Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 8. MARCAR TERRITORIO
—Al ático —ordenó Héctor al chofer a través del intercomunicador, antes de dejarse caer de nuevo en el asiento de piel del Mercedes.
Me crucé de brazos, mirando fijamente por la ventana tintada cómo los edificios de la ciudad pasaban a toda velocidad. El silencio entre nosotros era tan espeso que se habría necesitado un cuchillo de cocina de alta gama para cortarlo. No protesté por su elección. Ir a mi departamento estaba completamente fuera de discusión. Mi hogar era mi santuario, un espacio minimalista, pulcro y milimétricamente ordenado que jamás había sido profanado por la presencia prolongada de un hombre.
Mis noches de distracción carnal tenían una regla inquebrantable: siempre en hoteles de lujo o en los departamentos de mis conquistas. Nunca en mi casa. No toleraba la idea de despertar y encontrar a un extraño usando mi baño, ni soportaba que el aroma de loción masculina se impregnara en mis sábanas de hilo egipcio. Mi espacio era mío, y de nadie más. Así que, por descarte, el ático del mujeriego de la Vega tendría que convertirse en nuestro centro de operaciones.
El auto se detuvo en el estacionamiento subterráneo de uno de los rascacielos más exclusivos de la zona financiera. Subimos por el ascensor privado que conectaba directamente con el piso cuarenta. Cuando las puertas de acero inoxidable se abrieron, entré al lugar pisando fuerte, el eco de mis tacones de aguja resonando sobre el suelo de mármol pulido.
El ático era enorme, con paredes de cristal que ofrecían una vista impresionante de la ciudad. El diseño era moderno, pero gritaba masculinidad por todos los costados: sofás de cuero oscuro, una barra de bar repleta de licores caros y un orden que me pareció demasiado artificial para un hombre que vivía solo.
Dejé mi bolso de diseñador sobre la encimera de granito de la cocina con un golpe seco. Héctor entró detrás de mí, arrojando las llaves en un cuenco y desabrochándose los dos primeros botones de la camisa con un suspiro de alivio.
—Bienvenida a mi humilde morada, esposa mía —dijo con esa molesta sonrisa de medio lado, extendiendo los brazos—. Puedes elegir el lado del armario que prefieras, aunque te advierto que...
—Ahórrate el discurso de anfitrión, Héctor —lo corté en seco, girándome para encararlo. Apoyé las manos en mis caderas, adoptando la misma postura implacable que uso cuando voy a despedir a un proveedor incompetente—. Vamos a dejar las reglas claras desde este preciso segundo si no quieres que este lugar se convierta en una zona de homicidio.
Héctor arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su ancho pecho. Su sonrisa se desvaneció un poco, reemplazada por esa mirada gris y calculadora de tiburón de los negocios que usaba en el crucero.
—Te escucho, girlboss. Adelante, pon tus condiciones. Al fin y al cabo, es mi casa.
—Y a partir de hoy, es el escenario de una farsa multimillonaria —ataqué, dando un paso hacia él para acortar la distancia—. Regla número uno, y la más importante: vas a mantener a tu pajarito bien enjaulado mientras dure este maldito matrimonio.
Héctor soltó una carcajada ronca, pero no apartó la mirada.
—¿Perdón? ¿Estás controlando mi agenda biológica, Claudia?
—Estoy controlando mi reputación y el valor de las acciones de Índigo Gastronómica —le respondí, apuntándolo con el dedo índice—. Los paparazzis van a estar vigilando este edificio las veinticuatro horas del día. Si un solo fotógrafo capta a una de tus modelos de pasarela saliendo de este estacionamiento, o si tu nombre vuelve a aparecer en una revista de chismes de discoteca, te juro por mi empresa que te destruiré legalmente. No voy a permitir que me dejes en ridículo como la esposa engañada ante el sector empresarial. Tus conquistas se terminaron. Al menos hasta que los abogados encuentren la forma de disolver el acta de las Bahamas.
Héctor entrecerró los ojos. Se dio cuenta de que no estaba bromeando. La ligereza del crucero se había esfumado; ahora tenía frente a él a la CEO implacable.
—Es justo —admitió, dando un paso al frente, invadiendo mi espacio personal hasta que pude oler el aroma a madera de su piel—. Pero la ley es pareja, Claudia. Supongo que esa regla también aplica para ti y tus "amigos especiales", esos de los que me hablaste en el bar. No quiero ver a ningún empresario de medio pelo rondando tus restaurantes ni saliendo en las portadas contigo.
—No te preocupes por eso —sonreí con frialdad, sosteniendo su mirada hipnótica—. Yo sé lo que es la discreción y el autocontrol. Mis asuntos carnales están suspendidos por completo. Exijo el mismo nivel de profesionalismo de tu parte. Aquí dentro, cada quien duerme en su habitación. Tu ático tiene una suite de invitados, supongo.
—La tiene. Al final del pasillo a la derecha —respondió, señalando con la cabeza—. Aunque admito que es una pena. La cama principal es bastante grande para los dos.
—Prefiero dormir en el suelo antes que compartir sábanas contigo otra vez, de la Vega —le solté, tomando mi bolso de la encimera—. Mañana mi asistente mandará un camión con algunas de mis pertenencias y ropa. No quiero que toques nada de lo que yo traiga.
Me giré dispuesta a caminar hacia la habitación de invitados para empezar a procesar el desastre de mi nueva vida, pero la voz de Héctor me detuvo justo antes de entrar al pasillo.
—Claudia.
Me detuve y lo miré de reojo sobre el hombro. Él seguía apoyado en la barra de la cocina, mirándome con una fijeza extraña, casi peligrosa. La luz del atardecer entraba por el ventanal, dibujando su silueta.
—Nuestros padres llamaron hace diez minutos a mi teléfono corporativo mientras estábamos en el auto —dijo, su tono volviéndose completamente serio—. Hay un comité de bienvenida esperándonos mañana a las ocho de la mañana. Han convocado a una junta extraordinaria unificada en las oficinas centrales de la constructora. Quieren ver el primer informe de la fusión.
Apreté los dientes, sintiendo cómo el estómago se me tensaba de nuevo. Los viejos zorros no nos iban a dar ni un solo día de tregua.
—Estaremos listos —respondí, enderezando los hombros—. Mañana verán que se metieron con las dos personas equivocadas. Que pases buena noche, esposo.
Entré a la habitación de invitados y cerré la puerta con un clic rotundo. Me dejé caer de espaldas sobre la cama de colchón firme, mirando el techo blanco. Estaba en territorio enemigo, legalmente casada con un hombre peligroso para mi cordura, y con una guerra empresarial tocando a mi puerta al amanecer. Pero si mi padre pensaba que me iba a quebrar y a entregarle el control de mi imperio culinario, estaba muy equivocado. Iba a pelear con uñas y dientes.