Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 24
Capítulo 24
Una delicada pulsera centelleaba bajo la luz.
Gael contempló la cicatriz rosada que atravesaba la muñeca derecha de Ángela. La besó con suavidad y, procurando no despertarla, colocó la joya alrededor de ella.
En realidad, había mandado hacer aquella pulsera mucho tiempo atrás. Nunca había encontrado un pretexto para regalársela; ahora podía decir que solo pretendía animarla.
La llevó con cuidado a la recámara y le susurró al oído:
—Angie, no voy a dejarte ir por segunda vez.
Ángela despertó sofocada por el calor.
Cuando abrió los ojos, descubrió que Gael la tenía aprisionada entre los brazos, sin dejar el menor espacio entre ambos. Apenas intentó escabullirse, las grandes manos de él la recuperaron y la devolvieron contra su pecho.
—¿Ya despertaste? —preguntó con esa voz perezosa y ronca de quien acababa de abandonar el sueño.
—Mmm...
Las manos de Gael empezaron a recorrerla de arriba abajo, cada vez con menos inocencia.
El contacto húmedo de sus labios sobre el borde de la oreja le produjo un estremecimiento eléctrico. Ángela apoyó una mano en su pecho para apartarlo un poco.
Fue entonces cuando vio la pulsera.
La observó fijamente y sintió que los ojos volvían a llenársele de lágrimas.
Era la misma que Gael le había regalado en su vida anterior. Después de tantas vueltas, había regresado a su muñeca. Esta vez la atesoraría por encima de cualquier otra cosa.
—¿Te gusta? —Gael le sostuvo la mano para admirarla mejor.
—Muchísimo. Me gusta todo lo que viene de ti.
Ángela tuvo que contenerse para no llorar.
Él rio por lo bajo, le tomó el rostro entre las manos y acercó a ella su aliento ardiente.
Separó sus labios con destreza y la envolvió en un beso profundo, insistente, que le borró cualquier pensamiento.
—Qué dulce eres, preciosa... —murmuró con la voz cargada de deseo—. ¿Puedo pedirte un regalo para mí también?
Ángela estaba tan aturdida por sus besos que ni siquiera entendió la pregunta. Solo pudo abandonarse por completo en sus brazos.
La pregunta se perdió en el vértigo del beso. Gael no esperó a que ella la comprendiera; la estrechó con más fuerza y la noche se alargó hasta el amanecer.
El último recuerdo que conservó antes de dormirse fue el sol apenas naciendo tras las cortinas.
No volvió a abrir los ojos hasta bien entrada la tarde.
Tendida sobre la cama, pensó que, a ese ritmo, cualquier día acabaría muriendo de agotamiento allí mismo.
Miró la hora, recordó que había quedado de salir con Valentina desde el día anterior y se obligó a levantarse.
Avanzó hacia el baño paso a paso, sosteniéndose la cintura. Frente al espejo descubrió que tenía el cuello cubierto de marcas imposibles de ocultar.
Apretó los dientes y gritó:
—¡Gael Montenegro! ¿Qué eres, un perro? ¡Mira cómo me dejaste! No hay forma de tapar esto. ¡Se supone que hoy iba a salir con Vale!
Gael estaba recargado contra el marco de la puerta, como si el asunto no tuviera nada que ver con él.
—No te preocupes. Valentina debe estar peor que tú.
Ángela le lanzó una mirada furiosa.
—¿Fernando y tú se pusieron de acuerdo?
Él levantó las manos a ambos lados de la cabeza.
—Soy inocente. ¿Cómo podríamos ponernos de acuerdo para algo así? Los dos llevábamos demasiado tiempo con hambre, nada más.
Ángela ya no creyó una palabra. Sacó el celular y llamó a Valentina.
Pasó mucho tiempo antes de que alguien contestara.
—¡Vale!
—Señorita Sarmiento, Vale todavía está dormida —respondió Fernando con una voz irritantemente satisfecha—. Me temo que tendrán que dejar su salida para otro día.
