Valentina Solano despierta en un hospital después de perder a su bebé y descubre una verdad devastadora: su esposo y su suegra provocaron el accidente para quedarse con su dinero y su empresa.
Decidida a destruirlos antes de que ellos terminen de destruirla, busca a Sebastián Montero, el abogado de divorcios más temido de la Ciudad de México. Frío, brillante y acostumbrado a no perder jamás, Sebastián debería ser solamente su defensor. Pero entre audiencias, amenazas y secretos, la atracción rompe todas las reglas… y una sola noche cambia sus vidas para siempre.
Tres años después, Valentina regresa convertida en una mujer independiente, con una marca propia y un niño llamado Emilio que tiene los ojos de Sebastián.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su poderosa familia, a sus enemigos y hasta a la propia Valentina para recuperar el tiempo perdido. Porque Sebastián Montero puede ganar cualquier juicio, pero conquistar a la mujer que todavía ama será el caso más difícil de su vida.
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Capítulo 7
Cap 7 — Justicia
Sebastián habló durante doce minutos.
Valentina los contó. No porque estuviera aburrida —era imposible aburrirse cuando ese hombre hablaba en un tribunal— sino porque necesitaba agarrarse a algo concreto, un número, una certeza, mientras el mundo que Martín Reyes había construido a sus espaldas se desmoronaba pieza por pieza.
—Señor juez —dijo Sebastián, de pie frente al estrado con las manos a los lados y la voz tan controlada que cada sílaba sonaba como un bisturí—, presento ante este tribunal un informe elaborado por el perito contable certificado Licenciado Arturo Mendoza, quien documenta las siguientes irregularidades en la administración de Empresas Reyes.
Levantó la primera hoja.
—Primero: evasión fiscal sistemática durante los últimos dieciocho meses, mediante la declaración de gastos inflados y la facturación de servicios inexistentes por un monto acumulado de dos millones cuatrocientos mil pesos.
Segunda hoja.
—Segundo: la creación de al menos cuatro empresas fantasma —Distribuidora Norte S.A., Servicios Integrados del Pacífico, Logística Diamante y Grupo Altavista—, todas registradas en direcciones de zonas industriales abandonadas, utilizadas exclusivamente para desviar fondos de la empresa matriz.
Tercera hoja.
—Tercero: transferencias bancarias a cuentas personales a nombre de la señora Gladys Reyes, madre del denunciante, por un total de tres millones doscientos mil pesos en los últimos dos años, sin justificación contable ni aprobación de la junta directiva.
Cuarta hoja.
—Y cuarto: la modificación unilateral del acta constitutiva de Empresas Reyes, eliminando a mi representada —socia fundadora con aportación de capital documentada— como representante legal, sin su consentimiento, sin su firma y sin notificación alguna. Este cambio fue registrado ante notario público con una firma que, según el peritaje caligráfico que también presento, es falsa.
Dejó las cuatro hojas sobre la mesa del juez, alineadas con la misma precisión con que un cirujano acomoda sus instrumentos.
El silencio en la sala fue tan denso que Valentina pudo escuchar el zumbido de los fluorescentes en el techo.
Entonces Martín se levantó.
—¡Mentira! —Su voz salió desgarrada, rota, como la de un animal acorralado—. ¡Todo eso es mentira! ¡Esa mujer entró a mi empresa para espiarme, ella es la criminal, no yo!
—Señor Reyes, siéntese —dijo el juez.
Martín no se sentó.
Se volvió hacia Valentina y la señaló con un dedo que temblaba de rabia.
—Tú me vas a pagar esto, Valentina. Te juro que me las vas a pagar. ¡Tú y tu abogadito de cuarta!
Desde la galería, Gladys se puso de pie como impulsada por un resorte.
—¡Mi hijo tiene razón! ¡Esa mujer es una ladrona y una cualquiera! ¡Y ese hombre es su amante, por eso la defiende! ¡Todos lo saben!
El juez golpeó el mazo tres veces.
—¡Oficial, retire a la señora de la sala! Señor Reyes, última advertencia: si no se sienta en este momento, lo proceso por desacato.
Dos oficiales de justicia se acercaron a Gladys.
Ella forcejeó. Lanzó un manotazo que casi alcanzó a uno de ellos. Gritó mientras la arrastraban hacia la puerta:
—¡Maldita! ¡Maldita seas, Valentina Solano! ¡Ojalá te hubieras muerto en ese hospital!
Las palabras cayeron en la sala como piedras en un estanque.
Valentina sintió cada una de ellas, pero no se movió. No bajó la mirada. No tembló.
Sebastián, a su lado, tampoco se movió. Pero Valentina vio cómo sus dedos se cerraban sobre el borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
El juez esperó a que la puerta se cerrara detrás de Gladys. Se quitó los anteojos, los limpió con un pañuelo y volvió a ponérselos.
—Licenciado Montero, ¿la defensa tiene algo más?
