Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.
Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.
Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.
Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?
Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.
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Capítulo 7
Capítulo 7 — La deuda invisible
—Aceptan avanzar si Sebastián Montero firma como garante.
Luna fue la primera en reaccionar.
—No.
Valentina la miró.
—Eso debería decirlo yo.
—Pues dilo rápido, antes de que a alguien se le ocurra que es buena idea.
Rodrigo no se ofendió. Cerró la carpeta con calma.
—Grupo Arriaga no va a poner cinco millones sin garantía. La situación de Lumina no les permite justificarlo ante su comité.
—Entonces que no los pongan —dijo Valentina.
La frase salió firme. Demasiado firme para la presión que sintió en el pecho.
Cinco millones podían pagar Altamar, sostener nómina, detener el incendio legal y comprarles tiempo para recuperar confianza. Cinco millones podían hacer que Raúl y Melissa, si no volvían, al menos no hubieran salido de un barco hundiéndose.
Cinco millones con el nombre de Sebastián debajo eran otra cosa.
Una cadena invisible.
—¿Está segura? —preguntó Rodrigo.
—No.
Luna la miró.
Valentina tomó la carpeta y la empujó de vuelta hacia Rodrigo.
—Pero igual es mi respuesta.
Esa noche, en Las Lomas, Sebastián la esperaba en el despacho.
No en el comedor. No con cena. En el despacho, con los documentos de Grupo Arriaga sobre la mesa y la silla de ruedas colocada frente a la ventana. La luz de la lámpara le dejaba la mitad del rostro en sombra.
Valentina no se sentó.
—No voy a aceptarlo.
—Lo sé.
La respuesta le quitó fuerza al discurso que había ensayado en el taxi.
—¿Lo sabe?
—Rodrigo me llamó.
—Entonces también sabe que no quiero deberle nada.
Sebastián giró apenas la silla hacia ella.
—Ya me debes algo.
Valentina sintió que la sangre le subía al rostro.
—¿Perdón?
—Una conversación honesta.
El enojo se le quedó sin dirección por un segundo.
—No juegue con palabras.
—No estoy jugando.
—Si firma como garante, cada peso de Lumina va a tener su apellido encima. Cada proveedor, cada inversionista, cada persona como Camila Herrero va a decir que sigo viva porque usted decidió sostenerme.
—Van a decirlo de todos modos.
—Entonces no les daré pruebas.
Sebastián guardó silencio.
Valentina esperaba una orden, un argumento frío, una lista de consecuencias. Cualquier cosa. Pero él solo tomó los documentos, los alineó y los empujó a un lado.
—Entonces gana sola.
La frase no fue cruel. Eso la hizo más difícil de escuchar.
—Eso intento.
—Lo sé.
—No necesito su aprobación.
—No te la estoy dando.
—Suena parecido.
Sebastián apoyó la mano sobre la rueda de la silla. La pulsera de ébano rozó el metal.
—Tienes un mes.
Valentina frunció el ceño.
—¿Un mes para qué?
—Para conseguir una alternativa sin mi garantía. Durante ese tiempo Rodrigo mantendrá la reestructura operativa, pero no presentaré mi nombre a ningún inversionista. Si al final del mes no hay puente, tendrás que decidir si prefieres deberme a mí o cerrar Lumina.
El golpe fue limpio.
Valentina tragó saliva.
—No use mi empresa para acorralarme.
—No estoy acorralándote. Estoy poniendo un calendario.
—Eso también suena parecido.
—Puede ser.
Ella tomó la carpeta antes de recordar que la había rechazado.
—Un mes.
—Un mes.
—Y no quiero llamadas secretas a mis prospectos.
—No las habrá.
—Ni favores disfrazados.
—No te prometo controlar lo que otros hagan por miedo a quedar mal conmigo.
—Conveniente.
—Realista.
Valentina apretó la carpeta contra el cuerpo.
—Voy a conseguirlo sin usted.
Sebastián la miró con esa calma que ya no sabía si era confianza o condena.
—Hazlo.
Al día siguiente, empezó a llamar.
No a los nombres que Rodrigo había marcado en la lista del Consejo. A los suyos. Excompañeros de universidad, fondos pequeños, empresarios medianos que alguna vez le pidieron una demo y luego desaparecieron cuando Diego prometió cerrar una ronda grande.
