento en que usted cometa un error, o esperando la oportunidad de sembrar dudas sobre usted en la cabeza de don Efraín.
—¿Por qué me está contando todo esto con tanto detalle?
—Porque quiero que esté preparada. En este negocio, los enemigos más peligrosos casi nunca son los que uno espera. Casi siempre son los que sonríen mientras calculan cómo hacerle daño desde adentro.
Esa frase, dicha sin ningún énfasis especial en ese momento, se le quedaría a Mila resonando en la memoria con una fuerza cada vez mayor a medida que pasaran los meses, aunque esa noche todavía no tuviera forma de saber cuánta razón tenía Nail, ni cuán cerca —literalmente, en la misma sala donde había tomado la mano de Duque esa tarde— había estado, sin saberlo, del hombre que en realidad había ordenado la muerte de su hermano.
Lo que sí notó, esa misma noche, fue algo más inmediato y concreto: la manera en que Duque había mencionado a Yeison durante el encuentro, con una naturalidad que en ese momento pasó casi desapercibida entre tantas otras señales de alarma, pero que, revisada después con la ventaja retrospectiva del tiempo, contendría un detalle que Mila debería haber captado antes: Duque conocía el apellido de Yeison sin que nadie se lo hubiera dicho explícitamente en esa conversación. Lo había llamado "el Sarmiento" antes de que don Efraín o cualquier otra persona en la sala pronunciara ese apellido en voz alta.
Un detalle pequeño. Casi invisible. El tipo de error diminuto que solo se vuelve significativo mucho después, cuando finalmente se cuenta con todas las demás piezas del rompecabezas para darle su verdadero peso.
Esa noche, sin embargo, Mila solo guardó una sensación general de alerta, una desconfianza instintiva hacia ese hombre de brazos tatuados y sonrisa que no llegaba a los ojos, sin sospechar todavía que acababa de tener, sin saberlo, su primer encuentro directo con el verdadero asesino de su hermano.