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Mi Amante Millonario

Mi Amante Millonario

Status: En proceso
Genre:Amante arrepentido / Amor eterno / Amor prohibido
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Margalo

Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...

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Capitulo 16: Una noche de pasión

El restaurante estaba situado en el piso más alto de un edificio emblemático, con grandes ventanales que dejaban ver toda la ciudad iluminada bajo el cielo oscuro. Al entrar, el maître los recibió con una reverencia especial y los acompañó hasta una mesa reservada junto al cristal, apartada del resto de los comensales y con una vista que parecía no tener fin. Marco se adelantó un paso, le tomó la silla a Elisa y la empujó suavemente hacia ella con una elegancia que mezclaba el trato de un caballero y la cercanía de un amante:

—Siéntate, mi vida. Todo lo que hay aquí es para ti esta noche.

Cuando ella se acomodó, él tomó asiento frente a ella, sin apartarle la mirada ni un segundo, con esa intensidad que siempre la hacía sentir como la única mujer en el mundo. Les entregaron las cartas encuadernadas en cuero oscuro, con letras doradas y una lista de manjares que Elisa ni siquiera conocía: langostas salvajes traídas de la costa, solomillo de res alimentado con hierbas finas, espumas de frutas exóticas, vinos de cosechas antiguas que costaban más que el sueldo de muchos meses.

—¿Qué se te antoja? —le preguntó él, apoyando los codos en la mesa y entrelazando los dedos—. Pide lo que quieras, sin importar el precio ni nada. Solo quiero que disfrutes.

—No sé… todo parece demasiado —respondió ella, pasando la mirada por las páginas—. Nunca he comido cosas así.

—Entonces déjame elegir yo —dijo él con una sonrisa segura—. Conozco lo que te gusta aunque tú no lo sepas aún.

Y pidió con una soltura impresionante: una entrada de ostiones frescos con salsa de limón y jengibre, luego un pescado blanco al horno con hierbas aromáticas y una guarnición de vegetales caramelizados, y de postre una mousse de frambuesa con pétalos de rosa confitados. Pidió también un vino tinto de una región lejana, añejo y suave, que el camarero sirvió con sumo cuidado.

Mientras esperaban, el silencio se volvió denso, y Marco se inclinó un poco hacia ella, perdiendo por un momento esa apariencia impecable para mostrar la preocupación que llevaba dentro:

—Ya estamos solos, y nadie nos escucha —empezó con voz baja y seria—. Hace tres días que me tratas como a un extraño, que me evitas, que me miras como si te hubiera hecho algo imperdonable. Y aquella noche… ese mensaje te cambió por completo. ¿Qué está pasando, Elisa? Dímelo de una vez. No puedo seguir así sin saber la verdad.

Ella jugó con el borde de la servilleta de lino, miró hacia la ventana y luego a los ojos de él, y sintió que ya no podía guardárselo más:

—Me llegó una noticia… algo que me ha puesto contra las cuerdas. Me he enterado de cosas que me impiden seguir como si nada pasara. Y ahora tengo que tomar una decisión: elegir entre quedarme contigo o seguir con Luis. No puedo seguir engañando a nadie, ni tampoco a mí misma. Tengo que decidir de una vez por todas.

Marco se quedó callado un buen rato, dio un trago lento al vino y la miró con una expresión que mezclaba rabia contenida y comprensión. En su mente, las piezas empezaron a encajar: alguien sabía lo suyo, alguien la estaba presionando, la estaba chantajeando o amenazando para obligarla a elegir. Y esa sola idea le hizo apretar los dedos alrededor de la copa hasta blanquear los nudillos.

—Alguien te está obligando a decir esto —dijo al final, con una voz que salió firme y llena de determinación—. Alguien sabe lo que hay entre nosotros y te está poniendo entre la espada y la pared. Pero escúchame bien: no me importa quién sea esa persona, ni cuánto poder tenga, ni contra quién tenga que luchar. No me importa luchar contra el mundo entero si es necesario para estar contigo. Y si ese alguien cree que puede asustarte o separarnos… se va a arrepentir de haberse metido en lo que no le importa. Nadie te va a quitar de mi lado. Nadie.

Elisa se le quedó mirando, y sintió que el corazón se le llenaba de una mezcla de emoción y certeza. Nunca nadie le había hablado así, nunca nadie le había hecho sentir que valía la pena luchar por ella con tanta fuerza. Se sintió importante, deseada, protegida, y supo en ese instante que lo que sentía por él era mucho más fuerte que cualquier miedo o cualquier culpa.

Cuando llegó la comida, el ambiente cambió: volvieron las miradas cómplices, las sonrisas, los comentarios suaves entre bocado y bocado. Comieron despacio, disfrutando de cada sabor, del vino que les calentaba la sangre y de esa cercanía que habían recuperado. Hablaron de todo un poco, de sus gustos, de sus sueños, de lo que les hacía sentir el uno al otro, y la mesa se llenó de una pasión contenida que se palpaba en el aire.

Al terminar, Marco no la dejó ir a casa sin más. La llevó hasta una agencia de automóviles de lujo que permanecía abierta solo para clientes especiales, y sin decir una palabra le señaló un coche deportivo de color rojo intenso, brillante y hermoso, con el motor aún caliente de haber sido probado.

—Es tuyo —dijo simplemente, entregándole las llaves—. Para que vayas y vengas cuando quieras, sin depender de nadie.

Y antes de que pudiera reaccionar, la llevó a una tienda de ropa exclusiva, donde pidió que le mostraran todo lo que le quedara bien: vestidos, trajes, ropa interior fina, abrigos, zapatos y accesorios. Compró casi toda la colección que le recomendó el dependiente, sin mirar precios ni dudar ni un segundo.

Más tarde, en una suite privada que él tenía reservada, Elisa se probó una a una las prendas mientras él la miraba sentado en el borde de la cama, con los ojos brillantes de admiración y deseo. Se puso un vestido negro ajustado que le marcaba cada curva, luego uno de encaje que la hacía ver frágil y ardiente a la vez, y finalmente un conjunto de ropa interior de seda blanca que dejó a Marco sin aliento. Cada vez que ella se daba la vuelta o se acercaba a él, él la tomaba de la mano, la hacía girar y le decía cuánto la amaba, cuánto la deseaba, cuánto significaba para él.

Se rieron, bailaron un poco con música suave de fondo, brindaron de nuevo y disfrutaron de una noche que parecía hecha solo para ellos. Pero cuando el reloj empezó a marcar las horas avanzadas, ambos supieron que no querían estar en ningún otro sitio que no fuera el lugar donde todo había empezado para ellos.

Llegaron a la casa de Elisa, y en cuanto cerraron la puerta, ya no hubo palabras ni dudas. Se entregaron el uno al otro con una pasión más intensa que nunca, como si quisieran fundirse en un solo ser, como si esa noche fuera la última o la primera de todas. Se amaron con locura, con ternura, con desesperación y con una alegría que les recorría cada rincón del cuerpo. Y en medio de ese abrazo, mientras sentía el calor de él sobre su piel, Elisa supo con total claridad: su elección estaba tomada. Quería a Marco, y con él quería estar, sin importar qué viniera después. Y así, entre sus brazos y bajo la luz tenue de la habitación, se entregaron por completo al deseo que los había unido desde el primer instante.

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