Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPIRULO 23. LA NOCHE DEL MET
El museo Metropolitano de Arte de Nueva York se vestía con sus mejores galas para albergar la noche más importante, glamurosa y despiadada de la alta sociedad de Manhattan: la gala benéfica anual del MET. Las escalinatas imperiales de la entrada principal estaban cubiertas por una inmensa alfombra roja, flanqueada por miles de flashes de los paparazcis de moda y los reporteros de las revistas de sociedad más cotizadas del mundo. El ambiente vibraba con una electricidad superficial donde el estatus, los diamantes y los vestidos de diseñador medían el valor de cada invitado en la Quinta Avenida.
La berlina negra de Vanguard Textiles se detuvo frente a la alfombra. Jacob bajó primero, abrochándose el botón de su esmoquin de sastre negro que realzaba su imponente y recuperado porte de CEO. Se giró con una caballerosidad impecable para ofrecerle la mano a Cristine, y el murmullo de la prensa de moda cesó por un microsegundo, maravillados por la estampa.
Cristine bajó del coche oficial luciendo un espectacular vestido de gasa de seda en color azul medianoche, una obra de arte de alta costura que ella misma y Melodi habían terminado de patronar esa misma tarde en el taller biométrico. El diseño, de falda fluida con una apertura sutil en la pierna y un escote halter elegante, realzaba sus curvas de forma majestuosa. A su lado, Melodi, lucía un atrevido vestido corto en tonos plata que desbordaba su habitual entusiasmo y alegría. Las tres alianzas de plata y el oro de la alta sociedad brillaban bajo los focos de Nueva York.
—Estás bellísima, Cristine —le susurró Jacob al oído con una voz profunda, inusualmente ronca por la emoción contenida, mientras entrelazaba sus dedos firmes con los de ella sobre la alfombra roja.
—Gracias, Jacob —respondió Cristine con una sonrisa serena, manteniendo la espalda recta y la dignidad inquebrantable que su madre Melani le había inculcado.
Caminaron con paso majestuoso ante los destellos intermitentes de las cámaras, logrando una entrada triunfal que consagró a la joven de Queens como la nueva reina de las noticias de negocios y moda. Sin embargo, en mitad del gran salón de esculturas egipcias del museo, donde los invitados disfrutaban del champán premium, el peligro se movía de forma sibilina.
Sara de la Vega observaba la escena desde uno de los balcones superiores, destilando un odio puro que afeaba sus facciones perfectas. Estaba furiosa. Su padre David le había comunicado que Mikel de la Vega había sido desheredado por completo por el viejo Robert Styles tras el asalto de Jacob al Soho, dejando su alianza corporativa gravemente herida. Al ver que Cristine no solo había blindado su despacho con la huella dactilar junto a la entusiasta Melodi, sino que ahora acaparaba todas las portadas de la prensa de sociedad, Sara decidió activar una treta física, perversa y destructiva.
Hizo una señal imperceptible a una actriz clandestina que había contratado para la velada. La mujer, vestida con ropas de gala y sosteniendo una inmensa copa de vino tinto químico con alto poder de tinte permanente, se acercó a paso rápido hacia la zona donde Jacob se había alejado un segundo para saludar a unos inversores del consejo de administración.
Cristine y Melodi conversaban cerca de una de las grandes estatuas de mármol cuando la actriz ejecutó la trampa. Simuló un tropezón violento, soltando un grito falso de sorpresa, y arrojó la copa entera de vino tinto directamente sobre la falda del vestido azul medianoche de Cristine, antes de disculparse a toda prisa y perderse entre la multitud del gran salón.
El líquido oscuro empapó la seda fina de inmediato, tiñendo el tejido con una mancha imborrable y destructiva que arruinó la pieza por completo ante la mirada atónita de los invitados adinerados del sector de la costura.
—¡Oh, Dios mío! ¡Qué horror! —exclamó Sara, apareciendo de la nada con una sonrisa de victoria mal disimulada—. Qué lástima, Cristine, querida… Tu primera gran gala y tu precioso trajecito de junior de Queens ha quedado completamente destrozado. Sugiero que te retires de la fiesta de inmediato, la prensa de moda no perdona una mancha semejante en la alfombra.
