Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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EL CALOR DE LA TRIBU
Capitulo 20: El Calor de la Tribu
El trayecto hacia la finca de los Montero en las afueras de la ciudad transcurrió en un silencio apacible. En el asiento trasero de la SUV, Bruno miraba fijamente por la ventana los campos verdes que reemplazaban los rascacielos, mientras Mía dormitaba abrazada a su conejo de felpa.
Isabella, sentada en el copiloto, ajustó por tercera vez el pliegue de su vestido midi color esmeralda. Sus dedos, por lo general firmes e inmutables frente a juntas directivas de cientos de accionistas, mostraban un leve e imperceptible temblor.
Kael, manteniendo una mano en el volante, extendió la otra para cubrir la de ella. El contraste entre la piel tibia de él y la frialdad de los dedos de Isabella fue instantáneo.
—Estás sobre analizando la situación, Bella —dijo él, con esa voz grave que siempre lograba desacelerar el pulso de ella.
—Es una reunión familiar, Kael —respondió ella, girándose a mirarlo—. He enfrentado la caída de acciones, reestructuraciones de deuda y la ambición de tus rivales corporativos. Pero esto... esto es presentarle a tus padres los pedazos de mi vida. Y a tus hermanas.
—Mis padres han rezado durante diez años para que aparezca alguien capaz de ponerme un freno —Kael sonrió, inclinando levemente la cabeza con sorna—. Cuando sepan que la mujer que lo logró dirige un imperio de logística aérea y no le teme a nada, van a querer coronarte.
La camioneta cruzó los portones de hierro forjado de la propiedad y se detuvo frente a una casona de estilo colonial, rodeada de arboledas viejas y jardines impecables. No había guardias armados a la vista ni el despliegue de seguridad que solía rodear la vida diaria de Kael; solo el ambiente cálido de un hogar que ignoraba por completo la sombra de "El Demonio".
Apenas se apagó el motor, la puerta principal de la casa se abrió de par en par.
Doña Carmen Sotomayor de Montero salió primero, limpiándose las manos en un delantal blanco sobre su vestido sencillo. Detrás de ella, Don Santiago caminaba con paso pausado pero firme, seguido de cerca por Mariana y Valeria, rodeadas por una pequeña estampida de niños que corrían hacia el césped.
—Llegamos —murmuró Kael, bajando del vehículo.
Isabella respiró hondo, bajó del auto y abrió la puerta trasera para despertar con suavidad a Mía y ajustar la camisa de Bruno.
—Comportamiento impecable, mis amores —les recordó en tono bajo pero cariñoso—. Nada de correr dentro de la casa a menos que los primos lo hagan primero.
—¡Kael! —la voz de Doña Carmen resonó en el patio antes de fundir a su hijo en un abrazo apretado que obligó al imponente magnate a inclinarse por completo.
—Madre, por favor, me vas a desarmar la corbata —bromeó Kael, aunque la abrazó con una ternura que Isabella raras veces le veía desplegar.
—Que se te desarme lo que sea, pero a mí me abrazas bien —respondió la mujer, soltándolo para fijar inmediatamente su mirada en Isabella y los niños.
El ambiente se detuvo por un segundo. Isabella dio un paso al frente, erguida, manteniendo esa elegancia nativa que la caracterizaba, lista para ofrecer una presentación formal.
—Señora Montero, Señor Montero, es un verdadero placer...
No pudo terminar la frase. Doña Carmen dio dos pasos rápidos, acortó la distancia y envolvió a Isabella en un abrazo amplio, cálido y cargado de un olor a lavanda y pan horneado que tomó a la ejecutiva completamente por sorpresa. El cuerpo de Isabella se tensó un milisegundo por puro instinto, pero ante la sinceridad del gesto, terminó cediendo, dejando escapar el aire que tenía retenido.
—Nada de "Señora Montero", mi vida. Dime Carmen —dijo la mujer al separarse, tomándola de los hombros mientras la examinaba con ojos brillantes—. Por Dios, Kael no exageraba. Eres hermosa. Pero lo más importante es que le devolviste la luz a los ojos a este hombre terco.
Don Santiago se acercó con una sonrisa pausada, estrechando la mano de Isabella con calidez patriarcal.
—Bienvenida a nuestra casa, Isabella. Es un honor finalmente conocerte.
—El honor es mío, Don Santiago —respondió ella, sintiendo cómo el nudo en su estómago comenzaba a disolverse.
Fue entonces cuando las hermanas entraron en acción. Mariana y Valeria abrieron paso entre la multitud familiar con una energía arrolladora.