Ángela sintió que la rabia le hervía en la sangre.
¿Y todavía pretendían asegurar que no lo habían planeado? ¡Esos dos miserables!
Colgó, tomó una almohada y la arrojó contra Gael.
Cuando estaba a punto de golpearle la cara, él la atrapó con una mano y la lanzó al sofá.
Después se remangó lentamente la camisa. Una expresión perversa le oscureció la mirada.
—Parece que subestimé tu resistencia, preciosa.
Se acercó sin prisa y le sujetó la nuca con una mano.
—Pórtate bien. De lo contrario, no me molestaría demostrártelo otra vez.
Ángela rio con nerviosismo.
—No... No hace falta. Me duele todo el cuerpo.
Gael no la dejó escapar de inmediato. Volvió a besarla y a rozarse contra ella con obstinación, prolongando la provocación pese a su protesta.
Solo después de quedar satisfecho aflojó el abrazo y empezó a consolarla con dulzura.
—Si tantas ganas tienes de salir, ¿qué te parece si te llevo a pasear? Podemos comprarte ropa.
Ángela estaba tan agotada que no podía levantar ni una mano. Abrió la boca para responder, pero le dolía la garganta. Giró la cara y se negó siquiera a mirarlo.
Gael soltó una risa baja.
—Me equivoqué, Angie. Perdóname. De ahora en adelante tú tendrás el control. Puedes pedirme que me detenga en cualquier momento.
Ella puso los ojos en blanco y respondió con voz ronca:
—Hoy voy a dejar tu tarjeta sin fondos.
Al ver que por fin le hablaba, Gael sintió que se quitaba un peso de encima. De verdad temía haberla asustado.
Desenvolvió una pastilla para la garganta y se la colocó en la boca con una expresión indulgente.
—Está bien. Puedes hacer lo que quieras.
Gael decidió no llevar a Bravo Uno ni a Nieves. Condujo él mismo para salir a solas con Ángela.
Ella observaba distraída los autos que circulaban a su alrededor.
No dejaba de preguntarse cómo confesarle que había vuelto a vivir después de morir.
Comprendía que ya se había enamorado de él por completo.
Cuando acababa de renacer, lo que sentía por Gael era, ante todo, culpa. Ahora quería entrelazar con él todo el futuro que le quedaba.
Quería compartir la vida entera a su lado.
Mientras pensaba, reparó en un deportivo rojo que circulaba detrás de ellos. Le pareció que llevaba mucho tiempo siguiéndolos.
Se volvió con rapidez para alertar a Gael, pero descubrió que él también fruncía el ceño y vigilaba con frecuencia el retrovisor.
La inquietud se apoderó de Ángela. Hasta las palmas empezaron a sudarle.
Clavó los ojos en el espejo, intentando distinguir a la persona que iba al volante.
Dentro de un auto siempre estaba más alerta. Le aterraba que la historia volviera a repetirse.
Gael advirtió su tensión, apretó los labios y tomó con fuerza su mano.
—No tengas miedo, Angie. Estoy contigo. No voy a permitir que te pase nada.
Ella le ofreció una sonrisa tranquilizadora y asintió con seriedad.
Al llegar a la siguiente curva, por fin pudo ver a la conductora.
En cuanto reconoció aquel rostro, abrió los ojos con incredulidad.
¿Cómo era posible que fuera esa mujer?
Aunque se había hecho algunos cambios en el rostro, Ángela la reconoció de inmediato.
Selene.
Selene Sarmiento seguía viva.
Desde que Gael se la había llevado, Ángela nunca le había preguntado qué había hecho con ella.
Movió la mano que él todavía sostenía.
—Gael, ¡esa mujer es Selene!
Él frunció más el ceño.
En ese instante recibió una llamada de Bravo Uno.
—Señor, Selene regresó al país.
Gael dejó escapar una risa helada.
—Ya la tengo enfrente.
