En una trama de poder, engaño y silencio, Cecília Mendes se ve obligada a reemplazar a su hermana prometida en un matrimonio con Arthur Alencar, un hombre rico e implacable, para salvar a su padre de una deuda familiar. Sorda desde un accidente provocado por el temperamento violento de su hermana, Cecília es enviada como un peón en un juego cruel, sin poder defenderse ni explicarse.
Al descubrir el engaño, Arthur reacciona con furia y transforma lo que debía ser una unión prestigiosa en un castigo de humillación y cautiverio: Cecília es obligada a asumir el rol de sirvienta en la mansión, vistiendo uniforme y obedeciendo órdenes con miedo a ser castigada o expuesta. Aislada y en silencio, intenta adaptarse, convirtiéndose en una sombra dentro de la lujosa residencia mientras lucha por sobrevivir a la crueldad de su esposo y al peso de la traición de su padre.
Entre el lujo de la mansión y la tensión de un secreto que nadie puede revelar, esta historia se adentra en temas de poder, sumisión, venganza y resistencia silenciosa, en una atmósfera cargada de odio, deseo y secretos capaces de cambiarlo todo.
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Capítulo 20
Arthur extendió el brazo, pero no para llevarla a cenar.
Sus ojos, antes recorriendo el cuerpo de ella, ahora poseían un brillo depredador, algo que Cecilia no sabía identificar.
Él dio un paso adelante, no sabía si aquello era deseo o la promesa de un nuevo peligro, disminuyendo la distancia entre ellos.
La mano de él, antes contenida, se alzó lentamente.
La mirada de Arthur cayó sobre la abertura del vestido, donde el maquillaje había fallado en esconder la cicatriz en el muslo de ella.
De forma suave, con una lentitud que la hizo contener la respiración, el dedo de Arthur se deslizó por la piel expuesta, rozando el lateral del muslo de ella y subiendo por la abertura del tejido.
La piel de Cecilia se electrizó al toque; un escalofrío gélido recorrió su nuca y el calor que subió por su cuerpo la dejó aturdida.
Los ojos de ella estaban fijos en los de él, absorbiendo la intensidad de aquella mirada.
La voz de Arthur sonó ronca, baja, casi un susurro que Cecilia sintió en la vibración del aire, incluso sin oírlo.
Él se inclinó, los labios próximos a la línea de visión de ella, pero sus ojos permanecían fijos en los de ella mientras él articulaba cada palabra lentamente:
—No necesitas esconder quién eres, Cecilia. —La punta del dedo de él llegó al límite de la cicatriz en el muslo, parando allí, un límite tácito entre el dolor pasado y el presente—. Eres quien necesitas ser.
Cecilia leyó los labios de él y absorbió cada palabra de él, la proximidad era sofocante y adictiva al mismo tiempo.
Él se aproximó aún más, la respiración caliente de él rozando su rostro, y la sonrisa que se formó en sus labios no era cínica, era algo más... íntimo.
La sonrisa la hizo desviar la mirada de los labios de él hacia los ojos de él, y allí, ella se vio atrapada.
Él quebró la poca distancia que restaba, y un beso sutil y lleno de una pasión contenida la alcanzó.
No era agresivo, sino profundo, una promesa y un desafío.
Cecilia sintió el sabor de la sorpresa, de la atracción prohibida y de algo que parecía casi... cuidado. Ella se entregó, los brazos elevándose para tocar el pecho de él, sintiendo la fuerza bajo el tejido del traje.
Pero tan rápido como comenzó, él quebró el contacto.
Arthur se alejó con un paso hacia atrás, como si el contacto lo quemara, la respiración jadeante, los ojos aún presos en los de ella, pero la intensidad había cambiado, tornándose más fría, más controlada.
—No necesitas mucho —dijo él despacio, con la voz un poco más firme, volteándose hacia la puerta—. Estaré esperando abajo.
Él salió, dejando a Cecilia sola en medio del cuarto, el sabor del beso caliente aún en sus labios, las marcas en su piel pareciendo quemar aún más intensamente. Sin entender lo que acababa de acontecer con él.
Arthur descendió los escalones de la gran escalera de mármol con pasos pesados, casi huyendo de lo que acababa de dejar atrás.
Cada fibra de su cuerpo gritaba para que él diera media vuelta, entrara en aquel cuarto y la arrojara en aquella cama y la amase como jamás amó a alguien en toda su vida.
El calor de la piel de ella aún quemaba en la punta de sus dedos, y el sabor del beso —el sabor de ella— aquella mezcla de inocencia y una entrega que él no esperaba —actuaba como un veneno dulce en sus venas.
Él sentía un deseo primitivo de sentirla, de apagar aquellas cicatrices con el propio toque, de poseerla hasta que no restase ningún vestigio del dolor que ella cargaba en los ojos.
¿Qué estoy haciendo?, se cuestionó, las manos cerrándose en puños y retrayéndose para dentro de los bolsillos.
Aquel sentimiento, aquella urgencia de protegerla y tomarla para sí, era un error.
Cecilia no era una mujer común; a pesar de ser más una víctima, ella aún era la sangre de Heitor Mendes.
Ella era el fruto del linaje que destruyera a su familia, que llevara a su padre a la tumba y transformara su infancia en un desierto de amargura.
Al llegar al final de la escalera, él paró delante del retrato de Su madre al lado de Samuel Alencar en el hall de entrada.
Los ojos del padre parecían juzgarlo a través del marco dorado.
El deseo que sintiera hacía pocos segundos fue súbitamente sofocado por una onda de hielo. El odio, aquel viejo y familiar compañero que lo moviera durante décadas, resurgió con fuerza total, aplastando la chispa de pasión que Cecilia encendiera.
Ella podría ser apenas un medio para un fin. Un trofeo de guerra. Una forma de hacer a Heitor arrastrarse.
Arthur respiró hondo, enderezando la postura y ajustando los puños de la camisa. La suavidad del momento en el cuarto podría ser considerada una flaqueza momentánea, un desliz que él no pretendía repetir.
Él no podía enamorarse del instrumento de su propia venganza.
Cuando ella descendiese para la cena, él no sería el hombre que la besara con ternura; él sería, nuevamente, el hombre frío que aprendió a no conocer la misericordia.