Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 4 La casa de las mentiras
Leo se queda inmóvil durante lo que parecen minutos enteros. La carta de Elena tiembla entre sus dedos, y cada palabra parece perforarle el pecho como una aguja caliente. "La rubia de la foto no soy yo." Entonces, ¿quién es esa mujer? ¿Por qué tiene su foto en el móvil? ¿Y por qué la ha tenido durante años sin saberlo?
La chaqueta de cuero de repente le pesa como una losa. Se sienta en el asiento del conductor del Renault, con la puerta abierta y los pies apoyados en el suelo polvoriento del almacén. El olor a sangre seca en el asiento le revuelve el estómago. Es su sangre. O la de Elena. O de alguien más.
Mira la fotografía de su aniversario. Él y Elena, abrazados, felices. Ella es morena, de ojos claros, con una sonrisa que parece genuina. No hay duda de que es la misma mujer de la carta, la que escribe con esa letra redonda y firme. Pero entonces, ¿quién es la rubia del móvil? ¿Una amante? ¿Una hermana? ¿Una desconocida?
El móvil vibra de nuevo. Otro mensaje anónimo:
"Sal de ahí. No te quedes mucho tiempo. Ellos saben que llegaste."
"Ellos". Otra vez ese plural vago que lo persigue. ¿Quiénes son ellos? ¿El hombre del traje? ¿El de las botas? ¿O hay más gente detrás de todo esto?
Leo guarda la carta y la foto en el bolsillo interior de la chaqueta. Luego se inclina para revisar el coche. Debajo del asiento encuentra un mapa doblado, de esos de carretera que ya nadie usa. Está marcado con un círculo rojo alrededor de la costa norte. Al lado del círculo, escrito con la misma letra de Elena: "Faro del Cabo Tormenta."
Ese es el lugar. El faro donde ella dice que lo espera. Pero si Elena está muerta, como le dijeron en el hospital, ¿quién lo espera allí? Su fantasma? ¿O es que nunca murió?
El motor del coche arranca a la primera. Leo sonríe con amargura. Su yo del pasado al menos fue previsor. Hay medio depósito de gasolina y un par de botellas de agua en el asiento trasero, junto con una mochila. Dentro de la mochila encuentra ropa de repuesto, un cargador de móvil, algo de dinero en efectivo y un cuaderno. Un cuaderno negro, de tapas duras, con las esquinas desgastadas.
Lo abre. Es su letra. Su letra apretada, con las eles torcidas. Pero lo que lee no es un diario corriente. Son fechas. Nombres. Lugares. Y al final de cada página, siempre la misma frase: "Ella no es quien dice ser."
¿Ella? ¿Elena? ¿La rubia? ¿Su madre?
Una de las páginas está doblada. La abre. Allí hay un dibujo a mano alzada, hecho con bolígrafo azul. Es el croquis de un faro. Y debajo, una inscripción:
"Aquí es donde todo empieza. Y aquí es donde todo termina."
El faro. Otra vez. Todo parece conducir a ese maldito faro en la costa.
Leo arranca el coche y sale del almacén con las luces apagadas. La noche se ha cerrado por completo y la zona industrial es un laberinto de sombras. Conduce durante unos minutos hasta que encuentra la carretera principal. Solo entonces enciende los faros.
El coche se mueve bien, pero hay un ruido en el motor que no le gusta. Un golpeteo metálico, como si algo estuviera suelto. Lo ignora. Por ahora, lo importante es llegar a la Calle de los Olivos. Su casa. O lo que fue su casa.
El GPS del móvil lo guía de vuelta a la ciudad. Mientras conduce, Leo va repasando todo lo que sabe hasta ahora:
Despertó en un hospital sin recordar los últimos cinco años.
Le dijeron que su esposa Elena murió en un accidente de tráfico.
Él mismo escribió una nota diciendo que no chocó, que saltó.
Tiene un tatuaje con coordenadas que no recuerda.
Encontró una carta de Elena que dice que ella lo espera en un faro.
La carta también dice que la rubia del móvil no es ella.
Alguien llamado "T" lo está guiando (o acechando).
Hay un hombre del traje y otro de botas siguiéndolo.
Tiene un cuaderno con fechas, nombres y la frase recurrente: "Ella no es quien dice ser."
Demasiadas piezas. Y ninguna encaja.
Llega a la Calle de los Olivos. Es una calle tranquila, con edificios de tres plantas y árboles que besan las aceras. El número 14 es un portal antiguo, con una puerta de madera pintada de verde oscuro y un timbre que no funciona. Leo usa la llave que encontró en la chaqueta. La primera llave abre la puerta de la calle. La segunda, la del piso 2°B.
