Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.
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capitulo 24
Valeria
Los mellizos cumplieron diez meses una semana antes de Navidad.
Roma se había vestido de luces y frío, y el penthouse de Leonardo olía a canela y a pino. Isabella había enviado un árbol de Navidad de dos metros que llegó con tres hombres de mudanza y una caja llena de adornos de cristal que costarían más que mi alquiler de todo el año.
—Es demasiado
dije, mientras Leonardo colocaba una estrella en lo alto del árbol con Tomas en un brazo y Lucía gateando entre las cajas de adornos.
—Es mi madre. No conoce la palabra demasiado.
—Los adornos de cristal son peligrosos. Si los mellizos los alcanzan...
—Por eso los he puesto en las ramas de arriba. Donde no llegan.
—¿Y cuando aprendan a trepar?
Leonardo me miró con una expresión de horror que me hizo reír.
—¿A trepar?
—Los niños trepan. Es normal.
—Pensaba que gatear era lo peor.
—Gatear es solo el principio. Después vienen las escaleras, los muebles, las cortinas... todo lo que pueda servir para subir.
—¿Y cómo se evita?
—No se evita. Se aprende a vivir con ello. Y se reza para que no se rompan nada importante.
Leonardo soltó una risa que hizo que Tomas se riera también, ese sonido contagioso que tenía desde que había aprendido a hacerlo. Bajó al pequeño del brazo y lo dejó en la alfombra junto a Lucía, que había encontrado una caja de adornos y la estaba examinando con la seriedad de un científico ante un descubrimiento.
—Vale
dijo Leonardo, con una voz que ya conocía, la que usaba cuando quería decir algo importante.
—¿Te quedas a cenar esta noche?
—Tengo que estudiar.
—Puedes estudiar aquí. Después de que los mellizos duerman. Tengo un escritorio en mi habitación que nunca uso.
—Tu habitación...
—No tiene nada de malo. Es solo un escritorio. Y unas sillas. Y una cama, pero no vas a usar la cama. A menos que quieras.
—Leonardo...
—Era un chiste. Un chiste malo. Retiro lo de la cama.
Me reí a pesar de mí misma. En las últimas semanas, algo había cambiado entre nosotros. Desde aquel día en que casi nos besamos, desde aquellos mensajes en la noche, desde que le dije que no sabía hacer esto sin que doliera, habíamos estado construyendo algo. No sabía cómo llamarlo. No era una relación, no todavía. Era algo más frágil, más lento, como una planta que echa raíces antes de atreverse a florecer.
—Está bien
dije.
— Me quedo. Pero solo si tú cocinas.
—¿Para qué quieres que cocine yo si luego te quejas?
—Para reírme un rato.
—Eres cruel.
—Lo sé.
La cena fue un desastre, como todas las veces que Leonardo intentaba cocinar.
La pasta se le había pasado, la salsa tenía un sabor extraño que no supimos identificar, y los tomates cherry que había puesto como guarnición estaban más cerca de ser sopa que de ser otra cosa. Pero nos la comimos igual, sentados en la isla de la cocina con los mellizos ya dormidos en sus cunas, y me di cuenta de que no recordaba la última vez que había cenado con alguien que no fuera yo misma.
—Está horrible
dijo Leonardo, probando su plato.
—Está horrible
asentí.
— Pero no es horrible con intención.
—¿Qué significa eso?
—Que se nota que te has esforzado. Y eso lo hace mejor que cualquier pasta de restaurante.
Me miró con una expresión que no supe descifrar. Era algo entre la ternura y la incredulidad, como si no estuviera acostumbrado a que nadie valorara sus esfuerzos.
—Mi madre nunca cocinaba
dijo, jugando con los restos de pasta en su plato
—Teníamos cocinera. Desde que yo era pequeño. Mi padre decía que las mujeres de la familia Fontana no manchaban sus manos en la cocina.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que mi padre es un imbécil. Pero no se lo digas.
—No se lo diré.
—Y creo que me gusta cocinar. Aunque se me dé mal. Me gusta hacer cosas para los demás.
—¿Para los demás o para mí?
La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Leonardo me miró, y en sus ojos azules vi cómo la sorpresa se transformaba en algo más profundo.
—Para ti
dijo, con una simpleza que me desarmó.
— También para los mellizos. Pero sobre todo para ti.
El silencio se instaló entre nosotros. No era un silencio incómodo, no era el silencio de quien no sabe qué decir. Era el silencio de quien está a punto de decir algo y espera el momento exacto.
—Vale
dijo Leonardo, dejando su tenedor sobre la isla.
— ¿Te acuerdas de aquel día en el parque? Cuando la señora nos confundió con los padres de los mellizos.
—Me acuerdo.
—Y del ascensor. Cuando me dijiste que tenías miedo.
—También me acuerdo.
—Y de los mensajes. Cuando te dije que esperaría todo el tiempo que necesitaras.
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo nada
dijo, con esa prisa que ya conocía, la de quien teme que me vaya antes de terminar
—Solo quiero que sepas que han pasado tres meses. Tres meses desde que apareciste en mi puerta con tu uniforme celeste y me enseñaste a cambiar pañales. Tres meses desde que me enseñaste que se puede ser feliz sin fiestas ni champán. Tres meses desde que me enseñaste que querer no es rendirse.
—No te he enseñado nada.
—Me has enseñado todo.
Se levantó de la isla y dio la vuelta hasta quedar frente a mí. Yo no me moví. No podía. Tenía las piernas temblorosas y el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo.
—Vale
dijo, y mi nombre en su boca sonó como una promesa.