—Solicito, señor juez, que este tribunal declare infundada la denuncia por calumniosa y que se abra una investigación de oficio contra el señor Martín Reyes por evasión fiscal, fraude contable y falsificación de documentos.
El juez asintió.
—Este tribunal declara improcedente la denuncia contra la señora Valentina Solano por falta de fundamento probatorio. Se ordena la apertura de una carpeta de investigación contra el señor Martín Reyes por los delitos señalados por la defensa. Se turna el expediente al Ministerio Público para los efectos legales conducentes. Se levanta la sesión.
El mazo cayó. El sonido le vibró a Valentina en el esternón.
Afuera del juzgado, el sol de las tres de la tarde pegaba contra la escalinata de cemento y hacía brillar los charcos de la lluvia de la mañana.
Doña Carmen, que había estado sentada en la galería mordiéndose las uñas durante toda la audiencia, abrazó a Valentina tan fuerte que le sacó el aire.
—Mi niña. Gracias a Dios.
Valentina le devolvió el abrazo. Pero por encima del hombro de su madre estaba mirando a Sebastián, que se había detenido a unos metros para guardar el expediente en el portafolio.
Quería darle las gracias. Quería decirle que lo que había hecho ahí adentro —la forma en que se había parado frente a un tribunal y la había defendido como si fuera lo único que importaba en el mundo— era lo más extraordinario que alguien había hecho por ella.
Pero antes de que pudiera decir nada, una sombra se movió a su izquierda.
Gladys.
Había estado esperando junto a la columna del estacionamiento, con la cara descompuesta y los ojos inyectados en sangre.
Se lanzó hacia Valentina con las manos extendidas como garras.
—¡Desgraciada!
Las uñas de Gladys le cruzaron la mejilla izquierda. Tres líneas de fuego, del pómulo a la mandíbula.
Valentina retrocedió por instinto, levantando los brazos para cubrirse la cara.
Y entonces algo se interpuso entre ella y Gladys.
Sebastián.
No la empujó ni la golpeó. Simplemente se puso delante de Valentina como un muro, con los hombros cuadrados y la mirada clavada en Gladys.
Cuando ella levantó la mano para el segundo zarpazo, él le agarró la muñeca en el aire y la sostuvo.
—Señora Reyes —dijo, y su voz era hielo—. Lo que acaba de hacer se llama lesiones. Si vuelve a tocarla, la denuncio por lesiones graves agravadas por el parentesco y pido una orden de restricción que la va a mantener a doscientos metros de mi clienta por los próximos dos años. ¿Fui claro?
Gladys le escupió en la cara.
Sebastián no se limpió. No soltó la muñeca de Gladys. No parpadeó.
La miró durante tres segundos que se sintieron como tres horas.
Luego la soltó con un movimiento suave, casi cortés. Como quien abre la puerta de una jaula para dejar salir a un animal que no vale la pena encerrar.
—Váyase —dijo.
Gladys retrocedió, jadeando. Los miró a los dos con un odio tan puro que parecía casi religioso.
Luego se dio la vuelta y caminó hacia el estacionamiento con pasos rígidos, tambaleándose sobre sus tacones.
Doña Carmen ya estaba junto a Valentina, presionándole la mejilla con un pañuelo.
—Dios mío, te arañó, estás sangrando. Hay que ir a un hospital.
—Estoy bien, mamá. Son rasguños.
—No son rasguños, te dejó marcas.
Sebastián se volvió hacia Valentina. Tenía el salivazo de Gladys todavía en la mejilla.
Se lo limpió con el dorso de la mano con un gesto distraído, como si fuera polvo.
—¿Quiere presentar cargos? —preguntó, mirando las marcas rojas en la cara de Valentina.
—No —dijo Valentina—. Quiero ir a casa.
Sebastián la observó un momento. Algo se movió detrás de sus ojos —algo que no era profesional, que no era frío, que no era calculado— pero desapareció antes de que Valentina pudiera nombrarlo.
—Déjeme llevarla.
No fue una pregunta. Valentina asintió.
En el auto, con Doña Carmen en el asiento trasero murmurando oraciones y Sebastián conduciendo en silencio, Valentina se tocó la mejilla arañada y miró por la ventanilla.
La ciudad pasaba rápida y borrosa, como siempre. Pero algo se sentía distinto. Más ligero. Como si le hubieran quitado un peso del pecho que llevaba cargando tanto tiempo que ya se había olvidado de que estaba ahí.
Miró de reojo a Sebastián. Su perfil contra la luz del atardecer: la línea recta de la nariz, la mandíbula tensa, las manos firmes sobre el volante.
Se había puesto entre ella y Gladys sin pensarlo. Sin calcular. Sin medir el costo profesional o personal de recibir un escupitajo en la cara delante de un juzgado.
¿Por qué?, quiso preguntarle. ¿Por qué haces esto?
Pero no preguntó.
Se recostó contra el asiento y cerró los ojos. Y por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le pesó.
que le consiguió ese trabajo?