Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 5: Sed de fuego
....................🔞🔞🔞🔞🔞........ ya están avisadas, si no les gusta leer sobre esto pasen de capítulo.....
El motor del deportivo se apagó frente a un loft de techos altos y paredes de ladrillo visto, lejos de las luces hipócritas de la mansión Valente. El silencio que siguió fue más ruidoso que el rugido del coche. Damián no se movió; se quedó ahí, con las manos aún apretando el volante, el cuero crujiendo bajo su fuerza. El aroma a sándalo y lluvia me estaba mareando, picándome en la piel.
—Si cruzas esa puerta, Alessandra, no hay vuelta atrás —su voz era un gruñido bajo, cargado de una advertencia que mi cuerpo decidió ignorar—. No te voy a tratar como a una porcelana. No después de ver cómo te rompieron hoy.
—No quiero que me trates con cuidado, Damián —le respondí, mi voz temblando de una rabia que se estaba convirtiendo en deseo puro—. Quiero que me hagas olvidar que tengo una familia.
Él se giró hacia mí, sus ojos negros brillando con una chispa depredadora. No dijo nada. Bajó del auto, rodeó el capó con zancadas largas y abrió mi puerta. Antes de que pudiera reaccionar, su mano se cerró en mi nuca, sus dedos enredándose en mi peinado perfecto de peluquería, deshaciéndolo sin piedad. Me sacó del asiento y me pegó contra su cuerpo. Podía sentir la dureza de su pecho contra mis pechos, la hebilla de su cinturón presionando mi vientre.
—Entonces, matemos las ganas de una vez —sentenció.
Subimos por el ascensor industrial en un silencio eléctrico. En cuanto la puerta se abrió al loft, Damián me empujó contra la pared fría. El contraste del ladrillo helado con el calor de su cuerpo me hizo soltar un jadeo. No hubo preámbulos suaves. Sus labios chocaron contra los míos con una violencia necesitada, una danza de lenguas que sabía a tabaco y a una posesión que me dejó sin aire.
Sus manos, grandes y ásperas, bajaron por mis costados, apretando mis curvas con una fuerza que me hizo arquear la espalda. Se detuvo en mis caderas, enterrando sus dedos en la carne, recordándome que para él, cada gramo de mi cuerpo era un tesoro de guerra.
—Sos perfecta, ¿me escuchás? —gruñó contra mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos que terminaron en una mordida leve—. Sos mucha mujer para esos cobardes.
Con un movimiento experto, bajó el cierre de mi vestido verde esmeralda. La seda cayó al suelo como una piel muerta, dejándome solo en lencería de encaje negro. Damián retrocedió un paso para mirarme. Su mirada me quemaba más que el sol de mediodía; me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en el escote, en la curva de mi abdomen y en mis muslos potentes.
—Dios, Alessandra… Sos un incendio —su voz sonó rota.
Se deshizo de su chaqueta y su camisa con una impaciencia salvaje, revelando un torso marcado por cicatrices de balas y tatuajes oscuros. Me cargó de un tirón, mis piernas rodeando su cintura por instinto, y me llevó hasta la cama deshecha. Me depositó en el centro y se posicionó entre mis muslos, abriéndolos con determinación.
Me acarició con una lentitud tortuosa, sus dedos subiendo por la parte interna de mis piernas hasta llegar a ese centro que ya estaba latiendo por él. Cuando me tocó por encima del encaje, solté mi primer gemido sonoro, un sonido que rebotó en las paredes del loft.
—Eso es, nena. Gritá mi nombre, no el de ellos —murmuró, deshaciéndose de lo último que nos separaba.
Damián me comió entera con la mirada antes de hundirse en ella. No hubo delicadeza, hubo una urgencia animal. Me giró, poniéndome en cuatro sobre las sábanas de hilo oscuro, sus manos apretando mis glúteos con una firmeza que me hizo sentir reclamada, marcada. Sentí su peso sobre mi espalda, su aliento caliente en mi nuca mientras me penetraba con una estocada profunda que me hizo clavar las uñas en el colchón.
—Sos mía, Alessandra. Desde esta noche, tu apellido es Smirnov —sentenció él, marcando un ritmo frenético, rudo, que me llevó al borde del abismo en pocos minutos.
Los gemidos se convirtieron en gritos ahogados contra la almohada. Cada movimiento de él era una declaración de guerra contra mi pasado. Me sentía poderosa, viva, deseada como nunca antes. Cuando el clímax nos alcanzó, fue como una explosión de pólvora; me aferré a sus brazos tatuados mientras él se vaciaba dentro de mí, reclamando cada rincón de mi cuerpo y de mi alma.
Nos quedamos entrelazados, sudorosos, con el corazón martilleando al unísono. Él me besó la sien, un gesto extrañamente tierno después de la tormenta.
—Mañana el mundo va a arder cuando se enteren de que te fuiste conmigo —susurró Damián, rodeándome con sus brazos—. Pero esta noche, el fuego es solo nuestro.
No sabía que esa noche de pasión sería el inicio de mi mayor alegría y mi peor condena. No sabía que el placer que sentía ahora se convertiría en las lágrimas que derramaría dos años después, cuando me encontrara sola con el fruto de esta entrega.