En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 18 — Gideon
Mientras una de las doncellas terminaba de peinarme frente al gran espejo de mi tocador, mi mente regresó inevitablemente a los acontecimientos de ayer.
Después de que atendieran mis quemaduras, para mi sorpresa, no había quedado ni una sola marca sobre mi piel. La magia curativa del palacio había sido extraordinaria.
Sin embargo, lo verdaderamente memorable no había sido aquello.
Había sido la reacción de mi tío.
El imponente rey Varkhan Draven, aquel hombre al que todos temían...
Había estado prácticamente suplicándome.
—Isolde... —me había dicho con una expresión inusualmente preocupada—. No le cuentes esto a tu madre.
Yo lo había mirado con curiosidad.
—¿Por qué?
Mi tío había tragado saliva.
—Tu madre se enfadará conmigo.
—¿Y?
—¡Y dejará de hablarme!
Aquello me había dejado completamente desconcertada.
El rey había continuado con una expresión casi desesperada.
—Y tampoco volverá a permitir que vengas al palacio.
Recordarlo hizo que una pequeña sonrisa apareciera en mis labios.
¡El temible rey Varkhan estaba aterrorizado de que mi madre dejara de hablarle!
Y, como si aquello no fuera suficiente, mi tío había comenzado a sobornarme.
Primero fueron unos dulces.
Luego diferentes tipos de joyas.
Y finalmente...
—¿Qué tal si te regalo esto también?
Había empezado a preguntarme si acaso pretendía comprar mi silencio con medio tesoro real.
Al final, me había cruzado de brazos y le había dicho:
—Tío, no quiero regalos.
Varkhan me había mirado desconfiado.
—¿Entonces qué quieres?
—Solo quiero un deseo.
Él había arqueado una ceja.
—¿Un deseo?
—Sí.
—¿Y qué deseas?
Le había sonreído.
—Cuando llegue el momento, te diré cuál será mi deseo.
Mi tío había guardado silencio durante unos segundos.
Finalmente, suspiró.
—Está bien. Te lo concederé.
Y aun después de aceptar...
Me había dado más regalos.
Una pequeña risa escapó de mis labios.
—Je...
La doncella dejó de pasar el peine por mi cabello.
—¿Sucede algo, señorita Isolde?
La miré a través del espejo.
—¿Eh? No.
Sonreí inocentemente.
La doncella pareció confundida, pero continuó peinándome.
......................
Entonces otro recuerdo apareció en mi mente.
Mi maestro.
Aquella misma noche.
Cuando Valtherion había aparecido en mi habitación, había percibido inmediatamente algo extraño.
Su expresión había cambiado en cuanto sintió el rastro de maná ajeno que todavía permanecía en mi cuerpo.
—¿De quién es este maná?
Su voz había sido fría.
Le conté todo.
Desde mi entrenamiento hasta el encuentro con Leorian.
Y cuanto más escuchaba...
Más oscuro se volvía su semblante.
—¿Leorian Draven te lanzó una llama?
—Sí.
Sus ojos se habían entrecerrado.
—¿Y te tocó?
—Me sujetó del brazo.
Una vena había aparecido en la frente de mi maestro.
—Voy a matarlo.
—¡¿Qué?!
Me había lanzado sobre él y lo había abrazado con todas mis fuerzas.
—¡Maestro, no!
Valtherion había quedado completamente inmóvil.
—Suéltame.
—¡No! ¡No puedes ir a matarlo!
—¿Por qué no?
—¡Porque Leorian nadie lo va a tocar más que yo!
Valtherion me había apartado de inmediato.
Su mirada había adquirido una expresión extraña.
—¿Lo estás defendiendo?
—¡No!
Tuve que explicárselo rápidamente.
—¡No es eso! ¡Yo quiero hacerlo pagar con mis propias manos!
Mi maestro había permanecido en silencio.
—Es mi venganza —había añadido—. Y debo cumplirla yo misma.
El recuerdo se desvaneció.
......................
Parpadeé lentamente.
Ahora que lo pienso...
Mi maestro jamás cuestiona mis actitudes.
Ni siquiera cuando hablaba o actuaba de una manera completamente impropia para una niña de diez años.
Nunca me preguntaba por qué tenía pensamientos demasiado maduros.
Nunca parecía sorprenderse cuando hablaba de venganza.
¿Acaso no le parecía extraño?
O quizá...
Simplemente no le importaba.
Una sonrisa pequeña apareció en mi rostro.
Pero mis pensamientos fueron interrumpidos de golpe.
¡BAM!
La puerta se abrió.
La doncella dejó de peinarme inmediatamente.
Miré hacia el espejo.
Y allí estaba él.
Gideon.
Mi medio hermano.
Tenía el rostro contraído por la molestia.
Lo miré unos segundos.
—Puedes retirarte.
La doncella hizo una reverencia.
—Sí, señorita.
Salió rápidamente y cerró la puerta.
Cuando estuvimos solos, giré el asiento para quedar frente a Gideon.
Sonreí.
