Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
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Capítulo 5: Un peligro inesperado
El clima de Londres, siempre caprichoso, decidió otorgar una tarde de cielos despejados pero viento cortante. Las hojas secas de los árboles de Hyde Park bailaban en remolinos dorados sobre el asfalto húmedo. Para Sofia, aquella tarde de sábado era la oportunidad perfecta para arrastrar a Mei a una de sus actividades favoritas: perderse por las callejuelas bohemias de Soho, curiosear en tiendas de discos de vinilo vintage y tomar café en algún rincón escondido que no apareciera en las guías turísticas.
Mei vestía un abrigo largo de lana color gris perla, unos pantalones de pana oscuros y una bufanda de cachemira blanca que Sofia le había prestado. Con su cabello oscuro recogido en una trenza lateral desenfadada y sus mejillas ligeramente sonrojadas por el viento frío, Mei caminaba con la ligereza de una turista fascinada. Su expresión era la viva imagen de la tranquilidad y la dulzura. Sin embargo, bajo esa apariencia relajada, sus sentidos operaban a máxima capacidad.
A unos cincuenta metros detrás de ellas, dos hombres corpulentos con chaquetas oscuras y auriculares casi imperceptibles en los oídos caminaban simulando mirar escaparates. Eran Marcus y Thomas, parte del equipo de seguridad de élite de Adrian. Desde el incidente en el salón de té, Adrian había duplicado la vigilancia sobre las jóvenes, aunque bajo el pretexto de que "la seguridad en el centro de la ciudad estaba delicada debido a las últimas manifestaciones".
Mei lo sabía perfectamente. Había detectado a los escoltas a los tres minutos de haber salido de la mansión. Le divertía la obstinación de Adrian, pero también respetaba el nivel de profesionalismo de sus hombres; sabían mantener la distancia justa para no resultar invasivos, pero la distancia suficiente para intervenir en segundos.
—¡Mei, tienes que ver esto! —exclamó Sofia, tomándola de la mano y arrastrándola hacia un callejón estrecho adoquinado que conectaba dos avenidas principales—. Hay una pequeña tienda de antigüedades al final de este pasaje. Mi abuela solía comprar joyas de la época victoriana aquí. Es un lugar mágico.
El callejón, conocido como St. Jude’s Passage, era estrecho y flanqueado por altos muros de ladrillo visto cubiertos de grafitis antiguos. A esa hora de la tarde, cuando el sol empezaba a ocultarse y las sombras se alargaban rápidamente, el pasaje se encontraba prácticamente desierto. Las pocas farolas de pared aún no se habían encendido, y el eco de sus propios pasos de tacón contra los adoquines húmedos era el único sonido que las acompañaba.
Mei detuvo sutilmente el paso, evaluando el entorno. El callejón tenía una ligera curva que impedía ver la salida del otro extremo. Era un punto ciego clásico. Un lugar perfecto para una emboscada.
—Sofia —dijo Mei con voz suave pero firme, deteniendo a su amiga por el brazo—, tal vez sea mejor que regresemos a la avenida principal. La luz está bajando muy rápido.
—Oh, por favor, Mei. Está a la vuelta de la esquina, te lo prometo —insistió Sofia con su habitual desparpajo—. Además, llevamos a los dos "perros guardianes" de mi hermano pisándonos los talones. ¿Qué podría pasarnos?
Justo en ese momento, tres figuras masculinas salieron de la penumbra de un portal en desuso, bloqueando el camino unos metros más adelante. Iban vestidos con chaquetas deportivas oscuras, capuchas de sudadera que les cubrían la mitad del rostro y las manos metidas en los bolsillos. Su lenguaje corporal era depredador: hombros encorvados, miradas rápidas a los lados y una distribución del espacio que buscaba arrinconarlas contra la pared.
Mei reaccionó al instante. Deslizó su cuerpo sutilmente por delante de Sofia, colocándose como un escudo imperceptible entre su amiga y los recién llegados. Su peso se distribuyó de inmediato en una postura de guardia baja, casi invisible para un ojo no entrenado, con las rodillas ligeramente flexionadas bajo el abrigo largo.
—Miren lo que tenemos aquí —dijo el más alto de los tres, un tipo de mandíbula prominente y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Su acento del este de Londres era áspero y burlón—. Dos hermosas señoritas perdidas en el callejón equivocado.
—No queremos problemas —dijo Sofia, cuya voz flaqueó ligeramente mientras daba un paso atrás, aferrándose al brazo de Mei—. Tenemos dinero. Podemos dárselo si nos dejan pasar.
