Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 10: Invitación inesperada.
A veces me pregunto si los adultos tienen algún tipo de acuerdo secreto para complicarnos la vida. O peor aún, para intentar organizarnos la vida como si fuéramos muñecos en una estantería. Y en mi caso, estaba más que claro que mis padres y los padres de Alexandro se habían puesto de acuerdo en algo que, para ellos, era brillante, y para mí… bueno, para mí sonaba a castigo.
Todo empezó una tarde de sábado, mientras estábamos todos reunidos en la sala de mi casa, después de una comida que, por cierto, yo había adornado con unas flores que habían crecido el doble de rápido de lo normal —solo para embellecer el ambiente, claro—. Los mayores hablaban de negocios, de viajes, de proyectos… y de repente, mi madre dio una palmada de emoción, se giró hacia la señora Ferrer y soltó la idea que cambiaría mi fin de semana.
—¡Ya sé! —exclamó ella, con esa sonrisa de "tengo la mejor idea del mundo" que me conoce tan bien—. ¿Por qué no organizamos una excursión todos juntos? Hace un día precioso, el campo está hermoso esta época… Podemos ir a la finca que tenemos en las afueras, pasar el día, comer allá, caminar un poco. Sería estupendo que los chicos pasen más tiempo juntos, ¿no? Se llevan tan bien…
Ahí hizo una pausa y me miró con ojos brillantes, y luego miró a Alexandro, que estaba sentado en el sofá con la calma de siempre, bebiendo su café. —Además, Mariam está siempre tan ocupada con sus cosas, y Alexandro también… Es bueno que compartan, que se conozcan más. Son casi como familia, ¿verdad?
Casi me atraganté con mi propia bebida. ¿Que se llevan tan bien?, pensé, intentando mantener mi sonrisa educada, aunque por dentro estaba gritando. Mamá, querida mamá, si supieras que lo único que hacemos es pelear, discutir, él me regaña por usar magia y yo me burlo de él por ser demasiado serio… ¿llamas a eso "llevarse bien"?
Miré de reojo a Alexandro. Él también me miró, y en sus ojos vi el mismo pensamiento que yo tenía: ¿Esto es en serio? Pero como somos educados, o al menos fingimos serlo delante de los mayores, ninguno dijo nada. Al contrario, el señor Ferrer aplaudió la idea encantada.
—¡Me parece excelente! —dijo él—. Hace falta respirar aire puro, alejarse un poco de la ciudad. Y sí, los chicos deberían pasar más tiempo juntos. Se hacen muy buena compañía, estoy seguro.
—¡Entonces está decidido! —cerró el trato mi padre, muy contento—. Nos vamos en dos horas. Preparen sus cosas, chicos, que nos vamos de excursión familiar.
Me levanté de la mesa con una sonrisa tan forzada que casi me dolieron las mejillas, me despedí con elegancia y subí a mi habitación como si me llevaran al cadalso. En cuanto cerré la puerta, me dejé caer sobre la cama y solté un suspiro dramático y largo.
—Una excursión familiar —repetí con sarcasmo al techo—. Pasar tiempo juntos. ¿Es que no tienen otra cosa que hacer? ¿Por qué tengo que irme al campo, caminar por tierra, polvo y plantas, cuando yo podría estar aquí cómoda, leyendo, practicando magia o simplemente viendo cómo pasa el tiempo? Y lo peor de todo: con él. Con Alexandro. El señor "todo lo haces mal" y "brillas demasiado". Vaya diversión me espera.
Pero, claro, no tenía opción. Mis padres estaban tan ilusionados que negarse habría sido una ofensa, y, además, yo soy una chica modelo —bueno, en apariencia—, así que no podía hacer un berrinche. Me levanté, abrí mi armario y empecé a elegir ropa con mucho cuidado. Porque sí, me obligaban a ir al campo, sí, me obligaban a pasar horas con él, pero eso no significaba que iba a ir vestida como cualquiera.
Elegí un conjunto cómodo pero elegante, de telas ligeras y colores que me hacían resaltar entre cualquier paisaje, me peiné de forma que, con un pequeño toque de magia, mi cabello brillara con el sol y se moviera con la brisa como si estuviera en una película, y me puse las botas más bonitas y adecuadas que tenía. Si tengo que ir, me dije mirándome al espejo, al menos voy a ser la reina del campo también. Que se acostumbren a verme perfecta en cualquier lugar y situación.
Dos horas después, estábamos todos en los coches. Por supuesto, como si el destino quisiera burlarse de mí, me tocó ir en el mismo vehículo que Alexandro, mientras los padres iban delante charlando animadamente. En cuanto arrancamos, me acomodé en mi asiento, puse los auriculares y miré por la ventana, fingiendo que él no existía. Pero él, como siempre, no tenía ninguna intención de dejarme tranquila.
