Cristine Gómez es una talentosa diseñadora de Queens que acaba de conseguir el trabajo de sus sueños. Para celebrarlo, viaja a Las Vegas con su novio, sin imaginar que él planea emborracharla para casarse por interés. En el mismo registro civil se encuentra Jacob Fernández, el frío y arrogante heredero del imperio textil Vanguard, quien asiste bajo el chantaje de su ambiciosa prometida.
Un error administrativo de la capilla, sumado a una severa resaca etílica, hace que Jacob y Cristine firmen el acta equivocada. Al despertar, están legalmente casados.
Cuando la foto del escándalo llega a la prensa de Nueva York, las acciones de la multinacional se desploman. Para salvar el imperio, Jacob obliga a Cristine a firmar un contrato de convivencia forzada y fingir que se aman ante la alta sociedad. En un ático lleno de lujo, desprecio e hilos de una pasión secreta e intensa, descubrirán que el peor error de sus vidas fue el diseño perfecto del destino.
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CAPITULO 17. EL ESCUDO DE UNA MADRE
El Mercedes negro de Vanguard Textiles redujo la marcha al franquear las imponentes puertas de hierro forjado de la mansión de Charles en Long Island. A través de los cristales tintados, el panorama resultaba abrumador. Un desfile de limusinas y deportivos de alta gama se alineaba frente a la escalinata de mármol, mientras los destellos intermitentes de los flashes de los paparazcis que Sara había contratado por adelantado iluminaban la penumbra de la tarde.
Cristine Gómez clavó la mirada en los fotógrafos y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus manos, enfundadas en la seda verde esmeralda del vestido de alta costura, comenzaron a temblar de forma descontrolada sobre su regazo. El corazón le latía con una fuerza ensordecedora en la garganta. Estaba a punto de bajarse de un coche oficial del brazo del soltero de oro de Manhattan para enfrentarse al nido de víboras más despiadado de la alta sociedad de Nueva York.
—Jacob… dame un minuto, por favor. Necesito un minuto antes de que abran la puerta —pidió Cristine en un susurro desesperado, con la voz rota por el pánico.
Jacob Fernández, que ya se disponía a abrocharse el botón de su esmoquin negro, se detuvo en seco. Al girarse hacia ella y notar la palidez de su rostro lavado y el temblor de sus dedos, sus ojos claros se suavizaron por un microsegundo. Hizo una leve señal con la mano hacia el asiento delantero.
—Marcos, diles a los hombres de la entrada que esperen. No abráis las puertas del vehículo todavía.
—Sí, señor —respondió el jefe de seguridad, deteniendo al chófer en seco.
Cristine, ignorando por completo la imponente presencia de su nuevo "esposo", sacó con torpeza su teléfono móvil del pequeño bolso de mano. Su pulso acelerado apenas le permitió marcar el número de marcado rápido de la persona que, durante veintidós años, siempre había sabido rescatarla de sus peores tormentas.
Al segundo tono, la voz suave, cansada pero infinitamente cálida de su madre, Melani, resonó a través del altavoz interno del terminal.
—¿Cristine? ¿Hija mía, estás bien? —preguntó Melani con urgencia maternal, intuyendo los nervios de su hija al otro lado del puente de Queensboro.
—Mamá… estoy en Long Island, dentro del coche —confesó Cristine, y una lágrima solitaria de puro miedo amenazó con arruinar su maquillaje minimalista—. Estoy a punto de entrar a esa cena. Hay fotógrafos por todas partes, coches de lujo… Siento que no pinto nada aquí, mamá. Siento que este vestido verde es un disfraz y que se van a dar cuenta de que soy una intrusa de Queens en cuanto abra la boca frente a Sara y su padre. No tengo las joyas de estas mujeres, ni su apellido, ni su dinero. Tengo miedo de defraudaros y de no ser lo suficientemente fuerte.
