Divierte
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El gran susto
Aún no se le había pasado el susto del viaje equivocado a Don Pancracio, cuando una nueva aventura llegó para no dejarlo tranquilo. Una mañana soleada, mientras caminaba por el borde del bosque acompañado de Doña Cleotilde y el burrito Pelusa, tropezó con algo duro que sobresalía entre la hierba. Al sacudir la tierra, se quedó con la boca abierta: ¡era una caja vieja de madera, pesada y llena de óxido!
—¡Cielos! —exclamó él, con los ojos brillantes—. ¡Seguro es un tesoro escondido desde hace años! ¡Oro, monedas, joyas! ¡Por fin la buena suerte llegó a esta casa!
Sin esperar más, corrió de vuelta a casa cargando la caja como si fuera lo más valioso del mundo. Llegó jadeante, llamó a todos a gritos: Doña Candelaria, Don Filemón y Doña Filomena, Doña Loli y Don Basilio, los primos Toribio, Eustaquio y Chonita, y hasta mandó llamar al Padre Juan para que fuera testigo. En un abrir y cerrar de ojos, se reunieron todos en el patio, rodeando la misteriosa caja.
—¡Abran paso! —decía Don Pancracio, muy serio y emocionado—. ¡Vamos a ver qué riquezas guarda este tesoro! ¡Ya verán como dejamos de trabajar para siempre!
Todos guardaron silencio. Don Pancracio tomó un martillo, quitó los clavos con mucho cuidado y, con manos temblorosas, levantó la tapa...
¡Se hizo un silencio absoluto!
Dentro de la caja no había ni una sola moneda de oro. En su lugar, aparecieron montones de papeles viejos, recetarios antiguos, una muñeca sin un brazo, unas botas rotas, un frasco con polvo que parecía ceniza y ¡una enorme cantidad de semillas secas de todo tipo!
Don Pancracio se quedó mirando el contenido con la boca abierta, pálido como un papel.
—¿Esto... esto es todo? —susurró, desilusionado—. ¡Yo creí que era oro! ¡Y no es más que trastos viejos! ¡Qué tonto fui en emocionarme tanto!
Se sentó en el suelo, cabizbajo y muy triste. Doña Candelaria se acercó, miró bien los papeles y las semillas, y de pronto sonrió.
—Espera, Pancracio... ¡mira esto! Estas recetas son de hace muchísimos años, de nuestros abuelos. Y estas semillas... son variedades que ya casi no se consiguen. ¡No es oro, pero vale mucho más! ¡Es la memoria de nuestros antepasados y semillas que nos darán cosechas hermosas!
El Padre Juan asintió con sabiduría:
—Tu esposa tiene toda la razón, Pancracio. El verdadero tesoro no siempre brilla. A veces está en lo que guarda historia, en lo que sirve para alimentar y ayudar a los demás. ¡Has encontrado algo mucho más valioso que el oro!
Don Basilio, que observaba todo con atención, dijo:
—Y además, reuniste a todos nosotros por la emoción del hallazgo. ¡Ese también es un tesoro: la unión de la familia y los amigos!
Poco a poco, Don Pancracio fue entendiendo. Dejó de sentirse triste y una sonrisa volvió a su rostro.
—Tienen razón —dijo levantándose—. Perdónenme por querer solo riquezas que brillan. ¡Estas semillas las plantaremos todos juntos y compartiremos la cosecha con todo el pueblo! ¡Y las recetas las copiaremos para que nadie las pierda jamás!
Ese mismo día, entre todos ordenaron y limpiaron el contenido de la caja. Las recetas quedaron guardadas en un libro hermoso, y las semillas las repartieron entre todos para sembrarlas. Don Pancracio aprendió una lección maravillosa: lo más valioso no se guarda en una caja, sino que se lleva en el corazón: la familia, los amigos y la alegría de compartir.
Y mientras todos charlaban y reían, Doña Cleotilde picoteó una semilla que se había caído al suelo, como diciendo: "¡Aquí está el verdadero tesoro, alimento para todos!". 🌱💛