— Te quiero. No porque necesite que me ayudes con los niños. No porque esté solo. Te quiero porque cuando llegas por la mañana, el mundo tiene sentido. Porque cuando te ríes, me olvido de todo lo demás. Porque cuando te vas, ya estoy contando las horas para que vuelvas.
—Leonardo...
—No te estoy pidiendo que me digas nada. Solo quería que lo supieras. Para que no te quedara ninguna duda.
Me levanté. Mis piernas apenas me sostenían, pero me levanté. Y cuando estuve frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, tan cerca que podía ver las pequeñas arrugas que le habían aparecido en los ojos desde que los mellizos llegaron, hice lo que había estado queriendo hacer desde aquel día en el ascensor.
Lo besé.
No fue un beso suave. No fue un beso de prueba. Fue un beso con todo, con los labios y las manos y el corazón, con tres meses de espera y de miedo y de querer sin atreverme a decirlo.
Leonardo me sostuvo como si fuera a desaparecer, con una mano en mi cintura y otra en mi nuca, y me besó como si llevara toda la vida esperando. Su boca sabía a pasta mal hecha y a vino tinto, su barba me raspaba la piel, y yo me aferré a su camisa como si fuera lo único que me quedaba en el mundo.
Cuando nos separamos, estábamos los dos sin aliento.
—Eso...
dijo Leonardo, con la voz ronca.
— Eso no me lo esperaba.
—¿No?
—Llevo tres meses esperándolo. Pero no me lo esperaba.
—Eres un imbécil.
—Lo sé.
Volví a besarlo. Y esta vez fue más lento, más profundo, más de todo. Sus manos recorrieron mi espalda, mis brazos, mi cintura, como si quisiera memorizar cada curva con las yemas de los dedos. Y yo me dejé hacer, porque después de tres meses de miedo, después de una vida entera de esperar lo peor, había decidido que él merecía una oportunidad.
Que nosotros la merecíamos.
—Vale
dijo Leonardo, separándose apenas lo suficiente para hablar.
— ¿Esto significa...?
—Significa que te quiero
dije, y las palabras salieron más fáciles de lo que esperaba.
— Significa que tengo miedo, pero te quiero. Significa que no sé hacer esto, pero quiero aprender. Contigo.
Su sonrisa iluminó toda la cocina. Era una sonrisa que no le había visto nunca, una sonrisa de niño al que acaban de regalarle el mundo.
—Te quiero
dijo, como si quisiera probar las palabras.
—Te quiero, Valeria Rossi.
—Te quiero, Leonardo Fontana.
Nos besamos otra vez. Y otra. Y otra. Y cuando finalmente nos separamos, con las mejillas ardiendo y los labios hinchados y el corazón tan lleno que parecía que iba a explotar, oímos un ruido desde la habitación de los mellizos.
—Tomas
dijo Leonardo, con una risa ahogada.
—O Lucía. O los dos.
—¿Vamos?
—Vamos.
Caminamos hacia la habitación con los dedos entrelazados, como si tuviéramos miedo de soltarnos. Tomas estaba de pie en su cuna de pie, por primera vez, aferrado al barandal con una mano y señalando hacia la puerta con la otra.
—Pa pa
dijo cuando nos vio.
—Ma ma
dijo Lucía desde su cuna, también de pie, también señalando.
Nos miramos. Y en los ojos de Leonardo vi la felicidad y el orgullo que yo también tenía.
—Han crecido
dijo Leonardo, con la voz ronca.
—Sí.
—Y nosotros también.
—Sí.
Tomamos a los mellizos en brazos, uno cada uno, y nos quedamos en medio de la habitación con los cuatro abrazados. Afuera, las luces de Navidad iluminaban Roma. Adentro, en un penthouse que ya no era frío, que ya no era solo de Leonardo, que ahora también era un poco mío, empezaba algo que ninguno de los dos sabía cómo nombrar pero que los dos queríamos proteger.
—¿Te quedas esta noche?
preguntó Leonardo, con la voz baja para que los mellizos no se despertaran del todo.
—Me quedo.
—¿Para siempre?
—Eso no lo sé
dije, y la honestidad me pesó en la lengua.
— Pero esta noche me quedo.
Asintió. No pidió más. No exigió promesas que no podía hacer. Solo apretó mi mano sobre el cuerpo de Lucía, que ya se dormía otra vez, y me sonrió con esa sonrisa que había estado esperando tres meses.
Esa noche dormí en el penthouse. En la cama de Leonardo. Con los mellizos en sus cunas al lado, y sus brazos alrededor de mí, y el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración.
No fue la primera vez que dormía allí había pasado muchas noches en la habitación de invitados, cuando los mellizos estaban enfermos o cuando Leonardo no podía con ellos pero fue la primera vez que me desperté sintiendo que estaba en mi sitio.
Cuando el sol entró por los ventanales a la mañana siguiente, Leonardo ya estaba despierto, mirándome con esos ojos azules que parecían verlo todo.
—Buenos días
dijo.
—Buenos días.
—¿Te has arrepentido?
—No.
—¿Todavía tienes miedo?
—Sí. Pero menos.
Sonrió. Me besó en la frente, en la nariz, en los labios. Y cuando los mellizos empezaron a despertarse en sus cunas, cuando Lucía dijo
ma ma y Tomas dijo pa pa, cuando los cuatro estábamos en esa cama que era demasiado grande para uno pero perfecta para cuatro, supe que valía la pena.
Que el miedo valía la pena. Que el riesgo valía la pena. Que él valía la pena.
—Te quiero
dijo Leonardo, como si me estuviera leyendo el pensamiento.
—Yo también te quiero.
Y por primera vez en mi vida, no tuve miedo de decirlo.