—Eso es exactamente lo que vamos a hacer, preciosa —replicó otro de ellos, un sujeto delgado que sacó una navaja de muelle del bolsillo, haciendo que la hoja de acero brillara con un chasquido metálico en la semioscuridad—. Pero primero, nos darán esos bolsos tan caros que llevan, los teléfonos y ese reloj de oro que tienes en la muñeca. Y luego, tal vez decidamos si nos divertimos un rato antes de que se vayan.
Al final del callejón, Marcus y Thomas, los guardaespaldas de Adrian, doblaron la esquina a toda prisa al percatarse de que las jóvenes habían entrado en la zona de riesgo. Al ver la escena de los tres hombres acorralándolas y el brillo del arma blanca, los escoltas metieron las manos bajo sus chaquetas para desenfundar sus armas reglamentarias y corrieron hacia ellos.
—¡Alto! ¡Seguridad! —gritó Marcus con voz de trueno, acelerando el paso.
Pero la distancia era de al menos quince metros, y el hombre de la navaja, asustado por la repentina aparición de los guardaespaldas armados, reaccionó de manera violenta e impulsiva.
—¡Maldición, la policía! ¡Agarra a la chica! —gritó el líder, señalando a Sofia.
El delincuente de la navaja se lanzó hacia adelante con una puñalada rápida dirigida al abdomen de Sofia, buscando tomarla como rehén para asegurar su huida. Sofia soltó un grito de terror, cerrando los ojos y esperando el impacto del acero.
Pero el impacto nunca llegó.
Lo que sucedió a continuación ocurrió con una velocidad y precisión tan asombrosas que los guardaespaldas, que corrían desesperados hacia ellas, se quedaron helados a mitad de camino.
Mei no dudó. Su mente, fría y analítica como una computadora de alta velocidad, calculó la trayectoria del ataque en una fracción de segundo. Dio un paso diagonal hacia adelante con el pie izquierdo, entrando directamente en el "punto ciego" del atacante, reduciendo la distancia para anular el alcance de la navaja.
Con un movimiento fluido de su brazo derecho, ejecutó un desvío clásico del estilo Wing Chun (Pak Sao), golpeando la parte interna de la muñeca del atacante con la palma de su mano. La fuerza del desvío fue tan seca y precisa que la trayectoria de la navaja pasó a milímetros del abrigo de Sofia, perdiendo toda su inercia.
Antes de que el agresor pudiera recuperar el equilibrio, Mei giró sobre su propio eje y, utilizando la energía del propio impulso del hombre, le propinó un golpe con el talón de la mano izquierda directamente en la barbilla. El sonido del impacto del hueso contra el maxilar resonó en el callejón. El hombre de la navaja abrió los ojos de par en par, perdiendo el control de sus extremidades antes de desplomarse pesadamente sobre el suelo de adoquines, completamente inconsciente. La navaja tintineó al rodar por el suelo.
—¡¿Pero qué demonios...?! —exclamó el líder de los delincuentes, atónito al ver a su compañero derribado por la menuda joven de aspecto inofensivo.
Sin darles tiempo a procesar la situación, el tercer delincuente, un hombre corpulento y pesado, se abalanzó sobre Mei con un puñetazo salvaje y desordenado dirigido a su rostro.
Mei simplemente se agachó con un movimiento felino, esquivando el puño que pasó silbando sobre su cabeza. Utilizando la fuerza de sus piernas, se impulsó hacia arriba y conectó un golpe doble con las palmas de sus manos en el pecho del agresor, directamente sobre el plexo solar. El impacto bloqueó el diafragma del hombre, dejándolo instantáneamente sin aire. Mientras el sujeto se doblaba hacia adelante jadeando y sin poder respirar, Mei enganchó su pierna detrás del tobillo del atacante y, con un sutil empujón en el hombro, lo proyectó hacia el suelo, donde quedó retorciéndose de dolor y buscando aire desesperadamente.
El líder del grupo, el único que quedaba en pie, retrocedió dos pasos, mirando a Mei con una mezcla de absoluto terror e incredulidad. La joven dulce e indefensa que pretendían robar se había transformado, en menos de diez segundos, en una máquina de combate letal y perfectamente coordinada.
Cuando el líder intentó dar la vuelta para huir del callejón, Marcus y Thomas finalmente llegaron al lugar. Marcus lo tacleó contra la pared de ladrillos, inmovilizándolo en el acto y colocándole las esposas de plástico de seguridad con movimientos mecánicos y profesionales.