Temiendo que su jefe descargara el enojo sobre él, Bravo Uno colgó de inmediato.
Gael miró con resignación a la joven sentada a su lado. Desde que Ángela había llegado a su vida, todos sus subordinados se volvían cada vez más atrevidos.
Ángela notó que él no dejaba de observarla y sintió crecer la duda.
¿Selene había vuelto por ella?
—Gael, ¿por qué está aquí?
—Es complicado. Primero vamos a perderla y después te explicaré con calma.
Gael condujo hacia una de las avenidas comerciales más transitadas de Ciudad de México.
Selene pareció darse cuenta de que la habían descubierto. Apretó los dientes, dio vuelta y se alejó.
—Creo que me reconocieron... Sí, ya entendí —dijo por teléfono con un tono meloso que no lograba ocultar el temor ni el respeto hacia su interlocutor.
Gael observó por el retrovisor cómo desaparecía el deportivo rojo.
Luego llamó a Bravo Uno y le ordenó informar de inmediato cualquier movimiento de Selene.
Condujo hasta un centro comercial propiedad del Grupo Montenegro. Ninguno de los dos bajó del auto. Gael prefirió explicarle allí mismo.
—Leonardo descubrió que el fármaco que usaron contigo ni siquiera circula legalmente en México. Supuse que alguien estaba detrás de Selene, así que hice que le implantaran un localizador en el cuerpo.
La miró con seriedad.
—No te preocupes, Angie. No volverá a tener oportunidad de acercarse a ti.
Ángela ignoraba que detrás de Selene pudiera existir una conspiración de semejante alcance.
—¿Tendrá relación con los Segovia?
Gael negó con la cabeza y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—Los Segovia no tienen tanto poder.
Ángela rebuscó entre sus recuerdos. La Selene de su vida anterior no había actuado así. ¿Quién podía estar manejándola ahora?
Gael vio su expresión preocupada y le revolvió el cabello.
—Deja de pensar en eso. Confía en mí.
Ángela le apartó la mano y lo miró con altivez.
—¿Por qué no me hablaste de esto desde el principio? ¡Tengo más capacidad que Bravo Uno!
—Claro. Entonces, ¿por qué mi niña no me dijo desde el principio que ella era Zero?
Ángela retiró la mano con culpabilidad.
—Bueno... Tú te enteraste y, aun así, tampoco me contaste lo del localizador.
No estaba dispuesta a ceder. Necesitaba que Gael reconociera sus capacidades.
En esta vida quería permanecer a su lado como una igual, en la cima, no convertirse en una mujer inútil a la que él mimara hasta incapacitarla.
Gael vio que seguía molesta y se apresuró a endulzarle el oído.
Sin embargo, una observación cuidadosa habría revelado la decisión oculta en su mirada. Entendía lo que Ángela quería, pero no estaba dispuesto a permitir que corriera ningún peligro. Ni siquiera el más pequeño.
Permanecieron un poco más dentro del auto. Cuando Gael comprobó que se le había pasado el enojo, volvió a ponerlo en marcha.
—¿No dijiste que me llevarías de compras? ¿Adónde vamos ahora?
—Aquí no hay nada interesante. Conozco un lugar mejor.
Su expresión misteriosa despertó la suspicacia de Ángela.
—Señor Montenegro, ¿acaso olvidó que esta es una de las plazas más importantes de Ciudad de México? Si aquí no hay nada que valga la pena, ¿piensa llevarme a comprar a las oficinas del Grupo Sarmiento?
A Ángela le gustaba llamarlo «señor Montenegro» en ciertos momentos. Había convertido aquel tratamiento formal en un juego privado entre los dos.
Gael conducía con una mano. Con la otra tomó la de ella y le dio un mordisco suave en la punta de un dedo.
—Me parece que ese nombre resulta mucho más interesante cuando me lo dices en otro lugar.
Ángela retiró la mano y, acto seguido, obligó a Gael a poner la suya de nuevo sobre el volante.
