Él fue su primer amor. Ella fue quien arruinó su sueño. Años después, se reencuentran en la universidad y la guerra entre ellos está lejos de haber terminado. Lo que ninguno esperaba era que detrás del odio siguieran existiendo sentimientos imposibles de olvidar.
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Si, hermana
El clima seguía siendo frío.
Las nubes cubrían el cielo.
Y Bella comenzaba a sospechar que el invierno había decidido instalarse permanentemente sobre el campus.
Aquella tarde estaba nuevamente en la pista de hockey.
Ayudando con las prácticas.
Tomando notas.
Y asegurándose de que ningún estudiante terminara con huesos rotos.
Una tarea más difícil de lo que parecía.
Porque los jugadores universitarios parecían tener un talento especial para lastimarse.
Pero los protagonistas de esa tarde no eran ellos.
Eran los pequeños.
Los niños habían vuelto.
Y como siempre, eran adorables.
Demasiado adorables.
Uno llevaba los cordones desatados.
Otro tenía una pegatina pegada al casco.
Y un tercero estaba explicándole seriamente a una compañera que los dinosaurios probablemente habrían sido excelentes jugadores de hockey.
Bella estaba completamente de acuerdo.
—Te veo muy concentrada.
Nora apareció a su lado.
—Estoy escuchando una conversación importante.
—¿La de los dinosaurios?
—La de los dinosaurios.
—Entendible.
Todo transcurría con normalidad.
Hasta que ocurrió.
Un pequeño perdió el equilibrio.
Su patín se deslizó mal.
Y cayó de espaldas.
Golpeándose la cabeza contra el hielo.
El sonido resonó por toda la pista.
Bella reaccionó inmediatamente.
—¡Déjenle espacio!
Corrió junto a una entrenadora.
El niño estaba consciente.
Pero muy asustado.
Y comenzó a llorar.
Mucho.
—Hola, campeón.
Bella se arrodilló frente a él.
—Voy a ayudarte.
El pequeño negó con la cabeza.
Llorando.
—No quiero.
—Solo voy a revisarte.
—No.
—Prometo que no dolerá.
—¡NO!
Las lágrimas continuaron.
La entrenadora intentó ayudar.
Los demás también.
Nada funcionó.
Entonces una voz conocida habló detrás de ellos.
—¿Qué pasó aquí?
Bella levantó la vista.
Scott.
Por supuesto.
Acababa de terminar su entrenamiento.
Todavía llevaba parte del uniforme.
El niño giró inmediatamente.
Y sus ojos se iluminaron.
—¡Scott!
Bella parpadeó.
Antes de que pudiera reaccionar, el pequeño prácticamente se lanzó sobre él.
Aferrándose a su camiseta.
Scott sonrió.
—Hey, campeón.
—Me caí.
—Eso veo.
—Fue horrible.
—Sobreviviste.
—Sí.
—Entonces eres fuerte.
El niño pareció considerar aquello.
—¿Sí?
—Definitivamente.
Bella observó.
Y algo extraño ocurrió.
El niño comenzó a tranquilizarse.
Poco a poco.
Como si Scott tuviera algún tipo de poder mágico.
—¿Quieres que Bella te revise?
—No.
—¿Y si yo me quedo aquí?
El pequeño dudó.
—¿Todo el tiempo?
—Todo el tiempo.
—¿Promesa?
—Promesa.
Finalmente aceptó.
Y Bella pudo examinarlo.
Nada grave.
Solo un golpe menor.
Pero durante todo el proceso el niño no soltó la mano de Scott.
Ni un segundo.
Cuando terminaron, el pequeño salió corriendo nuevamente.
Como si nada hubiera pasado.
Los niños eran extraños.
—Gracias.
Bella se sorprendió al escuchar su propia voz.
Scott también pareció sorprendido.
—No fue nada.
—Aun así.
—De nada.
Y por una vez la conversación terminó sin una pelea.
Más tarde, cuando las actividades finalizaron, Bella estaba guardando material médico.
Nora había desaparecido.
Probablemente buscando a las señoras Marta y Elena.
Las tres juntas eran una amenaza para la privacidad del campus.
Bella salió al estacionamiento.
Y fue entonces cuando escuchó una voz.
—¡Sam!
Un niño salió corriendo.
Directamente hacia una joven rubia.
La misma rubia.
La que había visto abrazando a Scott.
La que había llamado “amor” a Scott.
La que ella había asumido que era su novia.
La chica abrió los brazos.
—¡Hola, monstruo!
El pequeño se lanzó sobre ella.
Riéndose.
Bella observó en silencio.
Confundida.
Hasta que escuchó otra voz.
—Mateo, deja respirar a tu tía.
Tía.
Bella parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Scott acababa de acercarse.
Y el niño respondió inmediatamente.
—Pero me gusta abrazarla.
—Lo sé.
—Y a ti también.
—Lo sé.
La rubia soltó una carcajada.
Luego golpeó el brazo de Scott.
—No seas celoso.
—Jamás.
—Mentiroso.
Entonces ocurrió.
Algo pequeño.
Algo insignificante.
Pero suficiente.
—Vamos, hermanito.
Hermanito.
Bella sintió que el mundo se detenía.
Hermanito.
No novio.
No pareja.
No amor secreto.
Hermano.
Toda la escena que había imaginado aquella noche se derrumbó de golpe.
Las piezas encajaron.
La confianza.
La cercanía.
La naturalidad.
Todo.
Era su hermana.
Siempre había sido su hermana.
Bella permaneció inmóvil mientras los observaba alejarse.
Su mente repasó cada recuerdo.
Cada conclusión.
Cada suposición.
Y entonces una idea horrible apareció.
Una que no pudo detener.
Una que la acompañó durante todo el camino a casa.
Si se había equivocado sobre Samantha…
¿Qué pasaba si también se había equivocado sobre aquella fiesta?
Por primera vez en cinco años…
Bella no estuvo tan segura de tener razón.