Dos familias unidas por años de amistad se ven divididas por mentiras, celos y amores prohibidos. En el corazón de la tormenta: dos gemelos que deberían ser inseparables, pero que se convierten en enemigos por el cariño de todos y el amor del mismo chico; dos hermanos que ocultan sus sentimientos tras máscaras de dureza y crueldad; y un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el amor se castiga con silencio. Un final que romperá todas las cadenas.
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— El veneno a la luz
Martina no tardó en notar el cambio. Nicolás pasaba menos tiempo abrazándola, sus besos eran fríos, y sus ojos siempre buscaban a Luca aunque intentara disimular. Una noche, al volver temprano de una cena con amigas, escuchó ruidos en la vieja bodega que los chicos usaban como refugio. Se acercó sigilosamente y miró por la rendija de la puerta: vio a Nicolás empujando a Luca contra la pared, no con odio, sino con una desesperación que le heló la sangre. Lo vio besarlo, morderle los labios hasta hacerlos sangrar, y escuchó a Nicolás susurrar entre sollozos: «Te odio por hacerme sentir esto… pero te quiero con toda mi alma».
El corazón de Martina se llenó de un odio tan grande que casi le dolió el pecho, como si algo se retorciera por dentro con fuerza brutal. Se quedó un instante clavada en el umbral, observando la escena que nunca quiso ver: su hermano tonto, su propio gemelo, junto al chico que ella amaba, en una cercanía que le helaba la sangre. Abrió la puerta de golpe, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una sonrisa tensa y afilada como una navaja.
—¡Así que era verdad! —gritó, con la voz temblando de furia fingida—. ¡Ustedes dos son unos asquerosos! ¡Mi propio hermano y el chico que yo amo! ¡Detrás de mi espalda!
Nicolás se separó de Luca de un salto, pálido como la pared, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Luca se cubrió la boca con las manos, temblando de pies a cabeza.
—No es lo que piensas… —empezó Nicolás, dando un paso hacia ella con voz desesperada, pero Martina ya había empezado a llorar, con esos sollozos ruidosos y exagerados que todos conocían tan bien, los que siempre la hacían ver como la víctima inocente.
—¡Me traicionaron, malditos! —gritó, llevándose las manos a la cara y saliendo corriendo hacia la casa grande—. ¡Me engañaron los dos! ¡Mi hermano y mi novio! ¡Qué asco me dan!
Luca quiso correr tras ella, pero se detuvo en seco, sin saber qué decir, sin saber cómo arreglar algo que ya estaba roto antes de empezar.
En su habitación, cerró la puerta con llave y se dejó caer contra ella, dejando de llorar en cuanto estuvo sola. Su rostro se endureció por completo. Enojada, con las manos temblando de rabia, empezó a planear un plan frío y calculado para destruir a Luca y no perder a su novio. Revisó cada detalle, cada mentira, cada palabra que haría que todos estuvieran de su lado.
Al día siguiente, contó su versión a todos: que Luca había obligado a Nicolás, que lo había amenazado con manchar el prestigio de la familia Moretti si no le hacía caso, que Nicolás no había tenido ninguna culpa, que había sido manipulado y presionado. Que Luca le tenía mucho celo, que la envidiaba profundamente, que quería destruirla y quitarle todo lo que ella tenía, incluido Nicolás. Y como siempre, todos le creyeron sin dudar ni un instante. Nadie le pidió la otra versión a Luca. Nadie le preguntó.
Los hermanos mayores de Luca lo empujaron contra la pared del pasillo con fuerza brusca, haciéndole dar un golpe seco con el hombro.
—¿Cómo pudiste? —le gritó Bruno, con los ojos llenos de rabia y decepción—. ¡Eres un monstruo! ¡Ella es tu hermana! ¡Tu propia sangre! ¿Cómo pudiste hacerle algo así?
—No es verdad —suplicó Luca, con la voz rota y las lágrimas corriendo por sus mejillas—. Ella lo planeó todo… ¡Nicolás sí me ama! No lo oblige a nada…
—¡Cállate! —lo cortó Damián, dándole un empujón fuerte que lo hizo tropezar—. ¡Cierra la boca, mentiroso! ¡Nicolás es un chico decente! ¡No se fijaría en alguien como tú! ¡Eres asqueroso!
Nicolás estaba ahí, de pie entre todos, mirando al suelo con las manos apretadas en puños, muriéndose por defenderlo, por decir la verdad, por gritar que no era culpa de Luca , sólo de él… pero estaba atado por el miedo. Miedo a la reacción de su familia, miedo a todo lo que se vendría encima si admitía lo que sentía. Se quedó callado, y ese silencio fue como un golpe más para Luca.
Y Martina, desde el sofá de la sala, lo miraba triunfante, con una media sonrisa satisfecha que ocultaba tras una mano. Se acariciaba el pecho como si le doliera, como si estuviera sufriendo mucho, mientras en realidad sentía que por fin todo estaba saliendo tal como ella quería.