El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 12
El olor a salitre, humedad y metal oxidado llenaba el ambiente del almacén número cuatro, un gigantesco galpón a orillas del puerto de Turín donde la luz del día apenas lograba colarse por las claraboyas sucias.
Dominic permanecía de pie junto a una mesa de trabajo improvisada sobre un contenedor de madera. Vestía una chaqueta táctica oscura y sostenía entre sus dedos una pila de manifiestos de carga con los sellos de las aduanas de Livorno. Sus ojos, siempre fríos y analíticos, repasaban los códigos de la nueva mercancía que llegaría al puerto esa misma noche: un cargamento multimillonario de microchips de guía y piezas de aleación aeronáutica que debía supervisar al milímetro.
Pero esta vez, su mente no estaba en los números.
A pocos metros, un hombre corpulento de mirada esquiva y cicatriz en la sien, conocido en la red clandestina como *Koala*, terminaba de asegurar las trabas de una caja de seguridad. Al notar la rigidez inusual en la espalda de Dominic y el ritmo acelerado con el que pasaba las páginas sin leerlas realmente, se detuvo.
—¿Sucede algo, Dominic? —preguntó Koala, limpiándose las manos manchadas de grasa en un trapo mugriento.
Dominic apretó los manifiestos de carga hasta doblar los bordes del papel. Cerró los ojos un segundo, tragándose la frustración que llevaba días acumulando, y al abrirlos, la frialdad militar de su rostro se quebró para dejar ver una molestia profunda y peligrosa.
—El jefe se está desviando de los verdaderos asuntos, Koala —dijo Dominic, con una voz baja, raspada por la rabia contenida—. Esa mujer ha logrado algo diferente en él... Se le puede notar.
Koala arrugó el entrecejo, sorprendido por la acusación implícita hacia el hombre que dominaba el negocio sin piedad.
—El jefe no se deja engañar tan fácilmente —repuso el hombre, dando dos pasos hacia la mesa y bajando el tono por instinto—. Es Alejandro Santamaría. Es posible que tenga un plan que no nos ha contado.
—No hay ningún plan maestro esta vez —interrumpió Dominic de golpe, clavándole una mirada cargada de amargura y traición—. He estado a su lado en cada ejecución, conozco cómo piensa, conozco sus tiempos. Alejandro está fascinado con Fabiola Galván. Canceló el embargo, frena las órdenes fiscales y pasa las horas encerrado en esa empresa buscando respuestas en los ojos de la hija del hombre que arruinó a su familia. Está ciego.
El silencio en el almacén se volvió denso, interrumpido solo por el crujido del metal de las grúas a lo lejos. Koala midió sus palabras antes de hablar.
—¿Y qué sugieres? Sabes lo que pasa con los que traicionan al jefe.
Dominic se inclinó sobre el contenedor, quedando a escasos centímetros de Koala. En sus ojos ya no estaba el sirviente fiel, sino un hombre ambicioso que olía la debilidad en su líder y estaba dispuesto a dar el zarpazo.
—Necesito que hagamos lo que siempre hemos hecho hasta ahora, Koala —susurró Dominic con una malicia helada—. El jefe está centrado en recuperar lo de su padre y en jugar al gato y al ratón con esa mujer. Podemos aprovechar y separar parte del cargamento de esta noche... Él ni siquiera lo está revisando.
Koala miró los documentos sobre la mesa y luego a Dominic. Una sonrisa torcida y codiciosa se dibujó en su rostro.
—Un desvío limpio en el muelle tres antes de que registren los contenedores —murmuró Koala—. Nadie se dará cuenta.
—Absolutamente nadie —sentenció Dominic, guardando los papeles en su chaqueta—. Si Alejandro Santamaría quiere perder la cabeza por una Galván, que lo haga. Pero nosotros no nos vamos a hundir con él.