—Mira el camino y deja de distraerte.
Él la miró de reojo con una sonrisa.
Gael condujo hasta Santa Fe. Aquel sector, antes deteriorado, había cambiado por completo gracias al proyecto de renovación del Grupo Montenegro.
Finalmente se detuvo frente a un centro comercial que todavía no abría sus puertas de manera oficial.
Ángela observó el edificio y luego volvió hacia él con asombro.
Los muros exteriores estaban cubiertos de rosas talladas. Cuando Gael abrió la puerta y la ayudó a bajar, Ángela descubrió que cada flor llevaba grabadas las iniciales «G&A».
Él la abrazó por la espalda y habló con una ternura apenas audible.
—Angie, ¿te gusta este regalo?
Apoyó la barbilla sobre su hombro.
—Tú me ayudaste a obtener los derechos del proyecto de Santa Fe. Por eso quiero regalarte el corazón de todo el desarrollo.
El corazón de Ángela latió con violencia. Dudaba que alguna mujer fuera inmune a un gesto semejante.
Gael la llevó de la mano hasta el último piso. A diferencia del resto, aquella zona estaba protegida por una cerradura con código.
Ángela lo miró sin comprender.
Él sonrió, tomó su mano e introdujo la fecha de su cumpleaños.
Tras la puerta apareció una réplica en miniatura del invernadero de la residencia.
—A partir de ahora, habrá una parte de ti en cada propiedad del Grupo Montenegro.
Ángela ya no pudo contener las lágrimas y escondió el rostro contra su pecho.
Gael se agachó, pasó un brazo por detrás de sus rodillas y entró al invernadero cargándola.
—No llores, mi amor. ¿Por qué mi Angie se ha vuelto tan llorona?
Ella se secó las mejillas. Su voz sonó dulce y suave.
—Tú eres quien me hace llorar.
—Sí, sí, todo es culpa mía. Pero deja de llorar.
Gael le dirigió una mirada traviesa.
—No me gusta verte llorar fuera de la cama.
El rubor se extendió desde los ojos aún húmedos de Ángela hasta la punta de sus orejas.
¡Ese hombre no conservaba ni una pizca de su antigua elegancia! No podía pronunciar tres frases sin llevar la conversación al mismo tema. Era un descarado.
Al verla parecida a una conejita de ojos rojos, Gael sintió una comezón de deseo en el pecho.
Sabía que ella era tímida. Si no desviaba su atención de aquella manera, probablemente seguiría llorando durante un buen rato.
Su Ángela debía vivir siempre luminosa y disfrutar de todo lo que él pudiera entregarle.
Gael la sentó en un columpio, ocupó el lugar a su lado y se entretuvo masajeándole los dedos.
—¿El centro comercial ya está abierto? —preguntó ella con curiosidad.
—Todavía no de manera oficial, pero la mayoría de los negocios ya se instalaron.
—¿Puedo recorrerlo?
Ángela jamás se resistía a conocer tiendas nuevas, mucho menos en una plaza recién construida.
Gael le sonrió de un modo que la puso alerta.
—Claro. Yo te acompaño.
La inquietud de Ángela aumentó al ver aquella expresión.
Solo cuando él se detuvo frente a una boutique de lencería sensual comprendió que algo no estaba bien.
Su primer impulso fue huir, pero Gael le sujetaba la mano con demasiada fuerza.
Él tiró suavemente de ella y la llevó contra su cuerpo.
—¿Entramos a mirar?
Ángela se aferró a su camisa y negó con todas sus fuerzas.
—¡Gael, vámonos de aquí!
—¿Por qué te da vergüenza? No es como si nunca te hubiera visto así.
Ella le cubrió la boca con una mano y miró alrededor, aterrada ante la posibilidad de que alguien lo hubiera oído.
Aquello era demasiado vergonzoso.
Jamás había imaginado que algún día Gael la llevaría a una tienda semejante.