Thomas, con el arma aún en la mano pero apuntando hacia el suelo, miraba a Mei con los ojos abiertos de par en par, completamente estupefacto. Su entrenamiento militar y sus años en la firma de seguridad de Adrian no lo habían preparado para presenciar una demostración de defensa personal tan limpia, eficiente y devastadora por parte de una estudiante universitaria china de veinte años.
—Señorita... señorita Zhang —tartamudeó Thomas, guardando su arma con manos ligeramente temblorosas—. ¿Se encuentra bien? ¿Está herida?
Mei exhaló un suspiro pausado, relajando su postura de inmediato. Su rostro volvió a adoptar esa expresión de dulce tranquilidad, y se acomodó la bufanda de cachemira con total parsimonia, como si solo hubiera tropezado en la acera.
—Estoy perfectamente, gracias por preguntar —respondió Mei con su voz suave y melódica—. ¿Y usted, Sofia? ¿Se encuentra bien?
Sofia estaba apoyada contra la pared del callejón, con las manos sobre el pecho y la boca abierta. Miraba a Mei como si acabara de ver a un personaje de una película de ciencia ficción cobrar vida ante sus ojos.
—Mei... tú... tú los... —Sofia balbuceó, incapaz de articular una frase completa—. ¡Eso fue increíble! ¡Los derribaste en un segundo! ¿Qué clase de magia fue esa? ¡Dios mío, casi me muero del susto, pero tú te moviste como una superheroína!
Mei dejó escapar una pequeña y encantadora risita, restándole importancia al asunto con un ademán de la mano.
—No fue magia, Sofia. Solo defensa personal básica. Mi abuelo siempre insistía en que una mujer debe saber cómo protegerse cuando viaja sola. Lamento si te asusté.
Marcus, que acababa de asegurar al líder de los delincuentes, se volvió hacia Mei con una expresión de profundo respeto y un toque de temor reverencial.
—Señorita Zhang, con todo respeto, eso no fue "defensa personal básica". He visto a agentes de fuerzas especiales moverse con menos precisión que usted. Ha sido una ejecución impecable.
—Muchas gracias, señor Marcus —agradeció Mei con una sutil inclinación de cabeza—. Pero les agradecería mucho si pudiéramos mantener este... pequeño incidente de manera confidencial. No me gustaría que esto causara revuelo o preocupara innecesariamente a la familia.
Marcus y Thomas se miraron entre sí, visiblemente incómodos. Ambos sabían perfectamente cuál era su deber: debían reportar cada detalle de la seguridad de la señorita Sofia y de su invitada directamente al jefe de la firma, Adrian Vance. Ocultar un ataque armado en plena calle de Londres era una falta grave que podría costarles el empleo.
—Señorita Zhang... —comenzó Thomas con cautela—. El señor Vance tiene un protocolo muy estricto. Tenemos la obligación de informarle de cualquier altercado físico de inmediato. Si no lo hacemos...
—Yo hablaré con él —interrumpió Mei, sosteniendo la mirada de Thomas con una firmeza tranquila que no admitía discusión—. Le aseguro que el señor Vance comprenderá la situación. Solo les pido que nos lleven de regreso a la mansión antes de que la prensa o la policía local compliquen más las cosas.
Marcus asintió lentamente, rindiéndose ante la autoridad silenciosa de la joven.
—Entendido. El coche nos espera en la esquina de la avenida. Thomas se quedará aquí para entregar a estos sujetos a las autoridades locales. Yo las escoltaré de regreso.
El trayecto de regreso en el sedán negro fue un torbellino de preguntas por parte de Sofia. La hermana de Adrian estaba tan entusiasmada y asombrada que apenas dejaba espacio para que Mei respondiera.
—¡Tienes que enseñarme a hacer eso, Mei! —exclamaba Sofia, imitando de manera cómica el golpe de palma de Mei en el aire—. Ese tipo corpulento simplemente se dobló a la mitad. ¡Fue espectacular! Ahora entiendo por qué no te asustaste cuando Adrian te dio su discurso de dictador en el desayuno. ¡Tú podrías patearle el trasero si quisieras!
Mei sonrió, manteniendo la mirada en el paisaje nocturno que pasaba a través de la ventanilla.
