Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La concubina de Vireo
El pesado pliego de la casa de Vireo pesaba sobre la superficie del escritorio de caoba del conde como una losa funeraria: ocho mil monedas de oro, pagaderas de manera inapelable a fin de mes, con los intereses acumulados. Y las arcas de la casa Aldous no contenían ni el polvo de las esquinas.
Cuando el duque de Vireo cruzó el umbral del estudio, no lo hizo con la estridencia de un acreedor furioso. Entró con la fría y pausada elegancia de un hombre que calcula probabilidades. Se sentó en un sillón sin que nadie lo invitara, cruzó las piernas con parsimonia y se puso a contar sus anillos de oro, uno por uno, en un silencio sepulcral que asfixiaba al conde.
—No tengo el oro —dijo el conde Aldous, con la voz completamente hueca, mirando fijamente sus manos temblorosas—. Las propiedades están hipotecadas y la corona nos ha cortado los subsidios.
—Lo sé perfectamente, conde —Vireo esbozó una sonrisa que no llegó a reflejarse en la frialdad de sus ojos—. Por esa misma razón no vengo hoy a reclamar oro. Vengo a cobrar la garantía.
Giró lentamente el rostro hacia la puerta entreabierta, desde donde Livia, con el alma en un hilo y el rostro descompuesto, escuchaba cada palabra escondida tras el tapiz.
—Su hija —sentenció Vireo, señalando hacia la rendija—. Como esposa secundaria. O mejor dicho, como una simple concubina. Eso salda por completo la deuda contraída.
Livia sintió que el suelo se abría bajo sus pies y que el aire abandonaba sus pulmones. No pudo contenerse y empujó el tapiz, irrumpiendo en la estancia.
—¿Una concubina? —gritó con la voz rota por el pánico y la indignación—. ¡Yo fui la prometida legítima de este hombre! ¡Iba a ser la duquesa de Vireo! ¡Iba a ocupar el lugar de consorte principal!
Vireo la miró de reojo. En su mirada no había un atisbo de deseo, ni rastro de odio, ni siquiera el placer del desprecio: lo único que destilaban sus pupilas era aritmética pura.
—Ibas a serlo —respondió Vireo con voz monótona—. El pasado es un territorio estéril. Ahora serás exactamente lo que yo decida que seas. Una concubina a mi servicio, o el calabozo de deudores imperiales para tu padre y tu familia. Elige tú misma.
El conde Aldous ni siquiera levantó la vista del libro de cuentas. Las últimas semanas le habían enseñado una lección amarga: cada vez que miraba a sus hijos, solo alcanzaba a ver su propia e inevitable ruina.
—Acepta el trato, Livia —murmuró el conde, pasando una página con dedos mecánicos—. Es lo único que vales en el mercado de este reino.
No hubo ceremonia nupcial. No hubo campanas, ni banquete de bodas, ni vestido de seda dorada. Lo que hubo fue un traslado silencioso y humillante.
Sin la presencia del rey. Sin asientos llenos de nobles envidiosos. Únicamente un carruaje de cortinajes cerrados, un contrato mercantil firmado con la tinta sucia de la deuda, y la mitad de la capital asomándose por las rendijas de las ventanas con la misma sonrisa morbosa con la que se observa pasar un cortejo fúnebre ajeno.
Cassandra no se molestó en asistir al evento. No lo necesitaba en absoluto. Desde el balcón de piedra de su nueva residencia, contempló pasar el carruaje oscuro de su hermanastra mientras sostenía una fina taza de té humeante entre las manos.
Balkan apareció a su espalda, apoyándose contra el marco de la puerta mientras las vetas carmesí de sus sienes latían tenuemente en la penumbra del atardecer.
—No moviste un solo dedo para evitarlo —observó el emperador con una chispa de diversión.
—Absolutamente nada —respondió Cassandra, bebiendo un sorbo con serenidad absoluta—. Vireo cobra sus deudas por cuenta propia y con métodos impecables. Yo lo único que hice fue asegurarme de que esa deuda fuera imposible de pagar.
La primera noche en la lúgubre mansión de los Vireo, Livia se arrodilló sobre las losas de la entrada para saludar formalmente a su nueva señora.
La duquesa viuda de Vireo no le tendió la mano para que besara su anillo con sumisión. Le arrojó directamente el látigo de cuero a los pies.
—Por tu culpa y por el escándalo de tu familia —dijo la anciana, con una voz suave pero afilada como una hoja envuelta en seda—, las posibilidades políticas de mi hijo en la corte imperial se han desplomado. Su majestad ni siquiera ha querido reconocer esta unión bastarda. Claramente la corona nos desprecia por haberte recogido del lodo. Y tú, criatura inútil, has traído la ruina a nuestras puertas.
El primer latigazo cruzó la espalda de Livia con violencia antes de que pudiera articular una sola palabra de defensa.
El segundo golpe llegó acompañado de una risa seca y cruel por parte de la duquesa.
—En esta casa —siseó la viuda, mientras descargaba el látigo una y otra vez sobre las costillas de la joven—, una concubina no opina, no respira sin permiso y no se levanta del suelo. Una concubina sirve en silencio. Tu madre envenenó en su día a la hermana de un rey; ahora tú vas a aprender a qué sabe exactamente el veneno cuando se te devuelve gota a gota.
Para cuando cayó el tercer latigazo, Livia ya había dejado de gritar. Para el quinto, el dolor era tal que había perdido la cuenta de los golpes.
Cuando los criados la arrastraron por los pasillos y la tiraron como a un trasto viejo en una pequeña habitación de servicio —una alcoba de invitados lejanos, jamás la de una esposa, porque una concubina no merecía sábanas limpias—, el único pensamiento que logró mantenerse encendido en su mente, ardiendo como un carbón ardiente en medio de la más absoluta oscuridad, fue un nombre grabado a fuego:
Cassandra.
Creo que nomás hizo un copiar pegar y no leyó todo no se entienden varias cosas a parte que es pura IA, Uno viene aquí por historias originales no hechas con Inteligencia Artificial