Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
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La abuela Green
La casa de la abuela Green olía a perfume caro y a rencor antiguo.
Era una de esas cenas familiares que Diño —y ahora Mozart, atrapado en su piel— temía más que a un entrenamiento bajo la lluvia. La tía de Ronaldhino estaba en el sofá, mostrando en su teléfono los zapatos de marca que quería comprar, mientras los primos reían en la esquina. La abuela, sentada en la cabecera de la mesa de caoba, bebía vino y esperaba el momento exacto para atacar.
Siempre era el mismo patrón. Primero, las quejas. Segundo, las indirectas sobre lo caro que estaba todo. Tercero, la petición de dinero para un bolso o unas vacaciones. Y cuarto, el veneno.
—Es que no entiendo cómo hay mujeres por el mundo —dijo la abuela, mirando a Emmet de reojo— que son tan ligeras de cascos. Dejan a sus hijos con el padre y se van a vivir la vida. ¿Qué clase de madre es esa? Gracias a Dios que tú, Emmet, tuviste la cabeza fría para criar a mi nieto.
Mozart apretó los cubiertos.
Llevaba semanas mordiéndose la lengua. Había soportado que la llamaran "la griega", "la loca del violín" y "la abandonadora". Pero esta noche, después de escuchar cómo la tía y los primos se reían de una mujer que no conocían, algo dentro de él se rompió. El guion de Diño se hizo pedazos.
—Disculpe —dijo Mozart. Su voz sonó más grave de lo que pretendía, pero firme—. ¿Usted conoció a mi madre?
La mesa se quedó en silencio. La tía bajó el teléfono. La abuela parpadeó, sorprendida por la interrupción, y soltó una risita seca.
—No necesito conocerla, Ronaldhino. Una mujer que abandona a sus hijos no merece ser llamada madre.
Mozart dejó el tenedor sobre el plato. El sonido del metal contra la porcelana fue un chasquido seco en el silencio del comedor.
—Ah, ya veo —dijo Mozart, mirándola a los ojos—. ¿Y una mujer que se droga delante de sus hijos, y a la que la policía le ha quitado la custodia en dos oportunidades, merece ser llamada madre?
El aire en la habitación se congeló.
La tía abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Emmet, que estaba bebiendo agua, detuvo el vaso a medio camino de sus labios y miró a su hijo con los ojos muy abiertos.
Había tocado la fibra más oscura de la familia Green. La abuela había sido una adicta. Su adicción había convertido la infancia de Emmet y su hermana en una pesadilla de hambre, miedo y sirenas de policía. El abuelo había muerto joven, dejándolos a merced de una mujer que elegía el polvo blanco antes que la cena de sus hijos. Emmet había jurado, desde que tuvo uso de razón, que su propio hijo nunca pasaría por eso.
La abuela se puso roja. El rostro se le deformó en una máscara de furia. Agarró el tenedor de plata que tenía al lado del plato y lo lanzó con todas sus fuerzas hacia la cara de Mozart.
—¡¿Qué estás hablando, bastardo?!
El tenedor giró en el aire, un destello metálico dirigido a su ojo.
Mozart no pensó. Su mano se movió con la velocidad de un portero desviando un balón, o con la precisión de un director de orquesta atrapando el compás exacto. Sus dedos se cerraron alrededor del mango del tenedor en el aire, a dos centímetros de su rostro.
Bajó la mano despacio. Colocó el tenedor sobre la mesa, alineándolo perfectamente con el cuchillo.
—Lo que usted escuchó, abuela —dijo Mozart, con una calma que helaba la sangre—. Entonces, ¿me está diciendo que una mujer que hace eso sí merece ser llamada madre?
Nadie respiraba. Incluso Emmet lo miraba con una mezcla de asombro y un orgullo feroz que le brillaba en los ojos.
—Mi madre no era una mujer ligera ni de cascos sueltos —continuó Mozart, sin levantar la voz—. Me dejó con mi padre porque sabía que era la mejor decisión para mí. No como otros. Si mi abuelo hubiera sabido lo que usted iba a hacer con sus hijos, de seguro que ni siquiera se moría. Habría resistido para detener todas las barbaridades que hizo. ¿Cree que no lo sé? ¿Cree que la gente del barrio no lo sabe?
La abuela balbuceaba, aferrándose a los bordes de la mesa.
—Cállate... cállense...
—Usted ni siquiera merece ser mi abuela —sentenció Mozart—. Y no sé con qué arrogancia mira a mi padre y me mira a mí por encima del hombro. Esta casa, todo lo que ve, es con el esfuerzo de mi padre. ¿Y usted qué hizo? ¿Llevarlo nueve meses en su vientre? Bueno, siete. Porque se drogó tanto que mi padre tuvo que nacer antes de tiempo y de milagro no murió. Y a eso usted le llama ser una gran madre. Al menos a mí, mi madre me cuidó los nueve meses y me entregó saludable en los brazos de mi padre. Así que, por favor, no se compare con ella.
La mujer abrió la boca para gritar, para maldecirlo, para pedirle a su hija que interviniera.
Pero Emmet se levantó.
La silla chirrió contra el suelo. Se abotonó la chaqueta con movimientos lentos y precisos.
—Nos retiramos —dijo. Su voz no tenía rabia. Tenía la frialdad de una sentencia judicial—. Ya que veo que no soy bienvenido en tu casa, no insistiré en unos lazos que no existen. Vámonos, Ronaldhino.
Los dos se dirigieron a la puerta. La abuela, al ver que se iban, al ver que la subvención mensual y los caprichos se esfumaban, entró en pánico.
—¡Emmet! ¡No puedes hacerme esto! ¡Le diré a la prensa que me abandonas!
Emmet se detuvo. Volteó la cabeza lentamente.
—Te he pasado la pensión que la ley exige, y hasta más de eso. No puedes solicitarme más dinero. —Levantó una mano, deteniendo cualquier protesta—. Y si vuelves a salir con el chantaje de que te irás a quejar con los medios, yo tampoco tengo ningún problema en mostrar los papeles de las siete veces que la policía, la fiscalía y la defensoría del niño se nos llevaron a mi hermana y a mí lejos de ti. El juez sabrá que no tienes derecho a que te pase un solo centavo más. Madre.
La palabra madre sonó como un insulto.
Emmet abrió la puerta y salieron a la noche. Caminaron en silencio hasta el coche. El aire frío de Manchester les golpeó la cara. Emmet abrió la puerta del conductor, se sentó y agarró el volante con ambas manos. No arrancó el motor. Se quedó mirando al frente, con la mandíbula apretada y el pecho subiéndole y bajándole rápido.
Mozart se sentó en el copiloto. Cerró la puerta. El silencio dentro del coche era tan pesado que costaba respirar.
Entonces Emmet giró la cabeza. Lo miró fijamente a los ojos, bajo la luz ámbar de las farolas de la calle.
—Lo que dijiste ahí dentro —murmuró Emmet, con la voz ronca—. Sobre los siete meses de gestación. Sobre mi problema de corazón.
Mozart sintió que el estómago le daba un vuelco.
—Yo nunca te conté esos detalles, Ronaldhino. Nunca. —Emmet entrecerró los ojos, escudriñando su rostro—. ¿Cómo diablos sabes tú eso?