Se inclinó un poco hacia mí, me quitó un auricular con mucho cuidado y me susurró con esa voz que ya conocía: —Vamos, Mariam, no te pongas así. Parece que te llevan a la cárcel y no a pasar un día en un lugar precioso.
Lo miré con ojos de indignación, aunque bajé la música para escucharlo. —Para ti será precioso —le respondí en voz baja, para que los de adelante no oyeran—. A mí me parece una pérdida de tiempo. Yo ya he visto muchos campos, muchos bosques, muchas montañas… en mis mil años de vida, créeme, ya he caminado suficiente tierra. Y ahora, que podría estar disfrutando de las comodidades de la vida moderna, me hacen volver a lo básico. Y encima contigo. El colmo de la suerte.
Él soltó una risa bajita y se recostó en su asiento, mirándome con esa sonrisa divertida que me ponía de los nervios. —¿Contigo? —repitió él—. Vaya, gracias. Yo también estoy encantado. Saber que voy a pasar el día vigilando que no hagas levitar las vacas o que no hagas que las flores crezcan gigantes para que te admiren… es todo un privilegio.
Le saqué la lengua, totalmente infantil, y me giré de nuevo hacia la ventana. —Exagerado. Yo no hago esas cosas… bueno, no siempre. Y si lo hago, es por arte. Por embellecer el entorno. Algo que tú, con esa seriedad que te gastas, no entiendes.
El viaje duró casi una hora. Cuando llegamos, tuve que admitir, aunque me costó mucho, que el lugar no estaba mal. Era una finca grande, con árboles altos, praderas verdes, un riachuelo que brillaba bajo el sol y aire fresco que realmente se sentía diferente al de la ciudad. Los padres se pusieron muy contentos, empezaron a sacar cosas, a organizar mesas y sillas bajo la sombra de un árbol enorme, hablando de lo maravilloso que era todo.
—¡Chicos! —nos llamó mi madre—. ¿Por qué no dan un paseo mientras preparamos todo? Es una zona muy bonita, caminen un poco, conozcan el lugar. Nosotros nos encargamos de la comida.
Ahí estaba otra vez. La estrategia maestra de los adultos: "váyanse los dos solos para que hablen y se hagan amigos". Yo suspiré, me ajusté la chaqueta y miré a Alexandro con resignación. —Bueno —le dije, empezando a caminar sin esperarlo—. Ya que nos mandan, vamos. Pero ten en cuenta que solo lo hago por mis padres. Si fuera por mí, me quedaría sentada aquí disfrutando de la sombra y de mi propia compañía, que es excelente.
Él caminó a mi lado, con las manos en los bolsillos, tranquilo y relajado, como si aquello fuera lo mejor que le podía pasar. —Claro, claro —dijo él—. Todo por tus padres. Nada porque te guste caminar conmigo, nada porque te divierta pelear conmigo… todo por deber. Qué abnegada eres, Mariam. Casi me conmueves.
Lo miré de reojo, con una sonrisita que no pude ocultar. Por mucho que me quejara, por mucho que dijera que era una tortura, caminar a su lado no era tan terrible como me gustaba fingir. Él tenía esa capacidad de hacer que incluso lo más aburrido u obligado se volviera interesante.
Mientras caminábamos por un sendero rodeado de árboles y flores, yo no pude evitarlo. Es más fuerte que yo. El entorno era tan bonito, pero tan… común. Las flores eran bonitas, sí, pero podían ser más grandes, más coloridas, más brillantes. El aire era fresco, pero podía ser más suave, más perfumado. Y como soy una hechicera que ama la perfección, empecé a trabajar discretamente.
Con cada paso que daba, enviaba pequeños hilos de magia al suelo. Hacía que las margaritas crecieran un poco más, que los claveles se volvieran de colores más intensos, que el césped se volviera más suave y brillante. Hacía que el viento trajera aromas de flores que estaban más lejos, para que todo oliera delicioso. Y, por supuesto, hacía que las mariposas, que antes volaban por ahí al azar, empezaran a seguirnos, a nuestro alrededor, formando una especie de cortejo colorido y hermoso, como si yo fuera una princesa de cuento —que lo soy, por cierto—.
Alexandro lo notó al instante. Primero vio las mariposas, luego vio el color de las flores, luego vio cómo la luz del sol parecía caer sobre mí de una forma especial, envolviéndome en un resplandor suave. Se detuvo, me miró y negó con la cabeza, aunque sus ojos brillaban con diversión.
