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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:240
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 6

El archivo que no existe

El despacho de Dante Nocedal olía a madera vieja y café sin azúcar, un aroma denso que se pegaba a las cortinas pesadas y a los estantes llenos de libros que parecían nunca haberse abierto. Me senté al borde de una silla demasiado cómoda para mi incomodidad, las manos apretadas sobre el regazo, mientras él, del otro lado del escritorio, revisaba mi currículum con el ceño fruncido, pasando cada hoja con una lentitud que me puso los nervios de punta.

—Aquí dice que es médica de urgencias.

—Lo era. Hospital San Rafael, antes de un accidente que me tuvo en coma cuatro años y medio. Desperté hace seis meses.

Lo dije sin adornos, sin pedir compasión, con la voz plana de quien ha repetido esa frase demasiadas veces frente a demasiados desconocidos. Él levantó la vista, y por un segundo algo pareció detenerse detrás de sus ojos, como si mi rostro le tocara alguna fibra que no lograba identificar, una nota familiar tocada en un instrumento que no recordaba tener.

—¿Nos conocemos?

—No que yo recuerde. —Me encogí de hombros, con una media sonrisa cansada—. Aunque, para ser justos, no recuerdo casi nada desde los meses anteriores al accidente. Podría haberlo conocido en el súper comprando aguacates y no lo sabría.

Él no sonrió, pero algo en su postura se relajó un grado, los hombros bajando apenas un centímetro.

—El puesto de médica de planta ya no existe. Lo cambié esta mañana, después del desayuno.

—¿Por qué?

—Porque los niños necesitan a alguien que los acompañe, no que les tome la presión cada tercer día. —Cerró la carpeta con un golpe seco—. Una mamá sustituta. Contrato de prueba, tres meses. Vive en la propiedad, se encarga de ellos de lunes a domingo, sueldo el doble de lo que ofrecía el puesto original.

El doble. Con eso podía pagar la renta atrasada, saldar el hospital, empezar a respirar sin sentir el peso de un sobre nuevo cada semana. Apreté las manos sobre mi regazo para que no se me notara la desesperación, para que mi cara no delatara el cálculo urgente que hacía mi cabeza: renta, hospital, préstamo, y todavía algo de sobra para no volver a comer solo arroz tres días seguidos.

—¿Hay algún horario libre, algún día que pueda tomar para mí? —pregunté, tratando de sonar profesional y no desesperada—. Entiendo que "vivir en la propiedad" no significa estar disponible las veinticuatro horas.

—Los domingos por la tarde son suyos, después de que los niños coman con su abuela. —Lo dijo como quien recita una cláusula ya memorizada—. El resto del tiempo, sí, básicamente está disponible. Es un trabajo exigente. No se lo voy a suavizar solo para convencerla.

—No necesito que me lo suavice. Necesito que sea claro, y usted lo está siendo. Se lo agradezco, curiosamente.

—¿Por qué el doble, si es un puesto de niñera?

—Porque necesito que se quede, aunque sea difícil. —Por primera vez pareció incómodo, desviando la vista hacia la ventana—. Los niños han espantado a novecientas noventa y ocho candidatas antes que usted. Novecientas noventa y ocho, contadas.

—¿Y qué le hace pensar que a mí no me van a espantar en un día, o en una hora?

—Nada. —Se encogió de hombros con una honestidad brutal que, curiosamente, me cayó bien, que rompió por un instante la coraza de traje impecable—. Pero ya voltearon a un guardia de seguridad por defenderla, sin conocerla de nada. Prefiero apostar por lo desconocido antes que seguir entrevistando gente que sale corriendo a la primera berrinche o al primer plato de cereal volcado sobre su falda.

La puerta se abrió de golpe antes de que pudiera responder. Leo y Luna entraron en tromba, sin tocar, subiéndose sin permiso a los brazos del sillón donde yo estaba sentada, uno a cada lado, como dos pequeños centinelas.

