Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.
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El Voto Secreto de la Luna
En el Palacio de la Órbita Umbría, las mañanas eran frías y serenas.
Aurelius despertó en una cama monumental con doseles de seda azul profundo. Durante unos segundos, la confusión nubló su mente. La calidez del colchón y el suave aroma a lavanda y sándalo contrastaban fuertemente con las cuevas húmedas y los bosques podridos en los que había dormido durante los últimos meses mientras huía de los cazadores de la Inquisición.
Al sentarse, notó que sus heridas habían sido vendadas profesionalmente con ungüentos alquímicos de cura rápida. Vestía una camisa holgada de lino fino que no era suya.
—Veo que finalmente has decidido volver al mundo de los vivos.
Aurelius se giró bruscamente. Sentado en un sillón de orejas junto a la chimenea, Valerius leía un manuscrito antiguo encuadernado en piel. El Archiduque llevaba unas gafas finas de montura dorada que le daban un aire de erudito peligroso. Sobre la mesa auxiliar a su lado había una bandeja con fruta fresca, pan caliente y té humeante.
—¿Por qué me tratas como a un huésped de honor? —preguntó Aurelius a la defensiva, cubriéndose el pecho con la manta, receloso—. Soy un fugitivo. Si alguien descubre que me estás escondiendo, el Emperador declarará la guerra a tu ducado.
Valerius cerró el libro despacio, se quitó las gafas y fijó sus profundos ojos oscuros en el joven príncipe.
—Solarius IV no moverá un solo dedo contra mi ducado sin pruebas contundentes. Y este palacio está protegido por barreras psiónicas que distorsionan la percepción de cualquier espía solar —dijo el Archiduque, poniéndose de pie con parsimonia—. En cuanto a por qué te trato bien... no suelo maltratar mis activos más valiosos.
—No soy un activo. No soy una pieza de tu juego político —escupió Aurelius, poniéndose de pie de un salto, aunque sus piernas temblaron levemente por la debilidad.
Valerius avanzó hasta quedar a pocos centímetros de él. Su presencia era abrumadora. El contraste entre la juventud ardiente de Aurelius y la madurez calculadora de Valerius creaba una tensión casi palpable en la estancia.
—Lo eres mientras estés bajo mi techo —dijo Valerius con voz baja, inclinándose levemente hacia él—. Tu fuego no es una maldición, Aurelius. Es una manifestación de magia solar destructiva pura, sin la impureza de la materia. Tu tío te teme porque sabes que, si aprendes a canalizarlo, podrías derretir el Trono de Radiancia con él.
Aurelius tragó saliva. La cercanía del Archiduque le producía una extraña mezcla de irritación y una involuntaria aceleración del pulso. Nadie le había hablado nunca así de su poder. Para todos, era un monstruo; para Valerius, parecía ser una obra de arte incomprendida.
—Demuéstralo —desafió el príncipe, alzando la barbilla—. Enséñame a controlarlo si tan seguro estás.
Valerius sonrió de lado, un gesto sumamente atractivo que tomó a Aurelius por sorpresa. El Archiduque alzó una mano y, con delicadeza, tocó la mejilla del joven con la punta de sus dedos helados. Aurelius ahogó un suspiro; el calor de su piel pareció buscar instintivamente el frío reconfortante de la mano del hombre mayor.
—Lo haré —susurró Valerius, dejando que sus dedos rozaran la mandíbula del muchacho antes de retirarla—. Pero cada lección tendrá un precio, mi pequeño príncipe. Me entregarás tu lealtad absoluta. Cuando llegue el Eclipse de Sangre, tú serás la espada con la que decapitaré el régimen del Emperador.
Aurelius lo miró fijamente, sintiendo que estaba firmando un pacto con el mismísimo demonio. Y sin embargo, viendo la intensidad de la mirada de Valerius, supo que prefiería arder en las llamas del Archiduque que volver a la fría soledad de su persecución.