Ella es la guardaespaldas asignada para proteger al hombre que más desprecia: un magnate arrogante que compró la empresa de su padre. Él la provoca y la pone a prueba cada día, sin saber que ella guarda un arma bajo la chaqueta... y un deseo prohibido bajo la piel.
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Capítulo 22: El archivo oculto
Los archivos de Fernando Delgado eran un laberinto de documentos financieros, cartas cifradas y registros que databan de más de veinte años atrás. Valentina y Mateo pasaron noches enteras revisando cada página, cada recibo, cada nota manuscrita que pudiera arrojar luz sobre la red de crímenes que Delgado había ayudado a ocultar.
Marina Delgado les había proporcionado todo lo que tenía, incluyendo una vieja caja de seguridad que su padre había mantenido oculta en el sótano de su casa. Dentro, encontraron un sobre de papel amarillento que contenía una serie de fotografías y una carta sin firmar.
Valentina abrió el sobre con manos temblorosas. Las fotografías mostraban a varios hombres en diferentes situaciones: algunos en reuniones de negocios, otros en lugares que parecían almacenes abandonados. Pero lo que más llamó su atención fue una imagen en particular: un hombre de unos cincuenta años, con el cabello canoso y una cicatriz en la mejilla derecha, estrechando la mano de Fernando Delgado.
"¿Quién es este?", preguntó Valentina, mostrando la foto a Mateo.
Mateo la examinó con atención, y su rostro palideció. "Ese es Héctor Salazar. Era un socio de Álvarez, pero desapareció hace años. Se rumoreaba que había muerto, pero nunca se encontró su cuerpo."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba. "¿Y qué relación tenía con Delgado?"
"Eran socios", dijo Mateo, con voz tensa. "Salazar era el hombre que manejaba las conexiones con el crimen organizado. Delgado, Álvarez y los otros se encargaban de la parte legal y financiera. Salazar era el que se aseguraba de que nadie hablara."
Valentina tomó la carta y comenzó a leerla. La letra era temblorosa, la de un hombre que sabía que su vida estaba en peligro.
"Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy. He cometido muchos errores en mi vida, pero el peor fue confiar en Salazar. Él no es solo un socio. Es un asesino. Y si alguien descubre lo que sé, me matarán. He guardado estas pruebas para que, si algo me pasa, la verdad salga a la luz. Salazar sigue vivo. Sigue moviendo los hilos. Y sigue matando para protegerse."
Valentina dejó la carta sobre la mesa y miró a Mateo. "Salazar sigue vivo", dijo, con la voz fría. "Y probablemente fue él quien ordenó la muerte de mi madre."
Mateo asintió lentamente. "Es la única explicación que tiene sentido. Delgado, Álvarez y los otros eran peones. Salazar era el que daba las órdenes."
Valentina sintió que la ira hervía en su sangre, pero esta vez no era una ira ciega. Era una determinación fría, como la de un cazador que ha encontrado el rastro de su presa.
"Entonces vamos a encontrarlo", dijo. "Y vamos a asegurarnos de que pague por todo."
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La búsqueda de Salazar no fue fácil. El hombre había desaparecido hacía años, y todos los rastros de su existencia parecían haber sido borrados cuidadosamente. Pero Valentina no se rindió. Usó sus contactos en el ejército, contrató a investigadores privados y revisó cada archivo que pudo encontrar.
Fue Daniel Salazar, el investigador que la había ayudado antes, quien dio con una pista. Llamó a Valentina una noche, con la voz tensa.
"Encontré algo", dijo. "Salazar está vivo. Vive en una finca en las montañas, bajo un nombre falso. Pero está muy protegido. Tiene un ejército privado de hombres armados."
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba. "¿Dónde está la finca?"
Daniel le dio las coordenadas y Valentina las anotó con mano firme. "Gracias, Daniel. No sabes cuánto te agradezco."
"Ten cuidado, Valentina", dijo Daniel. "Salazar es peligroso. No es como Álvarez. Este hombre no dudará en matarte."
Valentina colgó y se quedó mirando las coordenadas anotadas en el papel. Sabía que Daniel tenía razón. Salazar era peligroso. Pero no podía dejar que el miedo la detuviera. No después de todo lo que había descubierto.
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Mateo la encontró en la terraza, mirando el horizonte con una expresión de determinación. Caminó hacia ella y puso una mano en su hombro.
"Daniel me llamó", dijo. "Me contó lo que encontró. ¿Vas a ir a la finca?"
"Tengo que hacerlo", dijo Valentina. "Es la única forma de cerrar este capítulo."
Mateo la miró durante un largo momento, y luego asintió. "Entonces voy contigo."
"No", dijo Valentina, negando con la cabeza. "Esto es peligroso. No quiero que te arriesgues."
Mateo la tomó por los hombros y la miró fijamente. "Valentina, si crees que voy a dejarte ir sola, estás loca. Vamos juntos. Como siempre."
Valentina sintió que una oleada de gratitud la envolvía. No podía negar que tenerlo a su lado la hacía sentir más fuerte. "Está bien", dijo finalmente. "Pero prométeme que si las cosas se ponen feas, harás lo que yo diga."
Mateo sonrió y la besó en la frente. "Te lo prometo."
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La noche antes de partir, Valentina no pudo dormir. Se levantó de la cama y fue a la oficina del penthouse, donde abrió un cajón que guardaba recuerdos de su madre. Tomó una vieja fotografía en la que su madre sonreía, con el cabello al viento y los ojos brillantes.
"Te voy a hacer justicia", susurró. "Te lo prometo."
Guardó la foto en el bolsillo de su chaqueta y volvió a la cama, donde Mateo la esperaba con los ojos abiertos.
"¿Todo bien?", preguntó él.
"Todo bien", dijo ella, acurrucándose a su lado. "Solo necesitaba recordar por qué estoy haciendo esto."
Mateo la abrazó con fuerza. "Lo sé. Y estoy orgulloso de ti."
Valentina cerró los ojos y se dejó llevar por el calor de su abrazo. Sabía que el día siguiente sería peligroso. Pero también sabía que, pase lo que pase, no estaba sola.
Y eso hacía toda la diferencia.