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Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

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Capítulo 20 - El verano de las distancias

El verano comenzó cuando las primeras hojas de tabaco ocuparon los secaderos y el humo dejó de salir únicamente de las chimeneas para instalarse también en la piel.

Durante la primera semana de julio, Santa Lucía amaneció bajo una claridad blanca que borraba las sombras antes del mediodía. Las mujeres cubrían los cántaros con paños húmedos. Los caballos buscaban refugio contra los muros. En la fábrica, cincuenta y tres familias medían la estación por el color de las hojas colgadas: verde al llegar, amarillo al rendirse, marrón cuando estaban listas para convertirse en dinero.

Diane medía el verano por las cartas de Iván.

La primera llegó el tres de julio y contenía seis líneas. La segunda, cuatro. La tercera no llevaba saludo.

«Soria dice que el barco zarpará cuando terminen la caldera. Me han dado trabajo en el dique hasta entonces. La paga es mejor. Estoy guardando todo.»

Diane leyó la nota detrás de la tienda de Stefany. El papel olía a brea y sudor. En una esquina había una huella negra, como si Iván hubiese apoyado el pulgar después de tocar el casco.

—¿Cuándo lo viste? —preguntó.

—Ayer. Descargaba carbón.

—¿Te dijo cuándo podemos encontrarnos?

Stefany negó con la cabeza.

—Trabaja desde antes del primer toque hasta que cierran el dique. Dice que Soria elimina de la lista a quien falta.

Diane dobló la carta siguiendo los pliegues existentes. Antes, Iván llenaba los márgenes con pájaros, casas torcidas o rutas que ninguna tinta conseguía volver posibles. Ahora incluso su letra parecía caminar deprisa.

Le respondió aquella noche. No preguntó si aún la amaba. Preguntó cuánto ganaba, qué descontaban de su salario y quién conservaba el contrato. Eran preguntas menos hermosas y más difíciles de ignorar.

La respuesta tardó nueve días.

Para entonces, la primera cosecha había entrado completa en los secaderos.

Ernesto recorría la fábrica cada mañana con una energía que Diane no veía desde la infancia. Había recuperado peso, mandado ajustar tres trajes y vuelto a utilizar el reloj de oro reservado para las reuniones importantes. Los trabajadores lo saludaban como al hombre que había salvado la tabacalera, aunque la maquinaria llevara placas de los Valcárcel y cada caja exportada recordara quién había pagado la salvación.

—Este año superaremos las cuarenta toneladas —dijo, señalando los registros—. Si el mercado francés se mantiene, podremos cancelar una parte considerable del adelanto.

Diane examinó la columna de transporte.

—Los fletes han aumentado doce por ciento.

—Combustible y seguros.

—Pero utilizamos barcos de Don Guillermo. El acuerdo decía precio preferente.

Ernesto le quitó el libro con una sonrisa indulgente.

—Una cosa es leer cifras y otra comprender negocios.

—Las cifras dicen que pagamos más que antes de recibir el favor.

La sonrisa desapareció.

—No conviertas cada mejora en una acusación. Esta fábrica sigue abierta.

—También sigue endeudada.

—Y tú sigues siendo mi hija, no mi contable.

Ernesto cerró el registro. Diane contempló sus dedos sobre la cubierta: manos limpias, uñas cuidadas, el anillo recuperado del cajón donde lo guardó durante la crisis. Su confianza había regresado antes que su prudencia.

El jueves siguiente llevó la duda a la terraza.

Eduardo llegó acompañado por Elvira, dos cajas de dulces y un libro que Damaris consideró apropiado porque tenía flores en la cubierta. El calor obligó a servir el té frío. Liberto permanecía debajo de la mesa, respirando con la lengua fuera.

Cuando Elvira se alejó para discutir con Damaris sobre el bordado de unas servilletas, Diane abrió el registro que había copiado de memoria.

—¿Puede explicarme por qué un precio preferente aumenta más rápido que el precio común?

Eduardo leyó las cifras. No preguntó cómo las había obtenido.

—Puede ser un recargo por riesgo.

—No aparece declarado.

—Entonces puede ser una forma de recuperar el adelanto sin reducir la deuda principal.

—Cobrar dos veces.

—Cobrar de manera que la segunda vez parezca consecuencia de la primera.

Diane observó el jardín ondulando detrás del aire caliente.

—¿Su padre lo sabe?

—Mi padre no permite que una moneda cambie de bolsillo sin preguntarse cómo hacerla regresar acompañada.

Eduardo trazó dos columnas y le mostró cómo comparar el peso declarado con la tarifa por tonelada. Sus explicaciones no tenían la paciencia falsa de un maestro con una niña. Se detenía cuando ella lo interrumpía, corregía una suma si estaba mal y admitía no conocer una respuesta.

—Necesito ver los manifiestos del puerto —dijo Diane.

La punta del lápiz se detuvo.

—¿Para qué?

—Para saber si las toneladas que pagamos son las mismas que embarcan.

—Esos documentos no siempre son fiables.

—Entonces compárelos conmigo.

Eduardo la miró durante un silencio demasiado largo.

—Traeré copias que no comprometan a nadie.

Diane sintió alivio. Después sintió culpa por haberlo encontrado allí.

