Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 13
La oficina de Santiago se sumió en el silencio. Los tres se habían quedado mudos por lo que Matías acababa de proponer. En estos tiempos, hacer viral a alguien era la forma más efectiva de que un infractor recibiera su castigo social.
—Déjeme esa parte a mí, Valentina —dijo Matías con una sonrisa ladina—. Usted concéntrese en lo demás.
—Y si hace falta, yo mismo me convierto en detective para conseguir pruebas —añadió el joven.
Santiago, exasperado por las ocurrencias de su hermano, le dio un golpe suave en la cabeza con un legajo de papeles.
—¡Ya deja de payasear!
Matías hizo una mueca y se frotó la cabeza, refunfuñando entre dientes.
Valentina se echó a reír hasta que se le saltaron las lágrimas. Era la primera vez que se reía así, sin freno, desde que su mundo se le había venido abajo días atrás.
* * *
Mientras tanto, en otro lugar, Adrián y Lorena recorrían los aparadores de cosméticos. A la mujer se le habían acabado todos los productos de belleza.
—Adrián, parece que no solo se me terminaron el polvo y el lápiz labial. La crema corporal, el champú y la crema hidratante también se me acabaron —dijo Lorena con ese tono empalagoso que le gustaba poner.
—Pues cómpralos, no más.
—¡Yupi! ¡Adrián, eres el mejor! —lo alabó Lorena, dando saltitos de alegría.
Ninguno de los dos sabía que, a esas alturas, las fotos de ambos ya inundaban las redes sociales, cortesía de cierto joven emprendedor.
* * *
Al día siguiente, como de costumbre, Valentina se puso a cocinar después de terminar la limpieza de la casa. Mientras tanto, Adrián se había ido a la granja desde temprano.
—Valentina, voy a salir a ver a una amiga, así que no como en casa. No cocines de más. —Doña Carmen entró en la cocina.
Valentina se volvió.
—Sí, señora.
En el fondo, algo le decía que las cosas no cuadraban. Recordó la conversación entre Adrián y doña Carmen aquella noche.
Creo que debería seguirla, pensó.
Para no levantar sospechas, Valentina siguió con su rutina habitual. Cuando su suegra salió, cerca de las diez, se apresuró a ir tras ella.
Para despistar a doña Carmen, Valentina ya tenía preparado un disfraz. Había pedido prestada la motocicleta de una amiga y se puso una chamarra y un casco de hombre. Así podría seguirla sin que la reconocieran.
¡Pero si este es el camino al pueblo de Lorena!, cayó en cuenta Valentina, que conocía la zona de memoria.
—Seguro van a hablar de la boda de Adrián y Lorena —murmuró sin despegar los ojos del camino.
No se equivocó. Doña Carmen se dirigió a la casa de Lorena. El auto de Adrián ya estaba estacionado ahí.
Valentina dejó la motocicleta detrás de un árbol grande. Después, se coló sigilosamente en el patio de la casa de Lorena. Espió por la ventana con el celular listo en la mano.
En la sala estaban Lorena y sus dos padres. Adrián se hallaba sentado junto a doña Carmen.
—¿Y para cuándo se tramita el divorcio? —preguntó don Gustavo, serio.
Doña Carmen giró hacia Adrián. Su hijo asintió.
—Bueno, por ahora Adrián no ha presentado la demanda de divorcio ante el tribunal, porque todavía hay documentos que hay que arreglar —respondió doña Carmen con una sonrisa cortés.
—¿Qué documentos? —insistió don Gustavo—. ¿Cuánto más va a tardar Adrián en divorciarse de su esposa?
—No queremos que Lorena termine siendo el hazmerreír de los vecinos por un compromiso que no se cumple —advirtió doña Diana.
Adrián y doña Carmen cruzaron una mirada. El hombre sabía que el cambio de titularidad de la escritura del terreno llevaría tiempo; no era cosa de un día. Además, se le complicaba sacar la escritura de la caja fuerte porque Valentina siempre estaba en el cuarto.
Como si le leyera el pensamiento, doña Carmen exhaló un suspiro.
—Ese documento es fundamental —dijo—. ¿Ustedes saben lo que son los bienes gananciales?
Don Gustavo y doña Diana entendieron entonces que Adrián estaba intentando asegurar sus bienes para que no cayeran en manos de Valentina.
