Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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capitulo 12: El precio de quedarte
Isaac no mejoraba. La fiebre le quemaba la piel y deliraba entre sábanas húmedas, llamando a nombres que ya no estaban. Cada respiración le costaba. Gael registró cada rincón de la casa vacía, abriendo cajones y ollas. No quedaba nada. Ni una moneda, ni hierbas, ni remedios.
En el suelo, Tomás y Luna estaban abrazados, tiritando de frío y hambre. La casa se sentía demasiado grande y demasiado silenciosa sin comida en la mesa. Luna tomó su manta más vieja, la que olía a ella, y tapó con cuidado a Isaac.
—Pa’ que no tenga frío, hermano —susurró, acomodándole la tela bajo el mentón.
Gael los miró a los tres. Tenía los ojos rojos de no dormir.
—Quédense aquí. No salgan. Yo me encargo —dijo, y salió antes de que alguien pudiera detenerlo. La puerta crujió y el viento de la madrugada se metió por un segundo.
Las calles estaban vacías. Gael caminaba rápido, muerto de sueño y de miedo. En un callejón oscuro, entre basura y cajas rotas, vio unos billetes tirados en el suelo. Estaban húmedos y sucios. Miró a ambos lados. Nadie. Solo un gato que se escondió.
Es ahora o nunca, pensó. Su corazón le latía en la garganta. Y los tomó.
Volvió corriendo como si lo persiguieran. Compró medicina, pan y fruta. Lo poco que alcanzó. Entró a la casa agitado y le dio el remedio a Isaac entre manos temblorosas. Esa misma noche, Isaac sudó tanto que empapó la almohada. Cuando la fiebre cedió, abrió los ojos. Estaba débil, pálido, pero consciente. Tomás y Luna se le tiraron encima llorando de alivio.
Al día siguiente, Gael llegó con bolsas en ambas manos. Cuadernos nuevos, lápices y ropa simple para Tomás y Luna. Por primera vez en días, hubo comida caliente en la mesa. Pan con fruta. Se comieron todo en silencio, como si tuvieran miedo de que desapareciera.
Isaac lo miró largo rato desde la cama y solo dijo, con la voz rota:
—Gracias... por no rendirte.
Pasaron los días. Isaac ya podía ponerse de pie sin marearse. Se ató los zapatos y salió a buscar trabajo. Barrer veredas, cargar cajas, lo que saliera. Volvía con las manos rojas y la espalda adolorida, pero con algo en el bolsillo.
—Ya no quiero ser una carga —le dijo a Gael esa tarde, mientras dejaba unas monedas en la mesa.
Gael no respondió. Solo asintió y le sirvió más comida. La casa se sintió un poco más en paz. Como si respirara de nuevo.
Cuando Gael volvía del mercado con una bolsa, una mano lo agarró fuerte del brazo y lo giró.
—¡Tú! Te vi tomar ese dinero el otro día en el callejón —escupió un hombre.
Detrás de él apareció otro, mayor, con cara cansada.
—Ese dinero era mío. Lo perdí —dijo, mirando las bolsas del colegio, el pan, a Isaac débil apoyado en una pared.
Se los llevaron a declarar. Isaac no lo pensó dos veces.
—Voy contigo —dijo, y tomó la mano de Gael sin soltarla.
Antes de cruzar la calle, Gael se giró hacia los pequeños que los miraban desde la vereda.
—Quédense aquí, cuídense —ordenó con voz rota.
Tomás y Luna se quedaron en la puerta, abrazados. Miraron cómo se los llevaban entre dos hombres. Tomás apretó los cuadernos nuevos contra su pecho sin decir nada. Luna lloraba en silencio, mordiéndose el labio.
Dentro de la comisaría, el dueño los miraba con rabia. Gael tenía la cabeza baja, los hombros vencidos. Isaac, pálido pero firme, se puso a su lado. Dando la cara por él por primera vez.
Afueras, Tomás le susurró a Luna con la voz temblando:
—Si se los llevan... ¿quién nos cuida ahora?
Y la puerta de la comisaría se cerró con un golpe seco.