Iván habría interpretado la misma pregunta como otro intento de retrasar la huida. Eduardo la entendía como una puerta hacia algo que ambos deseaban conocer, aunque por razones distintas. La confianza comenzó de esa manera: no como una entrega, sino como la ausencia de tener que defender cada palabra antes de pronunciarla.

A finales de julio llegó la marea más baja del verano.

El agua se retiró del puerto y dejó al descubierto piedras cubiertas de algas, botellas rotas y cadenas que parecían esqueletos de animales marinos. Diane consiguió ver a Iván durante diecisiete minutos detrás de un almacén de redes.

Había adelgazado. El sol le había oscurecido los brazos y una quemadura reciente le cruzaba la muñeca.

—Es de una tubería —dijo antes de que ella preguntara—. No es grave.

—Todo deja de ser grave cuando lo cuentas después.

Iván miró hacia el dique.

—No puedo perder el turno.

—Llevamos tres semanas sin vernos.

—Por eso trabajo.

—Trabajar para irnos no sirve si dejamos de existir antes de partir.

Él apoyó la frente contra la suya. Olía a carbón, sal y metal caliente.

—Cuando esté a bordo, la paga será el doble.

—¿Firmaste?

—Soria dice que el contrato se entrega al zarpar.

—Eso no es normal.

—Eduardo te ha enseñado muchas cosas normales desde que dejamos de vernos.

Diane se apartó.

—No lo conviertas otra vez en el centro de una conversación que es nuestra.

—Él ya está en el centro. Los barcos son de su familia, la fábrica depende de su dinero y tú pasas cada jueves aprendiendo a dirigir la vida que quieren darte.

—Aprendo a reconocer la forma de la jaula.

—Desde aquí parece que estás decorándola.

La sirena del dique cortó el aire. Iván le entregó una pequeña bolsa con veintiocho pesetas.

—Guárdalas. Para la casa.

Diane no la aceptó.

—Consérvalas hasta que veamos el contrato.

—No confías en mí.

—No confío en Soria.

Iván dejó la bolsa sobre una caja y se marchó sin besarla. Diane permaneció allí hasta que la marea comenzó a cubrir otra vez las piedras.

Agosto llegó con moscas en los secaderos y cintas de medir en las habitaciones.

Damaris había encargado el ajuar antes de que terminara el año de cortejo. Tres costureras ocupaban el salón pequeño cada martes. Medían sábanas, manteles, camisones y vestidos para cenas que todavía no tenían fecha. Cada objeto parecía preparado para una esposa futura a la que Diane debía prestar el cuerpo.

—Cuando cumplas dieciocho anunciaremos el compromiso —dijo Damaris mientras una modista ajustaba la cintura de un vestido—. No permitiré que la ciudad piense que los Valcárcel dudan.

—Tal vez Eduardo dude.

—Los hombres dudan antes de firmar. Después cumplen.

—Él firmó obligado.

Damaris clavó un alfiler en el alfiletero.

—La obligación es el nombre que los ingratos dan a su deber.

Aquella tarde, Eduardo llevó tres manifiestos ocultos dentro del libro de flores. Diane los extendió bajo el roble mientras Elvira dormía en una silla y Liberto vigilaba el sendero.

Compararon fechas, tonelajes y puertos. Dos cargamentos de la tabacalera figuraban transportados por embarcaciones diferentes, aunque las firmas del capitán eran idénticas. En otro documento, un barco llamado Santa Aurelia había llegado a Madeira en un tiempo imposible.

—¿Qué busca realmente? —preguntó Diane.

Eduardo cerró la mano sobre una de las hojas.

—Pruebas de que mi padre altera rutas.

—Eso ya lo sabemos.

—Saber no basta.

Era la misma frase que él había utilizado meses atrás. Esta vez sonó menos como una evasión y más como una herida protegida por costumbre.

Diane no insistió. Le señaló una diferencia entre dos sellos y Eduardo acercó su silla para observarla. Sus hombros casi se tocaron. Ninguno retrocedió de inmediato.

La cercanía no fue romántica. Fue peor: resultó natural.

Diane pensó en las veintiocho pesetas abandonadas sobre una caja y sintió que el verano estaba construyendo distancias que ningún mapa registraba.

En la última semana de agosto, un hombre preguntó por Iván en la tienda de Stefany.

Vestía chaqueta de capitán y llevaba una lista de tripulantes. Dijo llamarse Ferreira y explicó que el joven debía presentarse en el muelle antes del amanecer del lunes para una inspección médica. Stefany tomó el aviso y lo escondió entre rollos de tela hasta que Diane llegó.

—No me gustó —dijo—. Sabía tu nombre.

—¿El mío?

—Preguntó si Iván seguía recibiendo ayuda de la señorita Díaz.

Diane abrió el papel.

En la parte superior aparecía el nombre Dragón de Plata. Debajo estaban la hora, el muelle y la firma del capitán. Todo parecía corriente hasta que inclinó la hoja hacia la ventana.

La cera del cierre había sido arrancada, pero quedaba un fragmento adherido al borde. Diane reconoció la cabeza de dragón y las iniciales entrelazadas que había visto en contratos, cajas y documentos de la fábrica.

G. V.

Don Guillermo no solo conocía el barco. Había sellado la orden que buscaba a Iván.

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