Jacob se mantuvo inmóvil a su lado, en absoluto silencio. Sus ojos claros se clavaron en el perfil de Cristine, escuchando la conversación sin pretenderlo. Acostumbrado a las mujeres de la Quinta Avenida que solo medían su valor por los diamantes de Tiffany o los fondos de inversión de sus padres, la vulnerabilidad de la joven diseñadora junior lo dejó descolocado.
Al otro lado de la línea, en la pequeña y humilde cocina de la cafetería de Queens, Melani Gómez dejó el trapo sobre el mostrador y respiró hondo, transmitiéndole a su hija una calma que pareció atravesar la distancia del teléfono.
—Escúchame muy bien, Cristine Gómez —habló Melani con una voz profunda, cargada de una sabiduría y un orgullo inquebrantables que hicieron que el propio Jacob prestara atención—. Mírate a través de ese espejo. Ese vestido verde que llevas no es un disfraz; es el reflejo de tu talento, el mismo talento que te llevó a graduarte con honores en la mejor escuela de diseño de Nueva York. El dinero de esa gente puede comprar mansiones en Long Island y silenciar a la prensa, pero jamás podrá comprar la dignidad, la limpieza de alma ni la valía que tu padre Austin y yo te hemos dado en esta casa.
Melani hizo una pausa corta, y su tono se volvió una caricia de acero.
—Tú no eres ninguna intrusa, hija mía. Eres una mujer de gran valía, trabajadora y honesta. No agaches la cabeza ante ninguna joya de la Quinta Avenida. Esos ricos visten de seda, pero muchos tienen el corazón podrido por la ambición. Camina con la espalda recta, mírale a los ojos a esa Sara y recuerda que el apellido Gómez no se vende ni se humilla ante nadie. Eres mi orgullo, Cristine. Sé fuerte. Tu padre y yo estamos rezando por ti desde aquí.
—Gracias, mamá… te quiero —alcanzó a susurrar Cristine, sintiendo cómo una oleada de calor y de valentía pura comenzaba a sustituir el frío del pánico en su pecho.
Cuando colgó la llamada, Cristine exhaló el aire que había retenido, se secó la lágrima con delicadeza y se colocó el teléfono en el bolso. Su postura cambió por completo: enderezó la espalda, levantó la barbilla y sus ojos marrones recuperaron ese brillo de guerrera indomable que tanto caracterizaba a su familia en Queens.
Jacob la contemplaba de reojo, con una sombra de profunda admiración cruzando sus facciones esculpidas. El consejo de aquella madre humilde de la cafetería había calado hondo en su propio pecho. Se ajustó los puños de la camisa y se inclinó sutilmente hacia ella, extendiendo de nuevo su mano grande y cálida.
—Tu madre es una gran mujer, Cristine —admitió Jacob con una voz baja, ronca por una emoción contenida que no solía mostrar ante nadie—. Y tiene toda la razón. No necesitas sus joyas para brillar. Sostén mi mano. Vamos a entrar ahí arriba y vamos a triturar el orgullo de Sara juntos. Como el equipo que somos.
Cristine clavó sus ojos marrones en la intensidad de la mirada clara de Jacob, encontrando en su firmeza el escudo definitivo para la farsa. Entrelazó sus dedos con los de él, sintiendo el calor de su palma protectora.
—Marcos, abre la puerta —ordenó Jacob con tono autoritario.
El jefe de seguridad abrió la puerta trasera del vehículo. Los destellos cegadores de los flashes de los periodistas estallaron de golpe en la noche de Long Island, captando la salida de la pareja. Jacob bajó primero y ayudó a Cristine a descender del coche con una caballerosidad impecable. Cogidos de la mano, con la espalda recta y las alianzas de plata brillando bajo las luces de los focos, caminaron con paso majestuoso hacia la escalinata de la mansión. La farsa social de las acciones acababa de encender sus motores, pero armada con el escudo de las palabras de su madre, la humilde diseñadora junior estaba lista para cruzar el nido de víboras de la alta sociedad y defender su dignidad ante cualquiera que intentara interponerse en su camino.