—¡Di que sí, di que sí! —coreó Leo, saltando en el brazo del sillón.

—Prometemos portarnos bien —añadió Luna, con una carita de inocencia tan exagerada, tan practicada, que resultaba imposible de creer, y aun así, irresistible.

Miré a Dante. Miré a los niños. Pensé en los sobres sobre mi mesa, en el licenciado que llamaba cada semana con esa amabilidad que erizaba la piel, en la renta que llevaba dos meses de atraso.

—Tres días de prueba —dije—. Si en tres días decido que esto no funciona, me voy sin reclamos ni preguntas.

—Tres meses —corrigió Dante, con la voz de quien no está acostumbrado a que le regateen.

—Tres días para empezar. Luego hablamos de meses, si es que llegamos a ellos.

Se quedó mirándome un instante más de lo necesario, como si estuviera memorizando algo, catalogándolo en algún archivo interno. Después asintió, seco, y estiró la mano por encima del escritorio.

—Trato hecho.

Le di la mano. Fue un apretón breve, profesional, y aun así sentí que algo se movía bajo mi piel, un eco de algo que no lograba nombrar, una descarga tan pequeña que podría haberla imaginado.

—Una condición más —agregó él, antes de que yo me levantara de la silla—. Nada de contarle a los niños sobre su vida personal. Sin memoria o con memoria, sigue siendo una desconocida para esta familia. No quiero que se encariñen de más rápido de lo debido.

Demasiado tarde para eso, pensé, recordando los dos pares de manitas que se habían negado a soltar mi falda. Pero asentí, porque discutir con un hombre que acababa de duplicarme el sueldo en la misma frase no me pareció el mejor comienzo.

—¿Algo más, licenciado?

—Sí. —Se puso de pie también, rodeando el escritorio hasta quedar a un metro de mí—. No me llame licenciado. Suena a que me está cobrando una consulta.

—¿Cómo prefiere que lo llame?

—Dante está bien. —Hizo una pausa, igual que si la palabra le costara un poco más de lo esperado—. Al menos mientras esté bajo mi techo.

Salí de ahí con la cabeza dándome vueltas, la carpeta con el contrato firmado apretada contra el pecho, sin saber todavía que ese mismo nombre —Dante— iba a ocupar, en muy poco tiempo, muchísimo más espacio del que yo estaba dispuesta a admitir.

—◆—

Más tarde esa noche, mientras yo acomodaba mis pocas pertenencias en la habitación de huéspedes que me habían asignado —una habitación más grande que todo mi departamento anterior—, Dante llamó a Don Simón a su despacho.

—Investíguela —le dijo, sin levantar la vista de los papeles que fingía leer—. Todo lo que pueda encontrar. Antecedentes, familia, cualquier cosa.

Al día siguiente, Don Simón regresó con una carpeta casi vacía, la frente arrugada de una forma que no era habitual en él.

—Señor, hay algo raro. —El hombre mayor frunció el ceño, hojeando las pocas páginas que había logrado reunir—. Sus registros de los últimos seis años están casi todos ausentes. Historial médico, domicilios, contratos laborales, incluso su expediente universitario… todo lo anterior al accidente parece haber sido borrado, o nunca haber existido siquiera. Como si alguien lo hubiera hecho a propósito, con recursos y con tiempo.

Dante se quedó en silencio, mirando por la ventana hacia el jardín donde, dos pisos más abajo, Leo y Luna me perseguían con una manguera de agua, gritando de risa mientras yo fingía huir despavorida entre los rosales, mi risa mezclándose con la de ellos en el aire de la tarde.

—¿Quién querría borrar a una médica de urgencias sin familia conocida? —murmuró, más para sí mismo que para Simón, con una arruga profunda entre las cejas.

No obtuvo respuesta. Solo el silencio del despacho, el tictac de un reloj de pared que llevaba décadas ahí, y afuera, mi risa mezclándose con la de dos niños que ya habían decidido, sin preguntarme, sin pedir permiso a nadie, que yo era suya.

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