—Si es así, yo no tengo problema en esperar un poco más —intervino Lorena—. Adrián, resuelve primero todos esos asuntos. No quiero que después de casarnos, Valentina nos demande y reclame los bienes.
Valentina, que grababa todo en video, esbozó una sonrisa burlona. Porque ella iba a recuperar lo que era suyo.
Lo único que Adrián poseía era la casa donde vivían actualmente. La fortuna de su familia se había consumido en el tratamiento de la enfermedad crónica de su padre, quien falleció poco después de la boda de Adrián y Valentina.
Tras eso, Adrián fue despedido de su empleo y pasó varios meses sin trabajo.
Como era el esposo quien debía mantener a la familia, Valentina le cedió el pequeño negocio que había levantado antes de casarse.
Adrián logró hacer prosperar el negocio. Valentina llegó incluso a vender la casa que le dejaron sus padres para inyectarle más capital. Los ingresos diarios eran considerables, y él terminó convencido de que la granja avícola le pertenecía.
Tiempo atrás, Adrián había sido un buen hombre: trabajador, dedicado a su familia. Fueron novios durante cinco años. Las dos familias habían aprobado la relación.
—Les prometo que voy a resolver mis asuntos con Valentina lo antes posible. Ya encontré a alguien que me puede ayudar —aseguró Adrián con una sonrisa confiada, y los demás sonrieron también.
Valentina apretó los labios y abrió mucho los ojos al escucharlo. Le dio gusto saber que los documentos importantes ya estaban a resguardo en un lugar seguro.
Lástima, Adrián... no vas a conseguir lo que buscas, pensó.
Con suficiente material grabado como prueba, Valentina se retiró antes de que la descubrieran.
Cuando estaba por subirse a la motocicleta, se cruzó con dos mujeres de la edad de Lorena que iban hablando de ella.
—Dicen que Lorena se va a casar —comentó la de pelo corto.
—¿Tú sabes quién es el novio de Lorena? Porque a mí me da la impresión de que anda con don Adrián... su propio jefe —replicó la de pelo largo.
—¡Yo pienso lo mismo! Aunque ella siempre lo niega y dice que su novio es de lejos.
Valentina, que las escuchó, se sintió atraída por la conversación. Como estaba disfrazada, se acercó con total descaro.
—Oigan, ¿ustedes son amigas cercanas de Lorena?
Las dos mujeres la miraron con recelo al verla con gorra, chamarra y lentes oscuros.
—¿Tú quién eres? —preguntó la de pelo largo, con voz firme y algo alzada.
—Eh, soy compañera suya de la escuela. Pasaba por aquí de casualidad, pero no recuerdo dónde queda su casa —mintió Valentina.
—¡Ahí es! —La de pelo corto señaló la casa de Lorena—. Ahora está bonita, seguro ni la reconoces, ¿verdad?
—Sí, antes era de madera y lámina. —Valentina recordaba perfectamente la casa de la familia de Lorena, de cuatro años atrás, cuando fue a visitarla porque estaba enferma.
—Es que ella gana bien. Doscientos dólares a la semana... o sea ochocientos al mes. Y eso sin contar las horas extra —señaló la de pelo largo con un dejo de envidia.
Valentina se quedó pasmada al oír esa cifra. Según lo que ella sabía, el sueldo de Lorena era de unos noventa dólares semanales, y en buenas semanas podía llegar a ciento veinte. En la granja avícola, los pagos eran semanales porque los trabajadores necesitaban dinero para comer y cubrir sus gastos.
—Parece que su novio es generoso y le regala cosas caras —agregó la de pelo corto.
—Ojalá que el chisme de las redes sobre Lorena no sea cierto, ¿eh? —Valentina les dedicó una sonrisa amplia.
—¿Qué chisme? —preguntaron ambas al unísono.
—¡Ay, ¿no se enteraron?! —Valentina bajó la voz y las dos negaron con la cabeza al mismo tiempo—. Búsquenla en las redes. Métanse a cualquier plataforma.
Las dos mujeres abrieron sus redes sociales con avidez. Se les desorbitaron los ojos en cuanto vieron las publicaciones que llevaban viralizándose desde la tarde anterior.
En ese momento, la familia de Adrián y la de Lorena reían felices adentro de la casa, sin enterarse de que en internet su escándalo ya era carnaza de miles de comentarios. La noticia estaba a punto de llegar a su propio pueblo.