SIN ESPOILER
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UN MES DESPUÉs
Había pasado un mes desde que Lia había llegado a aquella casa.
Un solo mes.
Y, sin embargo, parecía que habían pasado años.
La joven que había cruzado aquella puerta con una pequeña mochila y la esperanza de comenzar de nuevo casi había desaparecido.
Ahora pasaba la mayor parte del tiempo encerrada.
Las ventanas permanecían cerradas.
Las cortinas apenas dejaban entrar la luz.
Lia estaba sentada en el viejo sofá, abrazándose las piernas mientras esperaba a Brayan.
Tenía la mirada perdida.
Ya no pensaba en buscar trabajo.
Ya no pensaba en conseguir un lugar donde vivir.
Ya ni siquiera pensaba demasiado en la casa de sus tíos.
Había una sola cosa que ocupaba su mente.
Necesitaba aquello.
Y lo necesitaba cada vez más.
Cuando Brayan tardaba demasiado en regresar, Lia comenzaba a ponerse nerviosa.
Miraba constantemente hacia la puerta.
—¿Dónde está...?
Susurró.
Intentó distraerse.
Se levantó.
Caminó por la habitación.
Volvió a sentarse.
No podía.
Sentía que algo estaba mal.
Cuando finalmente escuchó la puerta abrirse, levantó la cabeza de inmediato.
Brayan entró.
—Hola, princesa.
Lia se levantó rápidamente.
—¿Lo tienes?
Brayan dejó sus cosas sobre una mesa.
La miró durante unos segundos.
—Ni siquiera vas a preguntarme cómo estoy.
Lia bajó la mirada.
—Perdón.
Brayan sonrió ligeramente.
—Ven aquí.
Lia se acercó.
Él sabía perfectamente lo que estaba sucediendo.
La dependencia de Lia había aumentado hasta el punto de que ella ya no podía sentirse tranquila sin aquello.
Y Brayan utilizaba esa necesidad para mantenerla bajo su control.
—Te dije que estaría aquí.
Lia asintió.
—Lo sé.
—Entonces confía en mí.
Ella lo miró.
—Confío en ti.
Aquella respuesta salió de sus labios casi inmediatamente.
Brayan sonrió.
—Eso quería escuchar.
---
Durante los siguientes días, Lia comenzó a alejarse todavía más del mundo.
Cuando alguien pasaba cerca de la casa, evitaba salir.
Si escuchaba un automóvil detenerse afuera, se escondía.
Si Brayan le decía que no hablara con alguien, obedecía.
Y cuando alguien intentaba preguntarle si estaba bien, Lia simplemente respondía:
—Sí.
Aunque no fuera cierto.
Su aspecto también había cambiado.
Ya no se preocupaba por arreglarse.
Su cabello permanecía desordenado y llevaba varios días usando la misma ropa.
Pero lo peor no era lo que se veía por fuera.
Era lo que ocurría dentro de ella.
Lia comenzaba a sentir que no podía vivir sin aquella sustancia.
Una tarde, miró sus manos temblorosas.
—¿Qué me está pasando?
Brayan estaba cerca.
—Nada.
—Sí me pasa algo.
—Estás cansada.
—No.
Lia negó con la cabeza.
—Cuando intento estar sin eso... me siento horrible.
Brayan guardó silencio.
—Tengo miedo.
Aquella confesión hizo que él se acercara.
—No tienes que tener miedo.
—Creo que ya no puedo dejarlo.
Brayan la miró.
—Entonces no lo dejes.
Lia se quedó callada.
En ese momento comprendió algo que la asustó.
Ya no estaba tomando una decisión.
Sentía que necesitaba hacerlo.
---
Esa noche, Lia encontró nuevamente la fotografía de sus padres.
La sostuvo entre sus manos.
Por unos segundos recordó el rostro de su madre.
Después el de su padre.
Una lágrima cayó sobre la fotografía.
—Lo siento...
No sabía exactamente por qué estaba pidiendo perdón.
Quizá porque sentía que estaba perdiéndose.
Quizá porque sabía que sus padres jamás habrían querido verla así.
Guardó la fotografía rápidamente cuando escuchó pasos.
Brayan entró.
—¿Qué haces?
—Nada.
Él observó la fotografía que sobresalía de la mochila.
—Otra vez con eso.
Lia la protegió entre sus manos.
—Es lo único que tengo de ellos.
Brayan suspiró.
—Deberías dejar el pasado atrás.
Lia no respondió.
—Tienes que pensar en mí.
Ella levantó la mirada.
—Siempre pienso en ti.
Brayan sonrió.
—Entonces todo estará bien.
Lia quiso creerle.
Quería creer que él realmente la amaba.
Porque aceptar lo contrario significaba reconocer que había confiado en la persona equivocada.
---
Los días siguieron pasando.
Lia estaba cada vez más aislada.
Su mundo se había reducido a aquella casa, Brayan y su dependencia.
Una noche se miró frente a un pequeño espejo roto.
Durante varios segundos no reconoció a la persona que veía.
—¿Quién eres...?
Preguntó en voz baja.
Nadie respondió.
Lia tocó el espejo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
En algún lugar dentro de ella todavía existía la chica que había escapado de aquella casa buscando una oportunidad para vivir.
Todavía estaba allí.
Pero estaba enterrada bajo miedo, manipulación y dependencia.
Y aunque Lia todavía no podía verlo...
Su historia no terminaría en aquella casa