—¿Puedes con algo normal? —me preguntó, cruzándose de brazos—. ¿Es que no puedes caminar por un campo sin convertirlo en un jardín encantado? Mírate, Mariam: parece que estás en un sueño. Las flores son fluorescentes, las mariposas te siguen como si fueras su reina, el aire huele a perfume caro… ¿Era necesario?
Me giré despacio, rodeada de todo ese esplendor que yo misma había creado, y le sonreí con toda la inocencia del mundo, abriendo los brazos un poco para mostrarle el paisaje mejorado. —¿Necesario? No. Pero sí muy recomendable —le respondí con elegancia—. Querido, si tengo que estar aquí, caminando, pasando el rato… al menos voy a disfrutar de un entorno perfecto. ¿O prefieres que caminemos entre flores pequeñas y tristes? Eso sí que sería una tortura. Y, además, ¿no te gusta? Míralo, es precioso. He mejorado lo que ya era bonito. Es mi don.
Él se acercó un paso, sacudió la cabeza y me miró con esa mezcla de regaño y admiración que ya era su marca personal. —Eres increíble. Llevas diez minutos fuera de casa y ya has transformado medio bosque. ¿Y si alguien viene? ¿Y si nuestros padres ven esto?
—No van a venir —le aseguré yo, muy tranquila, acariciando con la mano el aire para que las mariposas se posaran suavemente en mis dedos—. Están muy ocupados hablando de negocios y de lo bien que nos caemos tú y yo. Y, además, todo esto parece natural. Solo que… más bonito. La gente piensa que es un lugar mágico, no que yo lo hago mágico. Soy muy buena disimulando, ¿recuerdas? Aunque tú insistas en decir lo contrario.
Alexandro soltó una risa suave y se quedó mirándome, mirando cómo yo estaba allí, en medio de todo ese color y luz, brillando más que el sol, con esa seguridad absoluta que tenía siempre. —Lo sé —dijo él bajito, acercándose un poco más—. Eres la mejor disimulando, la mejor embelleciendo, la mejor en todo… Incluso en hacer que una excursión obligada y aburrida se convierta en algo que, de repente, no me parece tan mala idea.
Me quedé quieta, con las mariposas todavía en mi mano, mirándolo. Había algo en su tono, en su mirada, que hizo que mi corazón diera un vuelco extraño. Y por primera vez desde que llegamos, no pensé en que era una pérdida de tiempo, ni en que me obligaban a estar ahí. Pensé que, quizás, mis padres no estaban tan equivocados. Que pasar tiempo juntos, aunque fuera discutiendo o regañándonos, no era tan malo. Que tenerlo ahí, viendo mis magias, entendiéndome, sonriendo con mis locuras… era algo que me gustaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Me quité una mariposa del hombro con delicadeza y se la puse a él en la solapa de la camisa, con una sonrisa más suave, menos altiva, más auténtica. —Bueno —le dije, bajando un poquito la voz—. Me alegra que empieces a apreciar mi arte. Y… vale, lo admito. Esto no está tan mal. El aire es fresco, el paisaje es bonito… y tú, bueno, tú no eres tan insoportable como aparentas. A veces.
Él se quedó quieto con la mariposa en la solapa, mirándome con una sonrisa que le iluminaba toda la cara, una sonrisa que me desarmaba. —Vaya —murmuró él—. Esa es la mejor declaración de amor que me has hecho en mucho tiempo. "No eres tan insoportable". Me siento honrado, de verdad.
Me reí, le di un empujón suave con el hombro y empecé a caminar de nuevo, más rápido, para que no viera que me había puesto un poquito colorada. —¡No te confundas! —le grité por encima del hombro, aunque sonriendo—. Sigue siendo un castigo estar aquí contigo. Pero… bueno, si tienes suerte, a lo mejor te dejo que me acompañes a recoger flores para adornar la mesa de la comida. Es un privilegio, ¿sabes?
Él me siguió el paso, caminando a mi lado de nuevo, bajo los árboles que ahora eran más altos, las flores más brillantes y el aire más dulce, en ese pequeño mundo perfecto que yo había creado para nosotros dos, sin querer, solo con ser yo misma.
—Acepto el privilegio —dijo él, caminando a mi lado—. Y acepto todo lo que venga. Porque si tengo que pasar el día obligado… al menos prefiero pasarlo contigo, mi reina de las flores y las mariposas.
Y así, lo que empezó como una sentencia de aburrimiento, se convirtió en un día extrañamente bonito, donde caminamos, charlamos, nos burlamos el uno del otro y disfrutamos de un lugar que, gracias a mí, era absolutamente maravilloso. Y aunque nunca se lo diría, tuve que admitir que mis padres, por una vez, habían tenido una buena idea.