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Querida Prima Y Estúpido Heredero... Está Señorita Se Vengara

Querida Prima Y Estúpido Heredero... Está Señorita Se Vengara

Status: Terminada
Genre:Venganza / Reencarnación / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Tras ser masacrada junto a su familia por orden de su ambiciosa prima Silvia y el frío magnate Patrick, Elena muere en la ruina. Habían arriesgado todo para rescatar a Silvia de la mafia, pero ella borró todo rastro de su deshonra asesinando a sus salvadores.
Milagrosamente, Elena despierta en el pasado, justo la noche del ataque. Con el odio ardiendo en sus venas y dispuesta a todo, simula un colapso para evitar que su hermano intervenga, dejando que Silvia sufra las desgarradoras consecuencias de su propia trampa.
Determinada a no repetir su trágico destino, Elena orquesta una fría y metódica venganza corporativa. Entre alianzas estratégicas, secretos oscuros y manipulación, destruirá paso a paso a Silvia y a Patrick, arrastrándolos al mismo infierno al que la condenaron. En esta vida, las lágrimas de Elena serán el veneno de sus enemigos.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LO QUE LAS PAREDES OYEN

Mi nuevo apartamento en Tribeca olía a pintura fresca y a decisiones irreversibles.

Lucas había insistido en que nos mudáramos después de la reestructuración. *"No podemos seguir viviendo en el piso de mamá"*, me había dicho una mañana, con esa franqueza suya que a veces dolía más que la verdad. Y tenía razón. Cada rincón de aquella casa era un fantasma. Cada espejo, un recordatorio.

Así que vendimos. Compramos este loft de dos plantas con ventanales que daban al Hudson. Minimalista. Frío. Perfecto para la mujer en la que me estaba convirtiendo.

Me observé en el espejo del vestidor. Vestido negro, largo hasta los tobillos, espalda descubierta. Nada de escotes provocativos. Nada de colores que gritaran "mírenme". En este juego, la mujer que grita es la que pierde.

—¿Segura de que quieres hacer esto? —Lucas estaba apoyado en el marco de la puerta, con una copa de whisky en la mano. Llevaba la corbata aflojada, los primeros botones de la camisa desabrochados. Mi hermano siempre parecía un poco deshecho después de las jornadas de dieciocho horas que llevaba semanas haciendo.

—¿Tengo opción?

—Siempre hay opción, Elena. Podrías simplemente no ir.

—Y dejar que Silvia piense que me asusta. —Me apliqué el labial con precisión quirúrgica—. No. Necesito que crea que sigue teniendo control. Al menos por ahora.

Lucas dio un sorbo a su whisky.

—He estado revisando los movimientos bancarios de la familia Castellanos. Como prometiste.

—¿Y?

—Hay algo raro. —Dejó la copa sobre la mesa del vestidor y sacó su tablet—. Transacciones en efectivo. Retiros grandes. Tres en los últimos dos meses. Todos en clínicas privadas del Upper East Side.

El corazón me dio un vuelco, pero mantuve la mano firme sobre el lápiz de labios.

—¿Qué tipo de clínicas?

—Especializadas en... procedimientos discretos. —Lucas me miró, y supe que lo había entendido—. Elena, ¿crees que...?

—No creo nada todavía. —Cerré el lápiz de labios con un clic seco—. Pero si mi intuición es correcta, Silvia tiene un secreto que vale más que todo el oro de su familia.

—¿Y qué vas a hacer?

—Esta noche, nada. Esta noche solo voy a escucharla mentir. —Guardé el lápiz en el neceser y lo cerré—. Pero tú sigue rastreando el dinero. Si encuentro lo que creo que voy a encontrar, vamos a necesitar pruebas. Sólidas. Inapelables.

Lucas asintió. Luego, más suavemente:

—Ten cuidado, hermanita.

Sonreí. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Siempre.

---

El restaurante se llamaba *Le Miroir*. Un lugar donde los menús no tenían precios y donde los camareros sabían tu nombre antes de que les dijeras el tuyo. Reservado para una élite que no necesitaba presumir porque ya poseía el mundo.

