Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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El precio del chantaje
Mientras Isabel Villarreal se dirigía hacia la torre corporativa de Gael Sotomayor dispuesta a entregar su libertad, en otra ala de la clínica privada la atmósfera se impregnaba de una ponzoña muy distinta. Samanta había sido trasladada a una habitación privada de observación gracias a la última línea de crédito personal que Felipe había garantizado. Reposaba sobre la cama clínica, con el rostro aún pálido pero con una mirada en la que el despecho se había transformado en una fría determinación. A su lado, de pie como una sombra vigilante, Francisca terminaba de retocarse el labial frente al espejo del baño. No había lágrimas en sus ojos; la noticia del embarazo de su hija había activado en ella el instinto de supervivencia más despiadado.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, rompiendo el tenso silencio. Fabián Vargas entró a tropezones, con el cabello negro alborotado y el saco de diseñador desabotonado. Su mirada oscura iba de un lado a otro, cargada de una mezcla de rabia y un pánico mal contenido. Tras el escándalo en el restaurante, había pasado las últimas horas intentando desesperadamente comunicarse con Isabel, pero todos sus intentos habían rebotado contra el buzón de voz. Sabía que la aparición de Samanta había dinamitado su fachada de adonis perfecto, pero lo que ignoraba era el contraataque que su suegra y su examante le tenían preparado.
—¿Se puede saber qué locura es esta, Francisca? —siseó Fabián, bajando la voz para evitar que los enfermeros del pasillo lo escucharan, aunque la furia contenida hacía temblar su mandíbula—. Me llamaste diciendo que era una emergencia de vida o muerte. Bastante desastre armó tu hija anoche en el restaurante como para que ahora me busquen en la clínica. ¡Isabel no me responde las llamadas por culpa de su numerito histérico!
Francisca guardó su labial con calma, cerrando el bolso con un chasquido seco que resonó como un disparo en el cubículo. Se giró lentamente, cruzándose de brazos mientras medía a Fabián con una mirada cargada de desprecio aristocrático.
—Baja el tono, Fabián. Aquí el único que ha cometido una locura, y de las más bajas, eres tú —sentenció Francisca, caminando hacia el pie de la cama con una tranquilada que encendió las alarmas en el joven—. Deberías medir tus palabras antes de llamarnos histéricas. Deberías, sobre todo, tener un poco más de respeto por la madre de tu futuro hijo.
Fabián se congeló en su sitio. Las palabras parecieron flotar en el aire, densas, absurdas. Miró a Francisca y luego desvió los ojos hacia Samanta, quien lo observaba desde la almohada con una sonrisa amarga y triunfante, cruzando los brazos sobre la cobija de la clínica.
—¿De qué demonios estás hablando? —balbuceó Fabián, sintiendo un vacío helado en el estómago.
—Estoy embarazada, Fabián —soltó Samanta, con una voz arrastrada pero firme. Disfrutó visiblemente ver cómo la suficiencia del hombre se desmoronaba en un segundo—. Seis semanas.
El médico lo acaba de confirmar con los análisis de sangre tras mi desmayo. Ese hijo que tanto deseas tener con una Villarreal viene en camino, la pequeña diferencia es que viene en mi vientre, no en el de Isabel.
—¡Eso es mentira! —rugió Fabián, dando un paso violento hacia la cama, pero deteniéndose cuando Francisca se interpuso en su camino con la firmeza de una leona—. ¡Es una trampa de ustedes dos! ¡Una maldita mentira para amarrarme ahora que saben que iba a formalizar con Isabel! Tú y yo terminamos hace meses, Samanta. No me vas a encasquetar un bastardo para arruinar mis planes.
—¡Mide tus palabras, infeliz! —le espetó Francisca, señalándolo con el dedo índice, con los ojos encendidos en ira—. A mi nieto no lo vas a llamar así. Las fechas cuadran perfectamente y tú lo sabes. Has estado jugando a dos bandas, acostándote con mi hija en la clandestinidad mientras usabas la fachada de amigo fiel con Isabel para ganarte la confianza de Leonardo y meterle la mano a las finanzas de la constructora. Creías que eras el más vivo del tablero, Fabián, pero te acabas de caer con todo y tus mentiras.
Fabián se pasó las manos por el rostro, respirando con dificultad. El sudor comenzó a correrle por la nuca. El embarazo cambiaba las reglas del juego por completo. Si Isabel llegaba a enterarse de esto, no habría explicación ni súplica en el mundo que la hiciera perdonarlo. Su acceso a la fortuna familiar de los Villarreal se cerraría de forma permanente.
—Escúchenme bien las dos —dijo Fabián, intentando recuperar el control, adoptando una postura intimidante—. No me voy a casar con Samanta. Eso no va a pasar. Les daré una pensión, pagaré los gastos médicos de la clínica y mantendré al niño en el anonimato si se demuestra que es mío. Pero mi boda con Isabel sigue en pie en cuanto logre hablar con ella y limpiar el malentendido de anoche.
Samanta soltó una carcajada estridente, una risa seca que cortó el aire de la habitación y que hizo que Fabián apretara los dientes.
—¿Tu boda con Isabel? —se mofó Samanta, incorporándose un poco en la cama, apoyándose en los codos—. Pobre estúpido. De verdad no tienes idea de lo que está pasando afuera de estas cuatro paredes, ¿verdad? Las empresas Villarreal están en la quiebra absoluta. El viejo Leonardo sufrió un infarto anoche y se está muriendo en la unidad de cuidados intensivos porque un inversionista fantasma lo estafó y el gobierno le congeló hasta las cuentas del supermercado. No hay fortuna que robar, Fabián. Los Villarreal hoy son un cascarón vacío lleno de deudas.
El rostro de Fabián pasó de la ira al desconcierto absoluto. La revelación de la quiebra lo golpeó con la fuerza de un camión. Él había invertido meses de cortejo, de regalos y de manipulación sutil solo por el patrimonio de esa familia. Saber que todo se había esfumado en una noche le provocó un cortocircuito mental.