Cristine miró la seda arruinada, sintiendo un escalofrío de rabia líquida, pero no parpadeó ni dio muestras de pánico. El entrenamiento de vivir con su hermano informático Richard y los consejos previsores de Melodi se activaron de inmediato. Se giró hacia su prima política con una complicidad gélida que descolocó por completo a la exnovia tóxica.
—El mercado de Nueva York no perdona los errores, Sara, pero un verdadero diseñador de Vanguard Textiles nunca va a una batalla con una sola línea de patronaje —replicó Cristine con una seguridad de acero que heló el ambiente—. Melodi, es hora de activar el plan B.
—¡Al instante, jefa! —rio Melodi con un entusiasmo desbordante, guiñándole un ojo con pura malicia—. El búnker del taller de la Quinta Avenida se desplaza a los reservados VIP del museo. ¡Vamos allá!
Las dos jóvenes caminaron con paso firme hacia los exclusivos tocadores privados de la zona VIP, dejando a Sara con la palabra en la boca y la mandíbula tensa por la confusión. Al entrar al reservado, Melodi sacó de su inmensa funda de transporte un diseño extra que ambas habían guardado bajo llave digital en los servidores espejo de Richard de madrugada: un espectacular y vanguardista vestido de cóctel de seda en color blanco inmaculado, con un broche geométrico de plata en el hombro que era una auténtica obra de arte de la innovación textil.
En menos de diez minutos, Cristine se cambió de ropa, y la transformación fue tan brutal que la propia Melodi soltó un silbido de admiración pura. El vestido blanco desprendía una pureza, una sofisticación y una fuerza que dejaban en ridículo al anterior diseño azul arruinado por el vino.
Cuando las puertas del reservado se abrieron para regresar al gran salón del museo, Jacob ya la esperaba en el pasillo exterior de mármol, habiendo sido alertado por Marcos del altercado del vino. Al clavar sus ojos claros en la figura inmaculada de Cristine vestida de blanco, el joven CEO sintió que el aire desaparecía de sus pulmones por completo. Las facciones esculpidas de Jacob se llenaron de una intensidad ardiente, posesiva y cargada de una devoción salvaje que hizo que a Cristine se le cortara la respiración por completo en mitad del pasillo semivacío.
Jacob avanzó con pasos lentos y felinos, reduciendo la distancia que los separaba a milímetros. Su fragancia cara envolvió a la joven de Queens de una forma embriagadora. Extendió sus manos grandes y cálidas, rodeándole la cintura con una fuerza imponente que la pegó contra su pecho, mientras sus ojos claros bajaban a sus labios antes de subir a su mirada de guerrera indomable.
—Estás… sencillamente perfecta, Cristine —susurró Jacob con una voz baja, letalmente profunda y ronca por una pasión secreta e intensa que ya era imposible de frenar bajo el techo de Nueva York—. Sara creía que una copa de vino podía tumbar a mi esposa, pero no sabe que el orgullo y el talento de tu sangre son indestructibles. Llevo toda la noche queriendo hacer esto.
Jacob no esperó un segundo más. Se inclinó por completo y unió sus labios con los de ella en un beso profundo, pausado y ardiente que encendió una chispa incontrolable en la penumbra del pasillo del MET. Fue un beso cargado de una posesividad y una entrega absolutas que borró temporalmente la amnesia de Las Vegas, demostrando que la farsa obligatoria del contrato se estaba transformando en la verdad más hermosa y destructiva de sus vidas.
Cuando se separaron lentamente, con las respiraciones entrecortadas, Cristine apoyó la frente en su pecho, sonriendo entre lágrimas de pura adrenalina, mientras Melodi vigilaba el pasillo con una sonrisa inmensa en las facciones. El contraataque de los diseños extras había destruido la treta física de los villanos desde la raíz, obligando a una humillada Sara a presenciar desde el salón cómo la prensa de sociedad de Nueva York aclamaba el cambio de vestuario de Cristine como el hito de moda más brillante de la temporada de Vanguard Textiles, empujando a los enemigos a replegarse en el fango para urdir tretas mucho más perversas, perturbadores y oscuras para intentar quebrar el búnker inexpugnable en el que se estaba convirtiendo su amor.