Tras una dolorosa traición amarosa, Jane Macdogal ha cerrado las puertas de su corazon y se ha refugiado por completo en su trabajo como directora de una prestigiosa revista de moda en Nueva York. Sin embargo, su mundo se tambalea cuando el dueño de la empresa le anuncia un auditoria de emergencia para vender la compañia. El encargado de revisarlo todo es Adam Preston, un misterioso y actractivo experto en financias que revoluciona la vida de Jane desde su desastroso primer encuentro en el aeropuerto. Obligados a convivir dia y noche, y tras un accidentado viaje a la semana de la moda de París, la innegable atracción fisica da paso a un secreto mucho mas peligroso. Lo que comenzaba como una simple revision de numeros se convertira en una carrera a contrareloj para salvar la empresa. En un juego donde las apariencias engañan y los enemigos acechan en las sombras, Jane y Adam deberan aprender a confiar el uno en el otro si quieren salvar la empresa y sus propias vidas.
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CAPÍTULO DOCE. LA SOMBRA DE SALAZAR
La mañana siguiente amaneció gris, como si la ciudad presintiera la tormenta que se avecinaba. Apenas había dormido, repasando mentalmente cada detalle de los documentos que Lucía nos entregó la noche anterior. Adam, por su parte, parecía incansable: ya estaba vestido y revisando su portátil cuando salí de la ducha, con el ceño fruncido y los ojos fijos en la pantalla.
-He cruzado los datos de las facturas con las transferencias bancarias -me dijo en cuanto me vio-. Hay una cuenta en Suiza que recibe pagos periódicos desde hace más de un año. Siempre a nombre de empresas distintas, pero con el mismo beneficiario: M. Salazar.
Sentí un escalofrío. El nombre volvía a aparecer, una y otra vez, como una sombra alargada sobre la empresa.
-¿Y si intentamos localizar a Salazar? -pregunté, acercándome a mirar la pantalla.
Adam asintió, pero antes de que pudiera responder, mi móvil vibró con un mensaje de Rose: “Daniel viene a la oficina a las diez. Dice que puede empezar hoy mismo”.
Me vestí deprisa y, tras un desayuno rápido, salimos juntos hacia la empresa. El ambiente era aún más tenso que de costumbre. Noté miradas furtivas, susurros en los pasillos y una sensación de inquietud flotando en el aire. Víctor no apareció en toda la mañana, pero su ausencia era casi más inquietante que su presencia.
Daniel llegó puntual. Era un hombre joven, de traje impecable y sonrisa fácil, pero con una mirada tan aguda como la de Adam. Se presentó con un apretón de manos firme y una voz grave que transmitía confianza.
-Rose me ha puesto al tanto. No os preocupéis, soy discreto. Nadie sabrá que estoy aquí para auditar -dijo, guiñándome un ojo.
Mientras Daniel y Adam se encerraban en la sala de reuniones con Lucía, yo aproveché para hablar con algunos empleados de administración. Uno de ellos, un chico nuevo llamado Sergio, parecía especialmente nervioso. Cuando le pregunté por los contratos de “Servicios Integrales Vega”, bajó la voz y miró a ambos lados antes de responder.
-No sé mucho, pero he visto a Víctor reunirse varias veces con un hombre que no trabaja aquí. Siempre en la cafetería de la esquina, nunca en la oficina. Parecían discutir, y una vez escuché el nombre de Salazar.
Le agradecí la información y le prometí discreción. De vuelta en mi despacho, encontré a Adam y Daniel revisando una carpeta llena de extractos bancarios.
-Aquí está la prueba -dijo Daniel, señalando un movimiento sospechoso-. Alguien está usando la empresa para mover grandes sumas de dinero al extranjero. Y todo apunta a que Víctor y Salazar están detrás.
El corazón me latía con fuerza. Era la confirmación que necesitábamos, pero también el principio de una guerra que no sabíamos cómo iba a terminar.
A media tarde, Rose entró corriendo, agitada.
-Jane, tienes que ver esto -dijo, mostrándome un correo electrónico anónimo-. “Sabemos lo que estás haciendo. Detente ahora o lo lamentarás”.
Sentí un nudo en el estómago, pero Adam me rodeó los hombros con un brazo, transmitiéndome una calma que no sentía.
-No vamos a parar -dije, más para convencerme a mí misma que a los demás-. Ahora menos que nunca.
Esa noche, mientras revisábamos los últimos documentos en casa, Adam se acercó y me tomó la mano.
-Sé que tienes miedo. Yo también. Pero pase lo que pase, estoy contigo.
Le miré a los ojos y, por primera vez, me permití bajar la guardia. Sentí que podía confiar en él, que juntos podríamos enfrentar cualquier cosa.
-Gracias, Adam. No sé qué haría sin ti -susurré.
Él sonrió, y en ese instante, el mundo exterior desapareció. Solo existíamos nosotros dos, unidos por la verdad y por una promesa silenciosa de no rendirnos jamás.
Pero mientras nos abrazábamos, mi móvil vibró de nuevo. Otro mensaje anónimo, esta vez solo una palabra: “Cuidado”.
La amenaza era real, pero también lo era nuestra determinación.
Sabía que el día siguiente sería decisivo. Y que, pasara lo que pasara, no estaba sola.