Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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02
Marcia se cambió de ropa en cuanto llegó a su casa y después partió hacia la pastelería, que era suya. Rodrigo y su familia no tenían idea de que el negocio donde Marcia "trabajaba" le pertenecía; estaban convencidos de que no era más que una empleada.
Cuando el auto se detuvo en un semáforo, Marcia vio el carro de Rodrigo junto al suyo. La ventanilla estaba medio abierta, y lo que descubrió le heló la sangre: una mujer se colgaba del brazo de su marido con toda la confianza del mundo.
Parecían una pareja de recién casados. Cualquiera que los viera los habría tomado por marido y mujer.
¿Quién es esa mujer? ¿Qué hace en el auto de Rodrigo? Marcia no la reconoció.
Rodrigo ni se percató de que el auto de lujo a su lado era el de su propia esposa. Para él, Marcia era una simple empleada de pastelería y nada más. Pero desde su asiento, Marcia pudo verlo todo con claridad: su marido iba con otra.
Así que por eso te volviste tan frío y distante estas últimas semanas... La sospecha empezaba a cobrar forma.
El semáforo cambió a verde. Los autos avanzaron, cada uno por su rumbo. Marcia se dirigió a la pastelería sin seguirlo; ya averiguaría después.
—¡Buenos días, señora Marcia! —la saludó Daniela, la cajera, cuando la vio entrar.
—Buenos días, Daniela —respondió Marcia con una sonrisa.
Marcia fue directo al área de producción para revisar a su equipo, que ya trabajaba en los pedidos del día.
—¡Buenos días a todos! —los saludó con calidez.
Intercambió unas palabras con sus empleados y les preguntó si ya habían desayunado. Como todos ya habían comido, Marcia pidió algo solo para ella.
Nadie en la familia de Rodrigo conocía la verdadera identidad de Marcia. A petición de su madre, Marcia había ocultado quién era desde el principio. No entendía la razón detrás de esa exigencia, pero confiaba en que no tardaría en comprenderlo.
Mientras comía, no podía dejar de pensar en la mujer que había visto con Rodrigo. Estaba segura de que no era Isabella.
¿Será una compañera de trabajo? Debería preguntarle a Valentina... Al fin y al cabo, ella es la dueña de la empresa donde trabaja Rodrigo.
Valentina era la novia de Gabriel, el hermano mayor de Marcia. Estaban comprometidos y su boda se acercaba.
Qué tonta, se me olvidó tomarle una foto a esa mujer. La próxima vez no se me va a escapar. Así podré preguntarle a Valentina quién es.
Rodrigo le debía su puesto de gerente a Marcia: ella le había pedido a su futura cuñada que lo ascendiera. Rodrigo no tenía idea de que Valentina, la dueña de la empresa, conocía a Marcia. Ni siquiera sabía que Gabriel era hermano de su propia esposa.
A la boda de Marcia y Rodrigo no había asistido ningún familiar de ella. La excusa fue que todos estaban en el pueblo.
Puedo buscar por redes sociales, pensó Marcia, y una leve sonrisa le cruzó el rostro.
Sacó el teléfono de su bolso de marca y buscó el perfil de Rodrigo. Usaba una cuenta falsa con la foto de una modelo asiática para que él no sospechara.
Según Rodrigo, Marcia ni siquiera tenía redes sociales. El celular que ella usaba delante de él era un trasto viejo con la pantalla destrozada, porque Marcia le ocultaba todo.
—¡Aquí está! —murmuró triunfante al encontrar el perfil de Rodrigo.
Le envió una solicitud de amistad. En cuestión de segundos, Rodrigo la aceptó.
—Vaya, qué rápido cuando se trata de una cara bonita... —Marcia acababa de confirmar que su marido no le hacía el feo a ninguna mujer atractiva.
* * *
En otro lugar de la ciudad.
Rodrigo y Pamela llegaron juntos a la oficina, caminando de la mano sin el menor disimulo. Rodrigo jamás había presentado a Marcia como su esposa frente a sus colegas: para ellos, era soltero. Lo que todos veían era que Rodrigo y Pamela eran pareja.
—¡Pero miren a los tortolitos, tan temprano y ya andan de melosos! —bromeó Adrián, un compañero de trabajo.
—¿Y qué esperabas, hermano? Soy gerente, tengo que andar bien acompañado —Rodrigo se infló de orgullo.
—Nada más no te olvides de la invitación a la boda, ¿eh? —insistió Adrián.
—Tranquilo, ya te llegará —respondió Rodrigo con suficiencia.
En ese momento, Valentina también llegaba a la oficina. Al pasar junto a Rodrigo y Pamela, los vio tomados de la mano.
—Vaya, ¿así que andan de novios? —comentó con naturalidad.
Los dos se soltaron de inmediato. Pamela se puso roja hasta las orejas.
—No tengo problema con eso, siempre y cuando no descuiden el trabajo... ni a la esposa que los espera en casa —Valentina lanzó la indirecta como un dardo certero.
—No estoy casado, señora —dijo Rodrigo, sonriendo con descaro.
—¿Ah, no? Yo creía que sí —Valentina fingió sorpresa a la perfección.
—No, señora. De hecho, estamos planeando casarnos pronto, Pamela y yo —insistió Rodrigo.
—Bueno, pues que todo salga bien. Con permiso —Valentina se alejó sin más.
Entró a su oficina conteniendo la rabia. Si no fuera por Marcia, ya le habría puesto a Rodrigo y a Pamela en su lugar. Valentina detestaba a los hombres infieles: su propio padre le había sido infiel a su madre.
¿Marcia sabrá que su marido anda con una compañera de trabajo? Tengo que hablar con ella directamente. Tomó el teléfono y llamó a la que pronto sería su cuñada.
—Oye, Marcia, ¿estás ocupada? ¿Comemos juntas al mediodía? —fue directo al grano.
—Claro, Valentina. ¿Dónde nos vemos? —preguntó Marcia del otro lado de la línea.
—Te mando la ubicación. Tengo algo importante que contarte.
—Perfecto, mándamela y nos vemos allá —aceptó Marcia sin dudar.
Colgaron. Valentina no aguantaba las ganas de contarle a Marcia lo que su marido hacía a sus espaldas.