—¡Por fin te conocemos! —exclamó Valeria, abrazando a Isabella con la familiaridad de quien ya la consideraba una hermana—. Hemos tenido que aguantar a Kael hablando de la "fusión estratégica" durante semanas, cuando todos sabíamos que estaba completamente perdido por ti.
—Totalmente perdido —asintió Mariana con una risa picara, mirando a Kael, quien solo rodó los ojos mientras caminaba hacia su padre—. Hola, Isabella. Soy Mariana. Y ellos deben ser Bruno y Mía.
Los dos niños se habían pegado a las piernas de su madre, observando la escena con curiosidad infantil. Bruno mantenía su postura seria, imitando sin darse cuenta el porte de los adultos, mientras Mía miraba con timidez desde detrás de la falda de Isabella.
Doña Carmen se agachó de inmediato hasta quedar a la altura de los pequeños.
—Pero qué príncipes tan guapos —dijo con voz dulce, sin hacer movimientos abruptos—. Bienvenidos. Mis nietos están en el jardín trasero con un arsenal de juguetes que sus mamás no los dejan usar en la ciudad. ¿Quieren ir a ver?
Mía miró a su madre buscando aprobación. Isabella le dedicó una leve asintiendo con la cabeza.
—Ve con tu hermano, mi amor.
Bruno, sintiendo la responsabilidad de hermano mayor, tomó la mano de Mía.
—Vamos, Mía. Yo te cuido —dijo el niño con gravedad.
—¡Mateo! ¡Sofía! —llamó Valeria hacia el jardín—. ¡Vengan a mostrarles la casa de árbol a sus primos!
En cuestión de minutos, los niños desaparecieron entre risas y carreras hacia el fondo de la propiedad, integrándose al grupo de primos como si se conocieran de toda la vida.
La tarde transcurrió en el corredor amplio de la finca, bajo la sombra de las tejas coloniales. La mesa estaba servida con una comida casera abundante que contrastaba enormemente con los almuerzos ejecutivos y las cenas de gala a las que Isabella y Kael estaban acostumbrados.
Mientras Don Santiago y Kael discutían sobre cosechas y la propiedad en un extremo del corredor, Mariana y Valeria acapararon a Isabella en el otro extremo, entre tazas de café y risas.
—Tienes que contarnos cómo le haces —decía Valeria, sirviendo más café—. Kael siempre ha sido un muro de piedra. Desde joven, si decía que algo era blanco, nadie se atrevía a decir que era negro. Y la semana pasada lo vimos en la televisión respondiendo a la prensa a tu lado, mirándote como si fueras la única persona en la habitación.
—No es tan difícil cuando aprendes a no cederle ni un milímetro de terreno —respondió Isabella con una sonrisa serena, dando un sorbo a su taza—. Si le muestras debilidad, toma el control. Si le sostienes la mirada, aprende a negociar.
Mariana soltó una carcajada que hizo girar la cabeza de Kael desde el otro lado del corredor.
—¡Te lo dije, Vale! Necesitaba a una reina, no a una subordinada. Isabella, oficialmente eres nuestra heroína.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de matices naranjas y violetas, Isabella caminó hacia el borde del jardín. A lo lejos, vio a Kael sentado en la hierba, con Mía sobre sus hombros mientras la pequeña intentaba alcanzar las hojas más bajas de un gran roble. Bruno estaba a su lado, escuchando atentamente mientras Kael le explicaba algo sobre cómo se construían las raíces de los árboles para soportar las tormentas.
Doña Carmen se colocó al lado de Isabella, observando la misma escena.
—Nunca lo había visto así —murmuró la mujer mayor, con la voz suave—. Kael siempre ha cargado con un peso muy grande sobre las espaldas, Isabella. A veces siento que ha vivido demasiado rápido, demasiado duro. Pero desde que ustedes llegaron a su vida, sonríe con los ojos. Y eso no lo puede fingir.
Isabella miró a Doña Carmen y luego volvió la vista hacia Kael, quien en ese momento atrapaba a Mía en el aire entre risas contenidas mientras Bruno celebraba.
—Él también nos salvó a nosotros, Carmen —confesó Isabella con honestidad, sintiendo una calidez profunda en el pecho—. Nos dio una estructura cuando todo alrededor parecía haberse derrumbado.
—Entonces no hay duda —Carmen le tomó la mano y se la apretó con cariño—. Esta es tu familia ahora, mi niña. Para lo que sea.