Silvia ya estaba sentada cuando llegué. Mesa del fondo, la más discreta. Vestido color champán, el cabello suelto en ondas perfectas, una copa de vino blanco apenas tocada. Pareía la imagen de la calma. Pero yo sabía leer a mi prima como un libro que había estudiado durante toda una vida.

Y esta noche, Silvia estaba aterrada.

Lo vi en la forma en que sus dedos apretaban la copa. En el modo en que sus ojos se movían hacia la entrada cada vez que la puerta se abría. En el ligero temblor de su labio inferior que ella intentaba disimular con otro sorbo de vino.

—Elena. —Se puso de pie para saludarme. El beso en la mejilla fue perfecto. Calculado. Vacío—. Gracias por venir.

—Me dijiste que era importante.

—Siéntate, por favor.

Nos sentamos. Pedí agua con limón. Silvia pidió otra copa de vino.

—Te ves bien —dijo, estudiándome con esos ojos que siempre habían sido demasiado inteligentes para su propio bien—. El nuevo apartamento te sienta bien.

—Gracias.

—Y la reunión con Patrick... —hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—, he oído que fue productiva.

—Depende de cómo definas "productiva".

Silvia sonrió. Pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Elena, necesito hablarte de algo. De aquella noche.

Ahí estaba.

Mantuve la expresión neutra.

—¿Aquella noche?

—En el Met. —Bajó la voz, inclinándose sobre la mesa—. Sé que tú y Lucas estabais ahí. Sé que escuchasteis algo.

—Silvia, no sé de qué...

—No mientas. —La máscara se resquebrajó. Solo un segundo, pero lo vi—. Por favor, Elena. No ahora. No conmigo.

La observé en silencio. Dejé que el silencio se extendiera, que se volviera incómodo, que la asfixiara. Porque el silencio, en las manos correctas, era un arma más letal que cualquier palabra.

—¿Y si hubiéramos escuchado algo? —pregunté finalmente, con voz suave—. ¿Qué cambiaría eso, prima?

Silvia palideció.

—Elena, por favor. Tú no entiendes. Aquellos hombres... eran poderosos. Me amenazaron. Dijeron que si hablaba, destruirían a mi familia. Yo no tuve opción.

—Claro que no.

—Tienes que creerme.

—Te creo. —Di un sorbo lento a mi agua—. Pero lo que no entiendo es por qué me lo cuentas a mí ahora.

—Porque necesito que no digas nada. A nadie. —Se inclinó más, y por primera vez vi el terror puro en sus ojos—. Patrick... Patrick está empezando a hacer preguntas. Si él descubre...

—¿Qué, Silvia? ¿Qué es lo que no puede descubrir?

Silencio.

Luego, en un susurro:

—Que aquella noche no fue la primera. Que aquellos hombres no fueron los primeros.

El aire se congeló.

No era solo el ataque del Met. Era algo más. Algo más antiguo. Algo que Silvia había estado ocultando durante meses, quizás años.

—¿De qué estás hablando? —pregunté, con la voz más fría que me fue posible.

Silvia cerró los ojos. Cuando los abrió, había lágrimas. Verdaderas, esta vez.

—Estoy embarazada, Elena.

El mundo se detuvo.

No de Patrick. No de ningún hombre de su círculo social. De uno de aquellos ejecutivos. De los mismos que la habían encontrado en el baño del Met. Y el embarazo, según los movimientos bancarios que Lucas había descubierto, había terminado en un aborto. Tres meses atrás.

—¿Y Patrick lo sabe? —pregunté.

—No. Nadie lo sabe. Solo tú. Y ahora yo.

—Qué generosa de tu parte.

—Elena, por favor. —Las lágrimas corrían ahora libremente, arruinando el maquillaje perfecto—. Si Patrick lo descubre, me destruirá. Me dejará. Y sin él, mi familia...

—Tu familia ya está arruinada, Silvia.

La verdad cayó entre nosotras como un hacha. Silvia se quedó sin aliento.

—¿Qué...?

—Vasquez Group no es la única que he estado investigando. —Me incliné hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un hilo—. Tu padre lleva dos años malversando fondos de la empresa familiar. Tu madre ha estado vendiendo las joyas de la abuela en subastas privadas de Londres. Y tú, prima querida, has estado pagando el silencio de al menos tres hombres con dinero que no es tuyo.