—El objetivo de las artes marciales no es pelear, Sofia. Es evitar la pelea. Hoy no tuvimos otra opción, pero la violencia siempre debe ser el último recurso. Y, por favor, te pido que no le menciones nada de esto a tu hermano. Deja que yo hable con él primero.
—Está bien, está bien —prometió Sofia, levantando las manos en señal de rendición—. Pero solo porque me lo pides tú. Aunque pagaría por ver la cara de Adrian cuando se entere de que la "dulce e ingenua" amiga que tanto quería proteger resolvió un asalto con cuchillo en diez segundos.
Cuando el coche finalmente cruzó las verjas de hierro de la mansión Vance y se detuvo frente a la entrada principal, Mei pudo sentir la tensión en el ambiente incluso antes de bajar del vehículo. Las luces de la biblioteca estaban encendidas, y la silueta de Adrian se recortaba contra el ventanal, visiblemente impaciente.
En cuanto las puertas principales se abrieron, Adrian ya se encontraba en el vestíbulo. No vestía su habitual traje sastre; llevaba unos pantalones oscuros y una camisa negra de mangas remangadas hasta los antebrazos. Su rostro estaba pálido, con la mandíbula tan apretada que parecía de piedra, y sus ojos grises brillaban con una furia y una preocupación salvajes que no se esforzó en ocultar.
Marcus, que había entrado justo detrás de las jóvenes, dio un paso al frente y se cuadró de manera militar.
—Señor Vance, las señoritas están a salvo y sin novedad en la residencia —informó el escolta con tono profesional.
Adrian ignoró por completo a su empleado. Sus ojos se clavaron directamente en Mei, recorriéndola de arriba abajo con una desesperación silenciosa, buscando cualquier rastro de sangre, rasguños o debilidad en su cuerpo. Al ver que estaba físicamente intacta, dejó salir un suspiro ronco y áspero, aunque la furia en su mirada no disminuyó.
—Sofia, ve a tu habitación ahora mismo —ordenó Adrian. Su voz era un susurro dangerously bajo que hizo que su hermana diera un paso atrás.
—Pero Adrian, yo... —intentó protestar Sofia.
—¡Ahora, Sofia! —bramó él, perdiendo el control por completo. Su grito resonó en todo el vestíbulo de mármol.
Sofia, asustada por la intensidad inusual de su hermano, miró a Mei con disculpa y corrió escaleras arriba sin decir una palabra más.
Adrian se volvió hacia Marcus.
—Déjanos solos. Espera mis órdenes en la oficina de seguridad externa. Quiero el reporte detallado de Thomas en mi escritorio en una hora.
—Sí, señor —respondió Marcus, retirándose de inmediato y cerrando la gran puerta de madera tras de sí.
El silencio que se instaló en el vestíbulo fue abrumador. Solo se escuchaba la respiración agitada de Adrian, quien parecía un león enjaulado sediento de respuestas. Dio varios pasos rápidos hacia Mei, deteniéndose a escasos centímetros de ella. La diferencia de tamaño y la furia que emanaba de su cuerpo habrían aterrorizado a cualquier hombre, pero Mei permaneció inmóvil, sosteniéndole la mirada con esa calma pacífica que era su mayor fortaleza.
—¿En qué demonios estabas pensando? —rugió Adrian, con los puños apretados a los lados de su cuerpo—. ¡Un callejón sin salida en Soho a esas horas! ¡¿Tienes idea de lo que pudo haberles pasado?! ¡Thomas me llamó diciendo que un tipo con una navaja intentó atacar a Sofia y que tú... tú te interpusiste! ¡Pudiste haber muerto, Mei! ¡¿Es que no tienes cerebro detrás de toda esa maldita filosofía del agua?!
Adrian estaba fuera de sí. El miedo cerval a que algo le sucediera a Mei —un miedo que se negaba a procesar como amor pero que lo estaba consumiendo por dentro— se había transformado en una ira incontrolable.
Mei desató lentamente su bufanda de cachemira y la colocó sobre la mesa auxiliar de mármol. Luego, levantó la mirada y fijó sus ojos oscuros directamente en los de él. Su voz, cuando habló, fue un susurro frío y cortante que apagó de inmediato los gritos de Adrian.
—Baje la voz, señor Vance. No tiene ningún derecho a gritarme en esta casa ni en ningún otro lugar.
Adrian se quedó mudo por un segundo, parpadeando ante la firmeza gélida de la joven.
