Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 13: Mi primer trabajo en Cartagena
Narrado por Mileidis
Aquella mañana me desperté muy temprano. Desde que llegué a Cartagena no había dejado de buscar trabajo. Todos los días salía con la esperanza de encontrar una oportunidad, pero siempre me respondían lo mismo.
—Te llamamos después.
Y ese "después" nunca llegaba.
Aun así, no pensaba rendirme.
Me arreglé, me despedí de mi madrina y salí de la casa.
—Que Dios te acompañe, mija —me dijo ella antes de cerrar la puerta.
—Amén, madrina.
Comencé a caminar por las calles de Cartagena hasta llegar al sector de la playa. Me gustaba pasar por allí porque el sonido del mar me daba tranquilidad y me hacía recordar a Santa Marta.
Mientras caminaba, vi un restaurante muy bonito frente al mar. Tenía mesas de madera, sombrillas de colores y desde allí se veía el Caribe en todo su esplendor.
En la entrada había un aviso que decía:
"Se necesita mesera."
Sentí que el corazón me dio un brinco.
—Ay, Dios mío... ojalá me den la oportunidad.
Respiré profundo y entré.
Un señor de unos cincuenta años estaba organizando unas cuentas detrás del mostrador.
—Buenos días.
Él levantó la mirada.
—Buenos días, joven.
—Disculpe... vi el aviso de que necesitan una mesera.
—Así es.
Me sonrió con amabilidad.
—¿Tenés experiencia?
Bajé un poco la mirada.
—La verdad no mucha, pero aprendo rápido y soy muy responsable.
El señor me observó unos segundos.
—¿Cómo te llamás?
—Mileidis Figueroa.
—¿De dónde sos?
—De Santa Marta.
Él sonrió.
—Otra costeña.
Asentí.
—Sí, señor.
Me hizo varias preguntas más sobre mi vida y le conté que había llegado hacía poco a Cartagena para vivir con mi madrina y buscar una oportunidad de trabajo.
Cuando terminé de hablar, él guardó silencio unos segundos.
Yo estaba tan nerviosa que hasta sentía las manos sudadas.
Finalmente sonrió.
—Bueno, Mileidis...
Sentí que el corazón casi se me salía del pecho.
—El trabajo es tuyo.
Abrí los ojos de la emoción.
—¿En serio?
—Sí.
No pude contener la felicidad.
—¡Muchísimas gracias, señor!
—Empezás mañana a las ocho de la mañana.
—No le voy a fallar.
Salí del restaurante con una sonrisa enorme.
Sentía ganas de gritar de la alegría.
Lo primero que pensé fue en mi mamá.
Miré al cielo.
—¿Viste, mamita? Lo logré.
Después pensé en otra persona.
Cristian.
Sabía exactamente dónde encontrarlo.
Caminé hasta la playa.
A lo lejos lo vi cargando una canasta mientras gritaba como siempre.
—¡Lleve el bocachico! ¡Lleve la mojarra! ¡Lleve el róbalo! ¡Lleve el pargo! ¡Lleve la corvina! ¡Lleve la sierra! ¡Lleve el bagre! ¡Lleve el jurel!
Sonreí.
Ese pescador nunca cambiaba.
Corrí hacia él.
—¡Cristian!
Él volteó inmediatamente.
Al verme sonrió.
—¡Sirenita!
Llegué hasta donde estaba.
—Tengo que contarte algo.
Me miró curioso.
—¿Qué pasó?
No pude seguir aguantando la emoción.
Lo abracé.
—¡Conseguí trabajo!
Él abrió los ojos.
—¿En serio?
Asentí riendo.
—Sí. Voy a trabajar como mesera en un restaurante frente al mar.
Cristian dejó la canasta en el suelo y me levantó un poquito del piso mientras daba una vuelta.
—¡Eso, carajo! ¡Sabía que lo ibas a lograr!
Los dos comenzamos a reír.
Varias personas que pasaban por la playa nos miraban sonriendo.
Cuando volvió a bajarme, tomó mis manos.
—Estoy muy orgulloso de vos.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Gracias por creer en mí cuando ni yo misma tenía esperanza.
Él sonrió.
—Siempre voy a creer en vos, sirenita.
Después levantó una ceja.
—Y eso merece una celebración.
—¿Cómo así?
—Hoy invito yo.
Me reí.
—¿Con qué plata?
Él sacó unas monedas del bolsillo.
—Hoy vendí bastantes bocachicos y mojarras.
No pude evitar reírme.
—Vos siempre pensando en los pescados.
Él también soltó una carcajada.
—Gracias a esos pescados puedo invitar a mi novia.
Le di un pequeño beso en la mejilla.
—Entonces acepto la invitación, pescador.
Tomados de la mano, caminamos por la playa mientras el atardecer comenzaba a pintar el cielo de Cartagena, felices porque, poco a poco, nuestros sueños empezaban a hacerse realidad.