Valentina Mena es una mujer fuerte e independiente que nunca se ha dejado dominar por nadie. Matteo De Luca, líder de un poderoso imperio mafioso, está acostumbrado a obtener todo lo que quiere. Cuando sus caminos se cruzan, nace una atracción peligrosa que los llevará a enfrentarse entre el amor, el poder y la traición.
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La sorpresa.
La semana pasó con una tranquilidad que a Valentina todavía le resultaba extraña.
Por primera vez en mucho tiempo, su teléfono no sonaba por una emergencia, no había reuniones relacionadas con Lorenzo ni secretos familiares por descubrir. Su empresa marchaba bien, Isabel estaba mucho más tranquila y Matteo, aunque seguía ocupado con sus propios negocios, encontraba la manera de llamarla cada mañana y cada noche.
Aquello era nuevo para ambos.
Y les gustaba.
—Buenos días, novia —dijo Matteo al otro lado del teléfono.
Valentina sonrió mientras servía café.
—Buenos días, mafioso.
Él soltó una risa.
—Todavía no me acostumbro a que lo digas con tanta naturalidad.
—Ya me acostumbré a saber quién eres.
—¿Y no te arrepientes?
Ella guardó silencio unos segundos.
—¿Te has convertido en un hombre diferente desde que me lo contaste?
—No.
—Entonces mi respuesta sigue siendo la misma.
Matteo sonrió al otro lado de la línea.
—Nos vemos esta noche.
—¿Hay algún motivo especial?
—Tal vez.
—Eso no responde mi pregunta.
—Precisamente esa era la idea.
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Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Matteo caminaba de un lado a otro dentro de una antigua hacienda que había alquilado para esa noche.
Marco lo observaba con los brazos cruzados.
—No puedo creer esto.
—¿Qué cosa?
—El hombre que dirige una organización internacional está nervioso porque una mujer va a venir a cenar.
Matteo acomodó por quinta vez un arreglo floral.
—No estoy nervioso.
Marco soltó una carcajada.
—Llevas veinte minutos moviendo las mismas flores.
—No combinan.
—Son flores, jefe.
—Exactamente.
—Jamás pensé escuchar esa frase salir de tu boca.
Matteo le lanzó una mirada seria.
Marco levantó ambas manos.
—Está bien… ya me callo.
Aunque solo tardó tres segundos en volver a hablar.
—¿Seguro que quiere tantas velas?
—Sí.
—¿Y el violinista?
—También.
—¿Y las luces?
—También.
Marco negó con la cabeza mientras sonreía.
—Definitivamente el amor sí existe.
⸻
En la casa de los Mena, Sofía entró como un huracán a la habitación de Valentina.
—Arréglate.
Valentina levantó la vista del computador.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Excelente explicación.
—Vamos de compras.
—No quiero.
—No te pregunté.
Cinco minutos después ya estaban dentro del automóvil.
Isabel, que observaba todo desde la puerta, sonrió para sí.
Aquella conspiración empezaba a salir mejor de lo esperado.
Durante toda la tarde, Sofía llevó a Valentina de tienda en tienda.
Le hizo probar vestidos.
Zapatos.
Accesorios.
Hasta que encontró uno color vino que parecía hecho especialmente para ella.
—Ese.
—Es demasiado elegante.
—Exactamente.
Valentina suspiró.
—Sofía… ¿qué estás tramando?
—Nada.
—Cuando dices “nada” siempre significa problemas.
—Hoy significa una sorpresa.
⸻
Mientras tanto, Santiago ayudaba a Marco a decorar la terraza.
—No sabía que el italiano era tan romántico.
Marco sonrió.
—Ni él mismo lo sabía.
—Mi hermana va a llorar.
—Eso esperamos.
—Si no llora, pedimos devolución del dinero.
Ambos comenzaron a reír.
Isabel apareció con varios recipientes.
—El postre favorito de Valentina.
Marco abrió los ojos.
—¿Lo preparó usted?
—Desde anoche.
—Ahora entiendo de dónde sacó Matteo la idea de involucrarlos.
Isabel sonrió.
—Mi hija merece que alguien haga un esfuerzo por verla feliz.