El ascensor no funciona. Sube las escaleras con el corazón en la garganta. En el segundo piso, el pasillo está en penumbra, con una bombilla que parpadea igual que todas las demás en su vida desde que despertó. La puerta del 2°B tiene un felpudo que dice "Bienvenidos". Leo casi se ríe. Bienvenido a su propia vida, que no recuerda.
Abre la puerta.
El piso está oscuro. Huele a cerrado, a polvo y a algo más. A ausencia. Enciende la luz de la entrada. Un pasillo estrecho, con fotos en las paredes. Se acerca a la primera: él y Elena en la playa, con el mar de fondo. Morena. Elena es morena. Se acerca a la segunda: ellos dos en una boda, él con traje, ella con un vestido azul. Morena. Se acerca a la tercera: una foto más reciente, él con el pelo más corto y una barba bien recortada, ella con el mismo cabello oscuro y los mismos ojos claros.
Morena. Todas las fotos son de Elena morena. No hay ninguna rubia en esta casa.
Entonces, ¿por qué el móvil tiene el fondo de pantalla de una rubia? ¿De dónde salió esa foto? ¿Y por qué la tenía si no era su esposa?
Entra en el salón. Los muebles están cubiertos con sábanas blancas, como si alguien hubiera preparado la casa para una larga ausencia. Hay cartas sobre la mesa del comedor, todas sin abrir. Leo se sienta y las mira. La primera es del banco: aviso de impago de la hipoteca. La segunda, del seguro del coche: siniestro total, pendiente de peritaje. La tercera, un sobre sin remitente.
Abre el sobre sin remitente. Dentro, una foto reciente. Él, en un coche, con una mujer rubia al lado. Es la misma de la pantalla del móvil. Ella está riendo, él también. Parecen felices. Parecen íntimos. Al dorso, una fecha: "Hace tres meses."
Tres meses. Elena, según la carta, ya no estaba. O al menos, ella escribió como si ya no fuera a estar. ¿Acaso él se fue con otra mujer antes de que Elena "muriera"? ¿La rubia es su amante? ¿Y por qué Elena le dice que no es ella? ¿Acaso Elena sabía de la rubia?
Y entonces, la pregunta más aterradora: Si Elena no es rubia, y la rubia existe, ¿quién es la mujer que le escribió la carta diciendo "Te espero en el faro"? Porque en la carta, la letra es de Elena. Pero Elena, según las fotos de la casa, es morena. Y la carta dice que no es rubia.
¿O acaso la Elena morena de las fotos y la Elena de la carta son dos mujeres diferentes?
El mundo parece girar a su alrededor. Leo apoya la cabeza en la mesa y cierra los ojos. No puede ordenar las piezas. No sabe qué es real y qué es mentira. No sabe si su esposa está viva o muerta. No sabe si la rubia es su amante, su cómplice o su enemiga. Y no sabe quién le envió el mensaje de las coordenadas ni quién dejó la carta en el coche.
El móvil vibra de nuevo.
"Mira debajo del sofá."
No hay remitente. Pero esta vez, Leo siente que quien le escribe no es un enemigo. Al menos no del todo.
Se levanta y arrastra el sofá. Debajo, en el suelo, hay una caja fuerte pequeña, de las que se abren con llave. Busca entre las llaves. La tercera, la que no sabía para qué servía, encaja perfectamente. La abre.
Dentro, no hay joyas ni dinero. Hay un pasaporte. No es el suyo. El pasaporte es de una mujer. Rubia. Se llama Irene. No Elena. Irene.
Y hay una nota más, pegada con cinta adhesiva:
"Si estás leyendo esto, significa que has vuelto a casa. Y significa que ya sabes que Elena no es Elena. Irene tampoco es Irene. La única persona que dice la verdad eres tú, Leo. Pero has estado demasiado tiempo mintiéndote a ti mismo. Ve al faro. Allí encontrarás a la única mujer que nunca te ha mentido. La que está esperando desde hace cinco años."
¿Cinco años? ¿La única que nunca le ha mentido? ¿Quién?
En el fondo de la caja fuerte, junto al pasaporte, un mechón de cabello. Rubio.
El cabello de la mujer del móvil. El cabello de Irene. O el de quien ella sea.
Leo guarda todo en la mochila y sale de la casa con el corazón desbocado. No puede quedarse más tiempo. El piso se siente como una tumba, y cada foto, cada carta, cada objeto, le grita una mentira distinta.
Baja las escaleras corriendo y sale a la calle. El coche está donde lo dejó. Se sube, arranca y conduce sin rumbo durante unos minutos, hasta que el GPS lo redirige a la carretera de la costa.
El faro del Cabo Tormenta está a tres horas de allí. Tres horas para ordenar sus ideas. Tres horas para decidir a quién creerle.
Pero cuando mira por el espejo retrovisor, ve unas luces detrás de él. Un coche negro que lo sigue desde que salió de la Calle de los Olivos.
Aprieta el acelerador.
Y el coche negro acelera también.