Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 22: No te dejare ir
El hotel se alzaba en una zona elevada y apartada de la ciudad, un edificio de cristal y mármol que brillaba con discreción entre la vegetación, considerado el lugar más exclusivo y reservado de toda la región. Al entrar, el silencio era absoluto, roto solo por el suave sonido de las fuentes en el vestíbulo y el crujido de la alfombra gruesa bajo sus pies. Elisa cruzó el salón sin mirar a nadie, sintiéndose ajena a toda esa elegancia, como si fuera una sombra perdida entre tanto lujo. Al llegar a la suite que había reservado, cerró la puerta con llave, se apoyó contra ella y dejó escapar todo el aire que había estado reteniendo.
Caminó despacio hasta el gran ventanal que ocupaba toda una pared, desde donde se veía la ciudad extendida a lo lejos, todavía envuelta en la luz temprana de la mañana. Se sentó en el borde de la cama inmensa, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y dejó que los pensamientos la golpearan una y otra vez con la misma crudeza: Luis, con esa chica, tan cariñoso, tan suelto, tan ajeno a todo lo que ella había sufrido por él. Las risas, el helado, la forma en que la miraba… todo le confirmaba que ella había sido la tonta que cargó con una culpa que nunca le perteneció, que él ya había roto todo mucho antes de que ella siquiera se atreviera a mirar a otro lado. Y luego estaba Marco: la imagen de él con esa mujer, sus manos, sus movimientos, la promesa rota de que lucharía por ella contra todo y contra todos. Se sentía vacía, traicionada por quienes más se lo merecían, y tan cansada que no tenía ni fuerzas para llorar ya.
De repente, el sonido de la cerradura electrónica al abrirse la hizo saltar del susto. Se puso de pie de un salto, con el corazón a punto de salírsele por la boca, pensando que sería Esteban, que él había llegado rápido como siempre prometía. Pero cuando la puerta se abrió de par en par, quien apareció en el umbral no era él.
Era Marco.
Llevaba su traje negro impecable, perfectamente planchado, la camisa blanca sin una sola arruga y la corbata ajustada con precisión, como si acabara de salir de una reunión de negocios y no hubiera pasado la noche en vela ni hubiera tenido que buscarla por toda la ciudad. Su presencia llenó la habitación al instante, imponente, arrolladora y llena de una furia contenida que casi se podía palpar en el aire. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y caminó hacia ella despacio, con esa calma que asustaba más que cualquier grito.
—¿De verdad creíste que podías huir de mí? —le preguntó con voz grave, profunda y cortante, como si cada palabra fuera una orden que no admitía negativa—. ¿Crees que puedes desaparecer así, sin decir una palabra, y que yo me quedaría sentado esperando a que te diera la gana volver?
Elisa dio un paso atrás, hasta que sus piernas rozaron el borde de la cama.
—¿Cómo supiste dónde estaba? —atinó a preguntar con voz temblorosa—. Nadie sabía que vendría aquí.
Marco la miró fijamente a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo, y respondió con una tranquilidad que le heló la sangre:
—Este lugar es mío, Elisa. Todo lo que ves aquí me pertenece. No hay puerta, ni ventana, ni rincón en esta ciudad donde yo no pueda llegar si realmente quiero hacerlo. Y tú sabes perfectamente que yo siempre consigo lo que me propongo.
Ella se quedó helada, más por la revelación de su poder absoluto que por cualquier otra cosa. Todo este tiempo, ese refugio que había buscado para estar sola había sido suyo, y él había sabido de su llegada desde el primer momento. Sintió cómo la desesperación se mezclaba con la rabia que ya llevaba dentro por lo de Luis, y sintió que ya no tenía nada que perder.
Marco se quitó el saco con un movimiento rápido y seco, lo dejó caer sobre una silla cercana y volvió hacia ella, acercándose hasta quedar a solo unos centímetros de su rostro. Le tomó suavemente los hombros con ambas manos, pero su agarre era firme, decidido a que no se escapara ni un segundo más.
—¿Por qué no contestas mis llamadas? —le exigió saber, con una mezcla de rabia y angustia—. ¿Por qué te fuiste anoche sin decirme nada? He estado volviéndome loco buscándote, pensando que te había pasado algo, que alguien te había hecho daño…
Elisa lo miró a los ojos, y por primera vez no sintió miedo, sino una frialdad que le salió desde lo más profundo del dolor.
—Te vi —le dijo simplemente, con voz rota pero firme—. Fui a dejar los documentos a la oficina y te vi con ella. No me digas que no es verdad, no me inventes nada. Lo vi todo. Así que lo que pase conmigo de ahora en adelante… ya no es asunto tuyo. Déjame en paz.
Intentó apartarse de él, darle la espalda y salir de esa habitación, pero Marco se quedó paralizado un instante, como si esas palabras le hubieran dado un golpe directo al pecho. Comprendió al instante lo que había pasado, por qué ella había huido, por qué lo miraba con esos ojos llenos de desprecio y de desamor. Y esa comprensión hizo que el control se le rompiera por completo.
Antes de que ella pudiera dar un paso más, la tomó con fuerza pero sin hacerle daño de las muñecas, la atrajo hacia sí con un movimiento brusco y la alzó en brazos como si no pesara nada. Elisa quiso gritar, quiso resistirse, pero él la dejó caer suavemente sobre la cama y se colocó encima de ella, sujetándola con su cuerpo imponente, impidiéndole cualquier movimiento, mirándola con unos ojos que ardían de deseo, de rabia y de una necesidad desesperada de hacerle entender que no la perdería por nada del mundo. Y en ese silencio cargado de electricidad, de mentiras y de pasión desbordada, se detuvo el tiempo, dejando claro que la batalla apenas empezaba.