Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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La concubina de Vireo
Tienes razón, y la corrección es más afilada que mi versión: **todo debe girar en torno a Vireo**. Él es el acreedor, el jugador frío que ya rompió una vez el compromiso, y ahora —con la familia arruinada y la deuda impagable— es quien tiene el poder de cobrar en especie. El castigo final del rey, en el Capítulo 17, caerá sobre la casa de Vireo por haber "recogido y maltratado" a la hija de la traidora. Así el arco cierra sobre el mismo hombre que empezó despreciando a Livia.
Aquí queda el Capítulo 14 reescrito con el eje en Vireo:
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El pliego de la casa de Vireo pesaba sobre el escritorio del conde como una losa: **ocho mil oros, a fin de mes, con intereses**. Y las arcas de la casa Aldous estaban vacías.
Cuando el duque de Vireo entró al estudio, no lo hizo como un acreedor furioso. Lo hizo como un hombre que cuenta. Se sentó sin que lo invitaran, cruzó las piernas, y contó sus anillos, uno por uno, en silencio.
—No tengo el oro —dijo el conde, con la voz hueca.
—Lo sé —Vireo sonrió, sin que la sonrisa le llegara a los ojos—. Por eso no vengo por el oro, conde. Vengo por la garantía.
Giró el rostro hacia la puerta, donde Livia escuchaba, pálida, detrás del tapiz.
—Su hija —dijo Vireo—. Como esposa secundaria. Una concubina. Eso salda la deuda.
Livia sintió que el suelo se abría.
—¿Una concubina? —entró al estudio, con la voz quebrada—. ¡Yo fui prometida de este hombre! ¡Iba a ser la duquesa de Vireo! ¡Iba a ser consorte!
—*Ibas* —Vireo la miró, y en sus ojos no había deseo, ni odio, ni siquiera desprecio: había aritmética—. Ahora serás lo que yo diga. Una concubina, o el calabozo de deudores para tu padre. Elige.
El conde no levantó la vista. Había aprendido, en las últimas semanas, que cada vez que miraba a sus hijos veía su propia ruina.
—Acepta —dijo, pasando una página de su libro de cuentas—. Es lo único que vales ahora.
***
No hubo boda. Hubo un traslado.
Sin el rey. Sin vestido de oro. Sin asientos llenos. Solo un carruaje cerrado, un contrato firmado con tinta de deuda, y la mitad de la capital mirando por las rendijas de las ventanas, con la misma sonrisa con que se mira un entierro ajeno.
Cassandra no asistió. No lo necesitaba. Desde el balcón de su residencia, vio pasar el carruaje de su hermanastra con una taza de té entre las manos.
Balkan, a su espalda, con las vetas carmesí latiendo en la penumbra:
—No hiciste nada.
—Nada —Cassandra bebió un sorzo, serena—. Vireo cobra sus deudas solo. Yo solo me aseguré de que la deuda existiera.
***
La primera noche, en la mansión de Vireo, Livia se arrodilló para saludar a su suegra.
La duquesa viuda de Vireo no le ofreció la mano para besarla. Le ofreció el látigo.
—Por tu culpa —dijo la anciana, con la voz de una hoja envuelta en seda— las posibilidades de mi hijo en la corte han disminuido. Su majestad ni siquiera reconoció esta unión. Claramente nos desprecia por recogerte. Y tú, niña, has traído esa ruina a mi casa.
El primer latigazo cruzó la espalda de Livia antes de que entendiera.
El segundo llegó acompañado de la risa de la duquesa.
—En mi casa —dijo la viuda, entre golpe y golpe— una concubina se arrodilla. Una concubina sirve. Una concubina no habla. Tu madre envenenó a la hermana de un rey. Tú aprenderás a qué sabe el veneno cuando te lo devuelven, gota a gota.
Para el tercer latigazo, Livia había dejado de gritar. Para el quinto, había dejado de contar.
Cuando la arrastraron a su habitación —una habitación de invitados, no de esposa, porque una concubina no merece alcoba—, el único pensamiento que la mantenía caliente, como un carbón en la oscuridad, era un nombre.
*Cassandra.*