¡Que escuchen los hombres, que escuchen los reyes y que escuchen los cielos! ¡Si la moralidad del mundo exige que renuncie a ti, destruiré el mundo! ¡Y si el cielo mismo intenta separarnos, le declararé la guerra a los mismos dioses! ¡Mi único reino es tu corazón, Elysian!
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LA NOCHE EN QUE LAS ESPINAS DESPERTARON
La noche había descendido lentamente sobre Valdorian.
Desde las altas ventanas de la Ciudadela, la ciudad parecía un mar de luces doradas. Las torres estaban iluminadas, los estandartes negros y plateados ondeaban suavemente bajo la brisa y, en las calles, los últimos comerciantes recogían sus puestos.
Por primera vez en mucho tiempo, el reino dormía sin miedo.
Pero en el interior de la fortaleza, dos corazones habían decidido olvidar por unas horas que existía un reino que gobernar.
Kaelen cerró la puerta de sus aposentos.
Luego echó el cerrojo.
Elysian sonrió.
—¿Esperas un ataque?
—No.
Kaelen se acercó lentamente.
—Espero que nadie nos moleste.
Elysian soltó una pequeña risa.
—¿Incluso si se trata de un asunto de Estado?
—Especialmente si se trata de un asunto de Estado.
—Eres un rey terrible.
—Y tú eres el único hombre que puede decírmelo sin terminar en las mazmorras.
Elysian levantó una ceja.
—¿Seguro?
—Completamente.
Kaelen tomó su mano.
Durante un instante ninguno habló.
La luz de las velas dibujaba sombras suaves sobre el rostro de Elysian. Kaelen lo contempló con esa mirada que nunca había conseguido ocultar.
Elysian conocía aquella mirada.
Era la misma que había visto diez años atrás.
Solo que ahora estaba acompañada de algo más profundo.
Una necesidad casi dolorosa de proteger aquello que había recuperado.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elysian.
—Nada.
—Estás mirándome.
—Puedo hacerlo.
—Lo sé.
—Después de diez años, pienso aprovechar cada oportunidad.
Elysian sonrió.
—Entonces acércate.
Kaelen obedeció.
Lo besó lentamente, como si todavía temiera que aquello pudiera desaparecer.
Elysian rodeó su cuello con los brazos.
El mundo exterior dejó de existir.
No hubo consejo.
No hubo nobles.
No hubo ejército.
No hubo corona.
Solo ellos.
Kaelen acarició el rostro de Elysian con una ternura que nadie habría asociado con el hombre que había sido llamado monstruo en los campos de batalla.
—Te amo —susurró.
Elysian apoyó la frente contra la suya.
—Lo sé.
—No es suficiente.
—Entonces dímelo otra vez.
Kaelen sonrió.
—Te amo.
—Otra.
—Te amo.
Elysian cerró los ojos.
—Ahora sí.
La noche continuó envuelta en intimidad, besos y promesas.
Fuera de aquellas paredes, sin embargo, las sombras comenzaban a moverse.
Y una de ellas llevaba años esperando el momento de atacar.
Muy por debajo de la Ciudadela, en las antiguas catacumbas, una vela ardía frente a una figura encadenada.
Lord Malakor seguía vivo.
Derrotado.
Humillado.
Pero vivo.
Sus cadenas estaban grabadas con runas destinadas a impedir que utilizara magia.
Sin embargo, la magia no era la única herramienta de un hombre desesperado.
Malakor había comprado voluntades.
Un guardia.
Luego otro.
Después un tercero.
Uno de ellos había llevado un pequeño mensaje fuera de las catacumbas.
El mensaje llegó a manos de Lady Yvaine.
La mujer lo leyó en silencio.
Después sonrió.
—Entonces todavía tenemos una oportunidad.
Frente a ella se encontraba un grupo de mercenarios.
Hombres sin lealtad a ningún estandarte.
Solo al oro.
—¿Y el rey? —preguntó uno.
Yvaine dejó el mensaje sobre la mesa.
—Estará ocupado.
—¿Y los guardias?
—Serán distraídos.
—¿Y el sanador?
Yvaine sonrió.
—Ese es el verdadero objetivo.
El mercenario frunció el ceño.
—¿No la corona?
—La corona no sirve de nada si no podemos controlar al hombre que la lleva.
Se acercó a la ventana.
—Kaelen tiene un ejército.
Tiene espías.
Tiene generales.
Tiene magia.
Pero también tiene una debilidad.
—Elysian —dijo uno de los hombres.
Yvaine asintió.
—Elysian.