Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Una oportunidad para ambos.
El sonido del tenedor chocando contra el plato se extinguió, marcando el final de mi solitaria cena. Un suspiro escapó de mis labios; antes, la soledad era mi mejor compañía, pero ahora no entiendo por qué me molesta tanto.
Me levanté de la mesa del comedor, dejando los restos a su suerte, y mis pasos me llevaron automáticamente hacia la habitación. La puerta estaba entreabierta, una luz tenue se filtraba desde el interior.
Cuando entre, la imagen me sorprendió. Bárbara estaba desparramada en la cama, una pierna colgando del borde, un brazo extendido sobre la almohada vacía a su lado. Su cabello, generalmente recogido o cuidadosamente peinado, estaba desordenado y enmarcaba su rostro sereno. Vestía una camiseta holgada que reconocía muy bien; era mía. Una pequeña sonrisa se formó en mis labios.
Me dirigí al baño, dejando que el vapor caliente recorriera todo mi cuerpo y relajara mis músculos tensos. El agua caliente golpeó mi piel, lavando las preocupaciones del día, aunque algunas se aferraban tenazmente. Salí envuelto en una toalla, el aire fresco de la habitación acariciando mi piel. Bárbara seguía en el mismo estado, un susurro de respiración marcando su sueño profundo.
Solo me puse un bóxer y, con cuidado, me deslicé bajo las sábanas. Me acerqué a ella, el instinto dominando la razón. Mis brazos la rodearon con facilidad, atrayéndola hacia mí.
Ella se movió un poco; un leve murmullo escapó de sus labios, pero no despertó. Su cuerpo se acurrucó contra el mío de forma natural, como si siempre hubiéramos dormido así.
Y entonces lo percibí: su olor. Ya no era el perfume delicado y un tanto artificial que solía usar. Ahora era algo más suave, más natural, una mezcla de jabón, su propio aroma a piel y un toque a… ¿flores y durazno? Sí, durazno. Era un olor que me fascinaba, un aroma que me invitaba a quedarme, a perderme en su cercanía.
Mientras sentía el ritmo constante de su respiración contra mi pecho, una avalancha de pensamientos me asaltó. La vi dormir tan profundamente, tan ajena a la tormenta que se desataba en mi interior.
—No lo entiendo, Bárbara —susurré; mi voz era apenas audible en el silencio de la noche. Ella, por supuesto, no me escuchó. —Desde que despertaste en el hospital, todo es diferente. ¿Por qué ya no me miras con miedo? ¿Por qué esa seguridad que antes no tenías?
Mi mente retrocedió en el tiempo, a la Bárbara que conocí, a la Bárbara con la que me casé. Era una mujer frágil, asustadiza a veces, con una mirada que a menudo se desviaba de la mía. La palabra "sumisa" no me gustaba, pero se acercaba a la verdad de cómo era. Y ahora... ahora era otra persona. Había una chispa en sus ojos, una determinación en su voz que antes no existía. Se reía más, hablaba más alto, incluso discutía conmigo con una pasión que me dejaba desconcertado.
—Es como si te hubieras olvidado de quién eras... y de quién era yo para ti —mis dedos trazaron suavemente el contorno de su brazo— ¿Es la amnesia? ¿Es solo un efecto secundario? O... o es esto lo que siempre fuiste, escondido bajo capas de algo que ni yo mismo entendía.
Había algo en esta nueva Bárbara que me atraía. Una autenticidad que la anterior no poseía, o al menos, no me había mostrado. La verdad era que... me gustaba esta Bárbara. Me gustaba su risa repentina, su terquedad, incluso sus miradas desafiantes. Era como descubrir a una persona completamente nueva en el cuerpo de mi esposa.
—Quizás... quizás esto es una oportunidad —murmuré, la idea formándose en mi mente con una claridad inesperada— Una oportunidad para ambos. Para empezar de nuevo, de alguna manera.
Cerré los ojos, la imagen de Estela, la mujer que había sido mi obsesión durante tanto tiempo, desvaneciéndose en las sombras de mi mente. Ahora, con Bárbara a mi lado, tan real y presente, Estela se sentía cerca y lejana al mismo tiempo, como un fantasma del pasado.
—Me daré una oportunidad contigo, Bárbara —prometí al aire, al silencio, a la mujer dormida en mis brazos—. Me olvidaré de Estela. Por completo.
Un débil suspiro escapó de ella, su cuerpo se ajustó un poco más al mío, como si mi promesa la hubiera alcanzado de alguna manera, incluso en el reino de los sueños. Pero sabía que no me había escuchado. Estaba profundamente dormida, ajena a la pequeña revolución que se gestaba en mi corazón.
Y mientras la sostenía, el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío, tuve que admitirlo. Una verdad que se había ido forjando con el paso de los días, con cada nueva interacción, cada nueva sonrisa.
—Me gusta —reconocí en un susurro apenas audible—. Me gusta esta forma de ser. Me gusta la mujer que estoy conociendo con el paso de los días.
Era una confesión que nunca pensé que haría, especialmente no sobre Bárbara.