—¿A qué debo el gusto de tu visita, hermano?
Gideon bajó la cabeza.
Sus pequeños puños comenzaron a temblar.
Por un instante pensé que estaba furioso.
Pero entonces...
Una lágrima cayó al suelo.
—¿Por qué...?
Su voz salió quebrada.
—¿Por qué incluso tú...?
Levantó el rostro.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¡Incluso tú, que eres una mujer, estás recibiendo cariño!
Me quedé inmóvil.
Gideon apretó los dientes.
—¿Por qué a mí nadie me quiere?
Otra lágrima.
—¿Por qué todos me hacen menos por el origen de mi mamá?
Sentí que algo se apretaba dentro de mi pecho.
No sabía qué responder.
Aquel niño...
Había crecido rodeado de resentimiento.
Su propia madre había alimentado aquellas ideas en su corazón.
Mi padre había estado ausente emocionalmente.
Y aunque Darius había sido permisivo con él, aquello no significaba que Gideon hubiese recibido el cariño que realmente necesitaba.
Lo observé.
Once años.
Solo era un niño.
Y, de repente, sentí algo que no esperaba.
Un profundo instinto de protegerlo.
Quizá porque en mi primera vida nunca pude tener a mis hijos.
Quizá porque había aprendido demasiado tarde cuánto dolía crecer sin recibir el cariño que uno necesitaba.
Me levanté.
—Gideon...
—¡No es justo!
Se lanzó contra mí.
Su pequeño puño vino directamente hacia mi rostro.
Mis ojos se abrieron.
¿Eh?
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.
Me hice a un lado.
El puño pasó junto a mi mejilla.
Gideon no tenía talento, fue fácil esquivarlo.
Tomé su brazo.
Giré.
Y en cuestión de segundos Gideon terminó en el suelo.
—¡¿Qué?!
Me acomodé sobre su espalda y llevé su brazo hacia atrás.
—¡Suéltame!
Justo entonces...
Toc, toc.
—Señorita Isolde.
La voz de una doncella se escuchó al otro lado de la puerta.
Era la doncella personal de Gideon.
Mi mirada descendió hacia él.
Gideon me observó aterrado.
Entonces sonreí.
Tomé un mechón de su cabello con mi mano libre y tiré ligeramente.
Me acerqué a su oído.
—Si hablas...
Mi voz se convirtió en un susurro.
—Te dejaré calvo.
Gideon se quedó rígido.
—...
Su rostro palideció.
La doncella volvió a llamar.
—¿Se encuentra ahí el joven maestro Gideon?
Respondí con absoluta naturalidad:
—No.
Hubo silencio.
—Entiendo, señorita.
La doncella se marchó.
Esperé unos segundos.
Después miré a Gideon.
—Si te suelto, ¿te vas a comportar?
Gideon asintió inmediatamente.
—Sí.
Lo solté.
Me bajé de su espalda.
Gideon terminó sentado sobre sus talones.
Parecía desconfiado.
Me acerqué y me puse en cuclillas frente a él.
Por un instante, simplemente lo observé.
Después tomé sus pequeñas manos entre las mías.
Sonreí.
—Isolde quiere llevarse bien con Gideon.
Él abrió ligeramente los ojos.
—¿...?
—Isolde quiere que hermano Gideon la quiera.
Mi sonrisa se hizo más grande y cálida.
—Isolde quiere a Gideon.
Y antes de que él pudiera reaccionar...
Me lancé sobre él y lo abracé.
Gideon se quedó completamente tieso.
Sus brazos permanecieron suspendidos a los lados.
Entonces escuché un pequeño sollozo.
Después otro.
Y finalmente...
Gideon me rodeó con sus brazos.
Me abrazó.
Con fuerza.
Como si tuviera miedo de que desapareciera.
—¡Uwaaa...!
Comenzó a llorar.
Y yo tampoco pude contener las lágrimas.
Lo abracé mientras él lloraba contra mi hombro.
......................
Después de un largo rato, finalmente nos separamos.
Ambos teníamos los ojos hinchados.
Gideon se limpió las lágrimas rápidamente.
Entonces cruzó los brazos.
Giró el rostro hacia un lado.
Su expresión volvió a adoptar aquella pequeña fachada de niño orgulloso.
—No te equivoques, Isolde.
Su voz sonaba ligeramente áspera.
—Solo te abracé porque me diste lástima.
—¿Eh?
—Eso es todo.
Sus mejillas estaban completamente rojas.
—No significa que me agrades ni nada parecido.
Evité reír.
Gideon desvió todavía más la mirada.
—Y deja de mirarme.
—Pero...
Antes de que pudiera terminar...
¡Fiuuu!
Gideon salió corriendo de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Me quedé mirándola.
Silencio.
Y entonces...
—Jejeje...
Una risa escapó de mis labios.
Me llevé una mano a la boca.
—Gideon...
Sonreí.
—Solo se hace el duro.
Me levanté lentamente.
—Por dentro es un buen niño.
gracias 😍😍❤️❤️❤️