—No me he interpuesto por capricho ni por falta de cerebro —continuó Mei, dando un paso hacia él, obligándolo sutilmente a retroceder por la fuerza de su presencia—. Sofia estaba en peligro. Un hombre armado iba a herirla. Sus valiosos guardaespaldas estaban demasiado lejos para intervenir a tiempo debido a la distancia de seguridad que usted mismo les ordenó mantener. Si yo no hubiera actuado, en este momento su hermana estaría en un hospital o algo peor. Así que guarde su ira y empiece a mostrar un poco de gratitud.
Adrian apretó los dientes, sintiendo que la culpa y la frustración lo ahogaban.
—¡Marcus me dijo lo que hiciste! —replicó Adrian, bajando el tono pero manteniendo la misma intensidad rabiosa—. ¡Derribaste a dos hombres armados y con experiencia en la calle como si estuvieras jugando! ¡¿Tienes idea del riesgo que corriste?! ¿Y si el tercer hombre hubiera tenido un arma de fuego? ¿Y si hubieran sido más? ¡No eres invencible, Mei! ¡No puedes ir por la vida creyendo que tus trucos de artes marciales te salvarán de la brutalidad de este mundo!
Mei esbozó una pequeña y triste sonrisa, una que reflejaba una madurez y un dolor que Adrian no había visto antes en ella.
—No son trucos, Adrian —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez, lo que provocó que el corazón de él diera un vuelco salvaje—. Es disciplina. Es saber cuándo actuar y cómo hacerlo para preservar la vida. Hoy salvé a su hermana y me salvé a mí misma. Su desconfianza y sus prejuicios le impiden ver que no soy una víctima que necesite ser custodiada. Soy una guerrera. Y si usted no puede aceptar que soy capaz de manejar mis propios riesgos, entonces tal vez tenga razón y deba marcharme de esta casa de inmediato.
La palabra "marcharme" golpeó a Adrian como un balde de agua helada. La sola idea de que Mei empacara sus cosas y saliera de su vida para siempre le causó un dolor agudo y físico en el pecho. Las defensas que había construido con tanto esmero durante años se desmoronaron por completo en ese instante.
Adrian dio un paso rápido hacia adelante, rompiendo toda distancia de cortesía. Extendió las manos y la tomó de los hombros con una mezcla de firmeza y una delicadeza casi desesperada. Sus dedos temblaban sutilmente sobre la lana de su abrigo.
—No —susurró Adrian, con una voz ronca que delató toda su vulnerabilidad—. No te vas a ir. No vas a ir a ninguna parte, Mei.
Mei sintió el calor de sus manos y la agitación de su pecho tan cerca del suyo. Pudo ver, en la profundidad de esos ojos grises habitualmente fríos, un torbellino de emociones sin censura: miedo, respeto, un profundo arrepentimiento y una atracción tan intensa y abrasadora que parecía consumirlo vivo.
—Entonces deje de tratarme como a una molestia —pidió Mei con voz suave, sosteniéndole la mirada—. Deje de usar su arrogancia como una barrera entre nosotros.
Adrian cerró los ojos por un breve instante, apoyando su frente ligeramente contra la de ella, un gesto de rendición absoluta que rompió el último vestigio de su orgullo.
—Lo siento —susurró él, con una honestidad que le costó cada gramo de su ser—. Lo siento... Solo... cuando Thomas me llamó y me dijo que había un arma blanca involucrada... sentí que el mundo se me caía encima. No era por Sofia, Mei. Bueno, sí, ella es mi hermana y la amo... pero el solo pensamiento de que esa navaja pudiera tocarte a ti... de que pudieras salir herida... me volvió loco. No puedo... no puedo permitir que te pase nada.
Mei sintió que su propio corazón se aceleraba ante la confesión de Adrian. La vulnerabilidad de aquel hombre tan imponente y desconfiado era el regalo más valioso que podía ofrecerle. Despacio, levantó sus manos y las colocó sobre los antebrazos de Adrian, devolviéndole sutilmente el contacto físico.
—No me pasará nada, Adrian —le aseguró ella con una dulzura infinita—. Sé cuidarme. Pero agradezco que te importara tanto.
Adrian abrió los ojos y la miró, perdiéndose en la calidez de sus pupilas oscuras. La tensión entre ambos en ese vestíbulo silencioso era casi mística, una sincronía perfecta entre el loto y el acero. Adrian supo, en ese preciso instante, que ya no había vuelta atrás. La primera grieta en su armadura se había convertido en un derrumbe total. Estaba irremediablemente enamorado de la dulce, inteligente y letal joven china que sostenía su mundo en sus manos.