Silvia se quedó blanca como el papel.

—¿Cómo...?

—Tengo recursos. —Me recosté en la silla, observándola con esa calma clínica que tanto me había costado aprender—. Y tengo memoria.

—Elena, por favor. —La voz se le quebró—. Te lo ruego. No le digas a Patrick. Nunca te he hecho daño.

*No me has hecho daño.*

La frase resonó en mi cabeza. Y por un segundo, solo un segundo, sentí la tentación de reír. De gritar. De decirle todo. De decirle sobre Lucas sangrando en la carretera. Sobre mi madre muerta de pena. Sobre el apartamento de Queens y las llamadas que nadie contestaba. Sobre la vida que ella me había robado con una firma.

Pero no. No esta noche. Esta noche no era el momento.

—No le diré nada a Patrick —dije finalmente—. Todavía.

Silvia me miró, confundida.

—¿Todavía?

—Tengo condiciones.

—Las que quieras.

—Primera: vas a retirar tu candidatura para el puesto en la junta directiva de Sterling Holdings.

—Pero... Patrick me lo prometió.

—Ya no. —Me puse de pie, dejando el dinero para la cuenta sobre la mesa—. Segunda: vas a recomendar públicamente que me nombren a mí en tu lugar. Tercera: vas a sonreír en la próxima gala de la Fundación Sterling y vas a decirle a todo el mundo lo "impresionada" que estás con mi trabajo.

—Elena, esto es...

—¿Negociable? —Alcé una ceja—. No. Tómate veinticuatro horas para pensarlo. Pero te advierto, prima: si intentas jugar sucio, si intentas ir a Patrick o a tu familia o a cualquiera con esto, la próxima vez que nos sentemos a hablar no será en un restaurante como este. Será en una sala de juntas. Con abogados. Y con la prensa.

Silvia me miró. Y en sus ojos vi algo que no había visto antes.

No era solo terror.

Era odio.

Puro. Destilado. Familiar.

—Está bien —dijo, con la voz temblorosa pero controlada—. Veinticuatro horas.

—Excelente. —Me puse el abrigo—. Que tengas buena noche, Silvia.

Me alejé. No miré atrás.

Pero sentí su mirada quemándome la espalda hasta que salí del restaurante.

---

El aire de la noche era frío. Me ajusté el abrato y caminé hacia la esquina donde había pedido el coche.

—Señorita Vasquez.

La voz me detuvo en seco.

Patrick Sterling estaba apoyado contra un sedán negro, a pocos metros de la entrada del restaurante. Las manos en los bolsillos del abrrego. La corbata aflojada. Y esos ojos grises que brillaban con algo que no supe catalogar.

—Señor Sterling —dije, recuperando la compostura—. ¿Qué casualidad?

—No soy hombre de casualidades.

—Entonces debo preguntar qué lo trae aquí.

Patrick se separó del coche y caminó hacia mí. Cada paso era medido. Depredador.

—Estaba cenando con unos inversores japoneses en el piso de arriba. Los dejé hace media hora. —Se detuvo a dos metros de mí—. Y entonces la vi salir. Con los ojos rojos.

—Me entra alergia con el marisco.

—No pidió marisco.

Maldición.

—Entonces es que soy muy susceptible al ambiente.

Patrick sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa.

—Elena. —Fue la primera vez que usó mi nombre de pila. Y el modo en que lo pronunció, con esa gravedad suave, me recorrió la espalda como una corriente eléctrica—. Llevamos dos días trabajando juntos. He aprendido varias cosas sobre usted.

—¿Ah, sí?

—Que no miente bien. Que no pide disculpas. Y que nunca, nunca, deja que nadie la vea vulnerable. —Se acercó un paso más—. Excepto esta noche.

—No estoy siendo vulnerable.

—¿No? —Alzó una ceja—. Entonces, ¿por qué le tiemblan las manos?

Miré mis manos. Efectivamente, temblaban. No de miedo. De adrenalina. De rabia contenida. De algo más que no quería nombrar.

—Es el frío.

—Son las ocho de la tarde en septiembre. No hace frío.