La primera reunión fue en una cafetería de Polanco con un inversionista que pidió leche de almendra, habló veinte minutos de "mujeres fundadoras" y al final dijo que el momento era complicado.
—Nos encanta tu resiliencia —dijo.
Valentina cerró su carpeta.
—No estoy vendiendo resiliencia. Estoy levantando capital.
El hombre sonrió como si ella hubiera hecho un chiste.
No invirtió.
La segunda fue por videollamada. Un fondo de Monterrey pidió acceso completo a la data industrial, descuento agresivo y derecho preferente de compra sobre la empresa si Lumina no pagaba en seis meses.
—Eso no es inversión puente —dijo Valentina—. Es comprarme la casa mientras se está incendiando.
—Es el mercado, Valentina.
—Entonces el mercado puede esperar mi respuesta por escrito.
Cortó antes de decir algo que Luna no pudiera arreglar en un correo.
La tercera fue peor. Un empresario del Bajío le preguntó, con sonrisa amable, si Sebastián Montero estaba "realmente detrás" de ella.
Valentina cerró el portafolio.
—Detrás de Lumina estoy yo.
—Claro, claro. Pero me entiende.
—Lo entiendo perfectamente.
Se levantó.
Luna la encontró de regreso en la oficina, parada frente a la máquina de café como si fuera una enemiga personal.
—¿Tan mal?
—Uno quiso datos gratis, otro quiso comprar el incendio y otro preguntó si Sebastián me presta sombra.
Luna hizo una mueca.
—Puedo atropellarlos con una silla de oficina.
—No tenemos presupuesto para pagar daños.
—Cierto.
Rodrigo apareció media hora después con una hoja impresa.
—Resumen de respuestas.
Valentina la tomó. Había columnas con nombres, montos posibles, riesgos y comentarios. Algunos eran técnicos; otros daban vergüenza ajena.
"Esperar a que Montero confirme participación."
"Revisar si Lumina puede integrarse como unidad de innovación."
"Condicionar desembolso a cesión de data."
Luna leyó por encima y apretó los labios.
—Traducción: quieren comprarte barata o usar a Don Sebastián como seguro de vida.
—Quédate con esa frase para cuando tengamos presupuesto de mercadotecnia.
Rodrigo señaló una línea con el bolígrafo.
—Esta oferta es la menos agresiva.
Valentina la revisó. Dos millones ahora, tres después, pero con derecho de veto sobre contrataciones clave y opción de compra si Lumina no llegaba a ingresos mínimos en cuatro meses.
—Eso me deja de directora decorativa.
—Sí.
Al menos no lo maquilló.
Valentina dejó la hoja sobre la mesa.
—Entonces no.
Luna se pasó ambas manos por el cabello.
—Necesito decirlo, aunque me odies: no podemos rechazar todo.
—No estoy rechazando todo. Estoy rechazando que Lumina cambie de dueño por una emergencia que otro provocó.
Rodrigo la observó como si acabara de poner una pieza interesante en un tablero.
—Eso va a costarle tiempo.
—Ya sé.
—Y dinero.
—También sé.
—Entonces lo anoto como decisión de dirección.
—Anótelo.
Valentina tomó el café y volvió a la sala de juntas. Sobre la pared, el mapa de objetivos seguía ahí. Tachó con plumón rojo "ronda puente" y debajo escribió: "ronda limpia".
Luna leyó la frase.
—Eso suena bonito, pero el banco no acepta frases bonitas.
—Entonces vamos a traerle números feos.
Durante diez días, Valentina durmió poco, comió menos y rechazó tres ofertas que habrían salvado la caja a cambio de entregar el cuello. Rodrigo no opinó. Solo entregaba reportes y corregía cifras cuando era necesario. Sebastián tampoco preguntó en Las Lomas. Cada noche había cena servida, y cada noche ella comía lo justo para no desmayarse frente a él.
El día once, a las 11:47 p.m., su celular vibró sobre el escritorio de Lumina.
Número desconocido.
Valentina pensó que era otro proveedor.
Abrió el mensaje.
"Me interesa escuchar la propuesta de Lumina. Sin Grupo Montero. Sin garantía externa. Club Dorado, mañana, 8:00 p.m. Pregunte por la sala Ámbar."
Debajo no había nombre.
Solo una segunda línea:
"Vaya sola."