Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo XI El velo de la verdad
Valeria no podía conciliar la paz. La situación de su hermano la consumía por dentro: Esperanza seguía moviendo sus influencias para adueñarse del dinero que una fuente anónima había depositado para la cirugía de Alejandro, mientras ella, convaleciente y atrapada en el penthouse, no podía ir a la clínica para ponerle freno. Sin más opción, tomó su teléfono y llamó a Ignacio.
—¡Valeria! ¿Dónde estás? Me tenías con el alma en el hilo —exclamó Ignacio apenas se conectó la llamada, con franca preocupación.
—Tuve un percance y no he podido salir, pero dime, por favor, ¿cómo van las cosas con Alejandro? —preguntó ella, apretando el auricular contra su oído.
—Logré congelar temporalmente la orden de reembolso que solicitó Esperanza, pero no podremos sostener la prórroga por mucho tiempo —explicó el médico—. Necesito que vengas.
Creo que encontré una alternativa legal para que solicites la custodia de tu hermano.
Una sonrisa genuina de alivio se dibujó en los labios de Valeria. Fue esa misma sonrisa la que presenció Dante al pasar frente a la puerta entornada de la habitación.
—¿De verdad? Entonces voy para allá de inmediato. Necesito ver a Alejandro y decirle que muy pronto estaremos juntos y a salvo.
La sola mención del nombre de "Alejandro" y la chispa de felicidad en el rostro de Valeria volvieron a encender los celos en el atormentado pecho de Dante. En su mente, la sospecha era incuestionable: ella era una cazafortunas que buscaba financiar a su amante, y quienes la habían atacado no eran más que prestamistas o cómplices de sus supuestas estafas.
Valeria colgó la llamada y presionó el móvil contra su pecho, suspirando. Sin embargo, la brevedad de su alegría se extinguió al alzar la vista y encontrarse con la figura imponente de Dante framed en el marco de la puerta.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó él, con voz grave y cortante.
—Necesito solucionar un asunto urgente —respondió Valeria, poniéndose de pie con lentitud.
Habían pasado algunos días desde el ataque de Guillermo y las contusiones en su abdomen le daban cierta tregua, aunque cada movimiento brusco todavía le recordaba el dolor.
—El médico fue claro: no puedes hacer esfuerzos —señaló Dante, manteniendo una frialdad impenetrable—. Salir en tus condiciones es una imprudencia.
—Agradezco tu preocupación, pero me siento mejor y este asunto no puede esperar ni un minuto más —advirtió ella, intentando esquivarlo.
—Dije que no saldrías de este apartamento y no lo harás —sentenció Dante, cerrándole el paso con firmeza—. No voy a permitir que pongas mi apellido en boca de todo el mundo.
—Eso es lo único que te importa, ¿verdad? Tu bendito apellido —espetó Valeria, sintiendo cómo la angustia acumulada se transformaba en pura indignación—. Puedes estar tranquilo, no tengo el menor interés en manchar el prestigio de la familia Salazar. Yo enfrento problemas reales, Dante. Problemas de los que depende la vida de un ser humano, algo que no pretendo que entiendas.
Avanzó con paso decidido para rebasarlo. Dante la sujetó suavemente del brazo, obligándola a detenerse, y se inclinó apenas hacia su oído.
—Para mi familia, la honra lo es todo, y no voy a dejar que una chiquilla caprichosa la destruya.
—¿Quieres saber en qué estoy metida? Te invito a que vengas conmigo y veas con tus propios ojos cuál es mi verdadero problema —desafió Valeria, cansada de ser juzgada y acorralada sin fundamento.
Dante se quedó en silencio por un instante. No esperaba que ella lo arrastrara a su mundo con tanta determinación.
—Está bien —accedió él, tomando su saco con gesto frío—. Muéstrame esa gran emergencia.
Por dentro, Valeria sintió un escalofrío de terror. Durante cinco años había vivido bajo el chantaje de Esperanza, y temía que Dante, al descubrir su punto débil, usara a su hermano como un mecanismo de control.
Tras un trayecto tenso a través de la ciudad, se detuvieron frente a un centro médico especializado en oncología y procedimientos de alta complejidad.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Dante, observando la fachada del edificio con el ceño fruncido.
—Solo acompáñame —pidió Valeria, bajando del auto antes de que él pudiera abrirle la puerta.
Dante la siguió a paso largo. Al cruzar las puertas automáticas, varias enfermeras saludaron a la joven con afecto.
—¡Valeria! Pasaron varios días sin que vinieras —comentó una de ellas, sonriendo.
—Tuve un percance, Abril… pero ya estoy aquí. ¿Dónde está el doctor Ignacio?
—Entró a quirófano hace poco, saldrá en una hora aproximadamente —explicó la enfermera, desviando por un segundo la mirada hacia el imponente hombre que la acompañaba.
—Gracias, iré a verlo más tarde —respondió Valeria antes de avanzar hacia los pasillos interiores.
Guió a Dante en silencio hasta el área de cuidados intensivos. Su corazón latía a mil por hora; solo quería llegar a la ventana de la habitación, contemplar a su hermano y jurarle en un susurro que no dejaría que nadie le quitara la oportunidad de vivir.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