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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: Lágrimas en el vestíbulo

Marcos soltó un largo suspiro y negó con la cabeza.

—Eres un caso perdido.

—Eso dices desde hace años.

—Y cada año me das más razones.

El vestíbulo volvió a quedar en calma.

Las puertas automáticas se abrían y cerraban constantemente. Empleados con carpetas bajo el brazo cruzaban la recepción de un lado a otro. El sonido de teléfonos, teclados y conversaciones lejanas se mezclaba con la lluvia que seguía golpeando los cristales.

Pasaron un par de minutos.

Alexander continuaba distraído revisando algunos correos en su teléfono.

Entonces...

Ding.

Uno de los elevadores se abrió.

Alexander apenas le prestó atención. Solo era otra persona entrando o saliendo. Sin importancia alguna.

Se escucharon unos pasos apresurados.

Tac.

Tac.

Tac.

Cada vez más rápidos.

Marcos levantó la vista por instinto.

Frunció el ceño.

Una joven acababa de salir del elevador con la cabeza agachada y avanzaba a toda prisa por el vestíbulo completamente ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

—¡Alexander! —advirtió Marcos.

Alexander apenas levantó una ceja.

—¿Qué?

—¡Cuidado!

Él alcanzó a girar la cabeza.

—¿Cuidado con qu...?

¡PUM!

Un fuerte impacto lo golpeó por la espalda.

La fuerza del choque lo hizo inclinarse un paso hacia delante.

La joven perdió el equilibrio al instante.

Todo ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

Alexander reaccionó por puro reflejo. Giró sobre sus talones y extendió ambos brazos antes de que ella cayera.

Una mano rodeó con firmeza su cintura, mientras que la otra sostuvo su espalda.

El impulso quedó detenido entre ambos.

La joven respiró agitadamente.

Sus dedos se aferraron, casi por instinto, a la solapa del saco de Alexander.

Permaneció inmóvil, con la cabeza baja.

Sin atreverse siquiera a levantar la mirada.

—¿Estás bien? —preguntó Alexander.

Su voz era serena, grave, con aquella autoridad natural que no necesitaba imponerse.

La muchacha se estremeció, pero no respondió.

Alexander esperó unos segundos.

Nada.

—¿Te lastimaste?

Silencio.

Solo percibía la rigidez de su cuerpo y el leve temblor de su respiración.

Como si estuviera haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse en pie.

Frunció ligeramente el ceño.

Aquello ya no parecía simple vergüenza.

—Ey...

Su tono se volvió un poco más firme.

—Ey, mírame cuando te hablo.

Sin brusquedad, llevó una mano hasta su mentón.

Sus dedos, gruesos y firmes, se acomodaron con delicadeza bajo la mandíbula de la joven, obligándola apenas a levantar el rostro.

El contacto bastó para que ella se tensara de inmediato.

Como si aquel simple gesto hubiera atravesado todas sus defensas.

Alexander elevó lentamente su rostro.

Y entonces la reconoció.

Era la joven de aquella mañana.

La muchacha que había corrido bajo la lluvia con la desesperación reflejada en el rostro. La misma que casi había terminado bajo las ruedas de su automóvil. La dueña de aquellos inusuales ojos azules que, por un motivo que ni él mismo comprendía, se habían quedado grabados en su memoria.

Ahora los tenía frente a él, y estaban enrojecidos.

Fue entonces cuando se percato de aquel detalle importante. Una lágrima descendía lentamente por su mejilla, después otra.

Ella estaba llorando.

Por un instante, la mujer sintió el peso de aquella mirada sobre ella.

No era una mirada cualquiera. Era como si aquel hombre intentara atravesar todas las barreras que había levantado, buscando respuestas que ni ella misma sabía cómo explicar.

Aquella sensación la estremeció.

Desvió la vista de inmediato y, con un movimiento torpe, se apartó de su mano.

Alexander no intentó detenerla.

Continuó observándola, desconcertado.

¿Por qué temblaba de aquella manera?

¿Por qué parecía tan frustrada?

Antes de que pudiera formular otra pregunta, una voz autoritaria resonó por todo el vestíbulo.

—¡¡DAYANA!!

Así que se llama Dayana... Pensó para si mismo Alexander.

—¿A dónde crees que vas?

La joven se estremeció al escuchar aquella voz, sus hombros se encogieron y los nudillos de sus manos estaban ya blancos del coraje.

Alexander entrecerró los ojos.

Desconocía lo que pasaba por su cabeza, pero aquella reacción no era normal.

El director llegó hasta ellos jadeando, con el rostro enrojecido por la prisa.

—Ya no es mi problema.

Dijo Dayana con una mezcla de agotamiento y rabia.

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