Maldición otra vez.

Patrick dio otro paso. Ahora estábamos tan cerca que podía oler su perfume. Madera y algo más. Algo que me resultaba peligrosamente familiar.

—¿Qué ha pasado ahí dentro? —preguntó, con la voz más baja ahora. Más íntima.

—Una conversación familiar.

—Silvia Castellanos no es solo su prima. Es la mujer con la que he estado saliendo durante tres semanas. —Sus ojos se entrecerraron—. Y algo en ella ha cambiado desde aquella noche en el Met. Algo que usted parece conocer.

El corazón me latía con fuerza. Pero mantuve la mirada firme.

—¿Y qué le hace pensar que yo sé algo?

—Porque la conozco, Elena. —El uso de mi nombre de pila otra vez. Con esa intimidad que no habíamos acordado—. La observo. Y he notado que cada vez que Silvia menciona su nombre, usted se tensa. Cada vez que Silvia entra en una habitación, usted calcula la distancia a la salida. Y esta noche —hizo una pausa, bajando aún más la voz—, esta noche Silvia salió de ese restaurante como si acabara de ver un fantasma.

No respondí.

Patrick dio otro paso. Ahora estábamos a centímetros. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía ver las motas doradas en sus ojos grises.

—Dígame qué está pasando —susurró.

Y entonces, por primera vez en dos vidas, sentí algo que no había planeado.

No era deseo. No era atracción. Era algo más peligroso.

Era *tentación*.

La tentación de contarle todo. De apoyarme contra su pecho y dejar que alguien, solo por una noche, llevara el peso. De confiar en el hombre que, en otra vida, me había destruido sin saberlo.

Casi lo hice.

Casi.

Pero entonces recordé a Lucas sangrando en la carretera. Recordé a mi madre en su ataúd. Recordé a Silvia brindando con Dom Pérignon mientras mi apellido se convertía en sinónimo de fracaso.

Y di un paso atrás.

—Señor Sterling —dije, con la voz más fría que me fue posible—, le recomiendo que no se meta en asuntos que no le competen.

Patrick me observó. Algo se quebró en su expresión. Algo que se pareció, por un segundo, a la decepción.

—¿Es eso lo que soy para usted? —preguntó, con una voz que sonaba más cansada de lo que un hombre como él debería permitir—. ¿Un asunto que no me compete?

—Usted es mi cliente. Nada más.

—Elena...

—Señorita Vasquez —lo corregí—. Y le recuerdo que mañana tenemos una reunión a las ocho. Sugiero que descanse.

Me alejé antes de que pudiera responder. Antes de que pudiera ver la confusión en mis ojos. Antes de que pudiera notar que mis manos seguían temblando.

Subí al coche que acababa de llegar.

—A casa —le dije al chófer.

Mientras Manhattan pasaba por la ventana, saqué el teléfono y marqué un número.

—Lucas —dije, cuando contestó—. Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Silvia está embarazada. O lo estuvo. Algo así. —Cerré los ojos—. Y Patrick está empezando a hacer preguntas.

Silencio al otro lado.

—¿Y qué vas a hacer?

Sonreí. Una sonrisa que no tenía nada de dulce.

—Lo que siempre hago, Lucas. Controlar la narrativa.

—¿Y Patrick?

Miré por la ventana. Vi mi reflejo en el cristal. Y por primera vez en mucho tiempo, no supe qué estaba viendo.

—Patrick —dije, con la voz baja—, es una variable que no había calculado.

—¿Y eso es bueno o malo?

No respondí.

Porque la verdad era que no lo sabía.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterraba.

1
EspirituCreativo
Dale Elena
Jesus Castro Montero
Elena eres muy inteligente apabullas a Silvia asi se hace destruye a aquel que destruyó lo tuyo
Jesus Castro Montero
Esta novela está buenísima que hará Silvia con todo lo que se le biene🤣🤭🥰😂☺️😭
Gloria Rodríguez
Mucho enredo se pierde el deseo de
Leee
EspirituCreativo
☺️ Me alegra querida lectora, gracias por tu apoyo 🥰
Mara
Me encantó!! 👏👏👏💐💐
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