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EL GLACIAR Y LA SALSA

EL GLACIAR Y LA SALSA

Status: Terminada
Genre:Comedia / Mujer poderosa / Romance de oficina / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Una CEO implacable, fría y adicta al control que vive bajo la sombra de una traición pasada. Un técnico de mantenimiento alegre, gigante y de espíritu libre que contagia ritmo de salsa y sonrisas a cada paso. Cuando los mundos opue stos de Ariadna Riquelme y Jonathan Guedez chocan en los pasillos de un corporativo de lujo, el caos está garantizado. Entre hojas de cálculo imposibles, miradas que queman y un choque cultural inminente, Jonh pondrá de cabeza la perfecta y fría rutina de la jefa... demostrando que la armadura más dura a veces solo necesita un buen golpe de sabor y un corazón dispuesto a latir sin permiso.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL TANGO DE LA AUDITORÍA

​El lunes por la mañana en el Corporativo Riquelme no fue un lunes cualquiera. Una resaca colectiva, física y emocional, flotaba en el ambiente tras la barbacoa del fin de semana. Sin embargo, no era una resaca de arrepentimiento, sino de una extraña euforia compartida. Los empleados, desde los pasantes hasta los vicepresidentes, se saludaban con una sonrisa cómplice, intercambiando anécdotas sobre las historias de la abuela Catalina, los pasos de baile de Don Eusebio o el sabor inigualable de las costillas de Jonh.

​Ariadna Riquelme llegó a su oficina en el piso 50 con diez minutos de retraso, algo inaudito en ella. Llevaba un traje sastre de un tono burdeos intenso, un guiño sutil al color de la pasión que había empezado a filtrarse en su vida. Su rostro, aunque mantenía la compostura, ya no era el glaciar impenetrable de la semana anterior. Había una nueva luz en sus ojos, una suavidad casi imperceptible en la comisura de sus labios.

​Al entrar en su despacho, encontró sobre su escritorio una pequeña cesta de mimbre. Dentro, perfectamente envueltas en papel de estraza, había dos arepas aún tibias y una nota manuscrita: "Para la Jefa, por el control de calidad de ayer. ¡Aprobado con honores! - Jonh".

​Ariadna sonrió. Una sonrisa real, genuina, que iluminó su rostro. Dejó la cesta con cuidado y, por primera vez en años, no encendió inmediatamente su ordenador. Se acercó a la ventana y observó el skyline de la ciudad. La ciudad ya no parecía una maqueta fría y calculadora; parecía un escenario lleno de vida, de posibilidades, de música esperando ser bailada.

​A las 10:00 AM, tenía programada una reunión crucial con un grupo de inversores europeos, conocidos por su exigencia y su formalidad. Eran los reyes del protocolo y la austeridad. La presentación, preparada por el equipo de Ariadna, era un modelo de precisión y datos fríos.

​Durante la primera media hora, la reunión transcurrió según lo previsto. Ariadna, con su habitual elocuencia, desglosaba las cifras, proyectando una imagen de control y eficiencia absoluta. Los inversores asentían, satisfechos pero impasibles.

​De repente, y por segunda vez en su vida corporativa, el sonido de la salsa irrumpió en la sala de juntas. Pero no era un sonido lejano. La puerta de la sala se abrió de par en par y apareció Jonh, empujando un carrito de servicio. Llevaba su uniforme de mantenimiento, impecablemente limpio, y una sonrisa deslumbrante. En el carrito, perfectamente dispuestos, no había proyectores ni documentos, sino una cafetera industrial, una bandeja de arepas calientes y varias botellas de ron venezolano de primera calidad.

​—¡Disculpen la interrupción, señores! —anunció Jonh con su voz grave y cálida, con un marcado acento caribeño—. La Jefa me ha dicho que esta reunión es importante, y en mi pueblo, las cosas importantes se celebran con café y buena compañía. ¡Y con un buen ron para sellar el trato!

​Ariadna se quedó helada. El protocolo, la formalidad, los inversores europeos… todo se había ido al garete. Se preparó para el desastre, para la mirada de desaprobación de los inversores, para el fin de su carrera.

​Pero ocurrió algo extraordinario. El inversor principal, un hombre de unos sesenta años, con gafas de montura fina y un semblante severo, observó a Jonh con curiosidad. Luego, su mirada se posó en el carrito, y después, en Ariadna. Una leve sonrisa apareció en su rostro.

​—¿Ron venezolano, dice usted? —preguntó el inversor, con un ligero acento alemán—. Hace años que no pruebo uno bueno.

​Jonh, sin perder un segundo, sirvió una copa de ron en un vaso de cristal y se la ofreció al inversor.

​—El mejor, señor. Y si me permite… —Jonh, con una naturalidad pasmosa, empezó a repartir café y arepas entre los inversores.

​El ambiente en la sala de juntas se transformó por completo. La rigidez desapareció, reemplazada por una atmósfera de camaradería y curiosidad. Los inversores, intrigados por la audacia de Jonh y el carisma de Ariadna, empezaron a probar las arepas y a hacer preguntas sobre la empresa y la cultura venezolana.

​Ariadna, viendo que la situación no solo no era un desastre, sino que estaba siendo un éxito rotundo, decidió seguir la corriente. Dejó de lado la presentación formal y empezó a hablar con pasión sobre la empresa, sobre su visión, sobre la importancia de la conexión humana en los negocios. Habló de la barbacoa, del poder de la salsa, de la familia Guedez.

​Los inversores, cautivados por la autenticidad de Ariadna y la energía de Jonh, se mostraron más receptivos y abiertos de lo que nadie hubiera imaginado. La reunión se convirtió en una conversación, en un intercambio de ideas y experiencias. El ron fluyó, el café calentó los ánimos y las arepas conquistaron los paladares.

​Al final de la reunión, que se prolongó durante tres horas, los inversores no solo quedaron impresionados por los resultados financieros de la empresa, sino también por su cultura y su gente. El inversor principal se levantó, estrechó la mano de Ariadna con firmeza y luego, con una sonrisa pícara, le dio una palmada en el hombro a Jonh.

​—¡Ha sido la reunión más productiva y entretenida de mi carrera, Srta. Riquelme! —exclamó el inversor—. Su empresa es única. Y su técnico… es un activo invaluable. ¡Tienen nuestro voto de confianza!

​Cuando los inversores se marcharon, la sala de juntas quedó en silencio. Solo quedaban Ariadna y Jonh.

​—¡Lo hemos conseguido, Jefa! —exclamó Jonh, con los ojos brillantes de emoción—. ¡El Glaciar y la Salsa han conquistado Europa!

​Ariadna, con el rostro sonrojado por el ron y la emoción, se acercó a Jonh. Ya no había distancia, ni protocolos, ni corazas. Solo había dos personas que, contra todo pronóstico, habían formado un equipo invencible.

​—Gracias, Jonh —susurró Ariadna, con voz temblorosa—. Gracias por el café, por las arepas, por el ron… y por la salsa. No sé qué habría hecho sin ti.

​Jonh la miró a los ojos, su mirada clara encontrando la de ella.

​—Siempre estaré aquí, Jefa. Para lo que necesite. Para ponerle ritmo a su vida, para arreglar lo que se rompa… y para celebrar los éxitos.

​Ariadna, en un impulso que habría sido impensable una semana atrás, se acercó a Jonh y lo abrazó. Un abrazo fuerte, sincero, que selló no solo un trato comercial, sino algo mucho más profundo. El Glaciar había desaparecido, y en su lugar, había un mar de posibilidades, de música y de pasión. La auditoría había terminado, y el resultado, para sorpresa de todos, había sido el amor.

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