⸻
Cuando cayó la noche, Sofía condujo hasta la hacienda con la excusa de una reunión familiar.
Valentina seguía sin sospechar nada.
—Esto está muy lejos para ser una reunión.
—Confía en mí.
—Esa frase nunca termina bien.
Al bajar del automóvil encontró el lugar completamente oscuro.
—¿Sofía?
No obtuvo respuesta.
Entonces, poco a poco, cientos de pequeñas luces comenzaron a encenderse alrededor del jardín.
Faroles.
Velas.
Guirnaldas cálidas iluminando los árboles.
En el centro de la terraza había una mesa preparada para dos personas.
Y, junto a ella, Matteo.
Vestía un traje azul oscuro que Valentina jamás le había visto.
En una mano sostenía un pequeño ramo de peonías blancas, las flores favoritas de ella.
Valentina permaneció inmóvil.
—¿Qué…?
Matteo caminó lentamente hasta quedar frente a ella.
—Buenas noches.
Ella seguía sin encontrar palabras.
—¿Hiciste todo esto?
Él sonrió.
—No.
Valentina frunció el ceño.
En ese instante comenzaron a escucharse risas.
Desde detrás de unas columnas aparecieron Marco, Sofía, Santiago e Isabel.
Todos aplaudían.
—¡Sorpresa! —gritó Sofía.
Valentina se llevó ambas manos al rostro.
—No puedo creerlo.
Santiago señaló a Matteo.
—Todo fue idea de él.
Marco intervino enseguida.
—Aunque sin nosotros habría puesto las flores al revés.
—Marco…
—¿Qué? Estoy diciendo la verdad.
Todos comenzaron a reír.
Valentina miró nuevamente a Matteo.
Tenía los ojos brillantes.
—Gracias.
Él tomó una de sus manos.
—No me des las gracias todavía.
Todavía no pruebas la comida.
—¿La cocinaste tú?
Marco respondió antes que él.
—Por fortuna, no.
Las carcajadas volvieron a llenar la terraza.
Después de algunos minutos, la familia decidió marcharse.
Isabel abrazó a Valentina.
—Disfruta la noche.
Luego se acercó a Matteo.
Lo abrazó también.
Muy despacio.
—Cuídense mucho los dos.
—Siempre.
Ella sonrió.
—Gabriel habría estado orgulloso de verte aquí.
Matteo sintió un nudo en la garganta.
Solo pudo asentir.
⸻
La cena transcurrió entre risas, recuerdos y conversaciones que no necesitaban esconder nada.
Hablaron de viajes.
De sueños.
Del futuro.
Por primera vez se atrevieron a imaginar una vida juntos sin pensar en amenazas ni despedidas.
Cuando terminaron el postre, Matteo tomó la mano de Valentina.
—¿Puedo confesarte algo?
—Claro.
—He organizado reuniones con personas mucho más peligrosas que tú.
Ella levantó una ceja.
—¿Y?
—Nunca estuve tan nervioso como preparando esta cena.
Valentina comenzó a reír.
—¿En serio?
—Le pregunté a Marco tres veces si las flores combinaban.
Ella soltó una carcajada tan fuerte que terminó limpiándose una lágrima.
—No me imagino esa escena.
—Yo preferiría olvidarla.
Valentina se inclinó sobre la mesa y besó suavemente sus labios.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque no solo me enamoras a mí.
También te enamoraste de mi familia.
Matteo acarició el dorso de su mano.
—Ellos ven en ti lo mismo que yo.
—¿Y qué es eso?
Él sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Mi hogar.
Valentina sintió que el corazón se aceleraba.
No dijo nada.
Simplemente rodeó la mesa, caminó hasta él y lo abrazó con fuerza.
Las luces seguían brillando sobre ellos.
La música continuaba sonando a lo lejos.
Y mientras permanecían abrazados bajo el cielo de Bogotá, ambos comprendieron que la felicidad no siempre llegaba en forma de grandes acontecimientos.
A veces bastaba con una mesa para dos.
Una familia riendo cerca.
Y la certeza de haber encontrado a la persona con la que querían compartir el resto de los días.
fuegos artificiales!!!!
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